Ni empoderamiento de la mujer, ni poder negro, ni de la minoría separatista ni de inmigrantes…hoy lo que prevalece es el poder ilimitado de la extrema izquierda que ha logrado el monopolio, el privilegio de poder decir y decidir, entre otras cosas, sobre los sectores sociales y minorías étnicas o raciales que gozan de su paraguas de bendición moral. Y lo peor, es que esa deconstrucción y reconstrucción de pensamiento ha terminado calando en una población lanar que termina asumiendo los nuevos postulados de esa verdad absoluta, como una verdad propia y que nace de sus propios complejos.

 Porque ahora en España resulta que todos somos machistas y racistas, y nuestra generación ha de purgar las culpas de serlo y haberlo sido, sobre todo, en el pasado. Por eso cuando una mujer, (por supuesto de la cuerda y que sirve a sus intereses y no denuncia a los machirulos alfa que lideran el poder de la izquierda) organiza un reality, previo onerosa compensación, para destrozar la vida de un hombre que ya fue juzgado y absuelto por esas acusaciones, pues toda esa España aborregada se solidariza con esa valiente que se ha atrevido a superar su miedo. No caben planteamientos o alternativas racionales que contradigan ese testimonio, que hay que creerse sí o sí. Me too. Y lo peor es que hay muchos condenados en prisión por un testimonio, que, subjetivamente podría buscar otros intereses espurios, recordando el caso, un caso real, de una condena en la que la sentencia se decía en relación al testimonio de la denunciante: “su verdad no es su verdad es La Verdad”. Es decir, se elevaba lo manifestado por una mujer, que se declaraba como maltratada, con la certeza moral absoluta, y entonces no es que decaiga el principio de presunción de inocencia, sino que  no se admiten ni se valoran siquiera las pruebas de la defensa que pueden desvirtuar y hacer decaer ese convencimiento previo contra el que no cabe prueba en contrario. Porque ahora resulta que Antonio Machado estaba equivocado, pues la verdad es la que la izquierda ya tiene, y no hay que ir a buscar ninguna otra. Por desgracia algunos tribunales, ya siguen ese principio. Por supuesto ese tipo de jueces son los que hoy en día tienen más posibilidades de prosperar en la carrera Judicial.

  Porque ahora en España si a un pelirrojo le llamas panocho de mierda ( con perdón) pues no pasa nada, al igual que si usted se dirige en idéntico términos a un andaluz, castellano heterosexual de raza caucásica. Pero si a una persona de tono de piel oscura se le ofende en los mismos términos se considera ofensa racista y nos rasgamos las vestiduras. Y vaya por delante, que considero intolerable y totalmente condenable cualquier tipo de ofensa e insulto, y más cuando se lanza en un contexto de injuria en atención a la raza o pertenencia étnica de una persona. Pero una cosa es eso, y otra que nos vayamos al extremo opuesto de tener que creernos y dar un alcance extraordinario a cualquier acusación. En el fútbol, lamentablemente se dice de todo al contrario, al propio si lo hace mal y sobre todo al árbitro. Es cuestión de mala educación que habrá que ir corrigiendo. Lo que no cabe, en ningún caso es hacer mofa o escarnio de una persona por su origen o por el color de su piel, y eso ha sucedido en campos de fútbol, recordando, maldita hemeroteca, el caso de Zozulya, insultado en el campo del Rayo Vallecano, por el grupo de extrema izquierda de los bucaneros ( con c de casa), esos tolerantes que hace unos días lanzaban piedras contra quienes celebraban un mitin pacífico y agredían a la policía en el barrio madrileño de Vallecas ( con c de casa), esos tolerantes que después mandaban a sus mujeres para que fregaran al plaza donde se celebró ese mitin. Ojo, pero eso no es una acto de machismo que impone sus roles de género. Cosas del poder de la izquierda. Ellos pueden insultar, agredir y decidir qué es machismo, qué es delito de odio y qué no. En todo caso, lo que está claro es que cuando existe una supuesta ofensa, sea o no racista, quien tiene que probar que ha existido es el ofendido y no el supuesto ofensor que goza de la presunción de inocencia. Pero lo que es inaudito es que un club serio, como el Valencia CF, por boca de su presidente, afirme que un jugador de otro club es responsable  de un insulto racista porque tiene cara de culpable. Es como si a él le acusaran de gánster porque tiene cara de mafioso. Y después ha resultado de la prueba pericial practicada, que, realmente, no existió esa ofensa. Y me pregunto: ¿ ahora qué? ¿quién restaura el honor del jugador gaditano acusado? No pasará nada porque el poder omnímodo de la izquierda ampara y cubre sus posibles errores.

 Ellos son los que deciden, por ejemplo, que el pueblo judío es malo y enemigo de sus dogmas, sin que ese ataque constituya delito de odio. Irán les financia. Ellos son los que impulsan y fomentan que cada vez nos parezcamos más a dictaduras como las que sufren y padecen en Cuba o Venezuela. Cosas del poder de la izquierda, que se toleran y  que encubren los medios de comunicación, en los que ya han conseguido imponer su dictadura y control.

  En definitiva, si queremos que este país prospere, tendríamos que hacer posible que ese poder absoluto de la izquierda desaparezca, pues ni la moral ni la verdad les pertenece. La moral es patrimonio de cada persona, resultado de su educación y de la que cada uno responde ante su conciencia; y la verdad es una abstracción que hay que buscar sin fanatismo, predeterminismo ni  engaño.

La supervivencia de España depende de que cada vez más españoles abran los ojos, aunque muchos los tienen abiertos en la medida que saben que su propia supervivencia depende de que ese poder se mantenga, pues viven de exigir derechos pero sin aportar nada a cambio.  Porque del me too, se aprovecha mucho oportunista que vive del cuento.