Allí estaré, sí. Sin fe y sin esperanza en los abajofirmantes, en los convocantes, en los organizadores. En ninguno de ellos. Estaré en la Plaza de Colón envuelto en la marginalidad de las catacumbas de mí inmenso amor a la Patria enferma, de mí inabarcable dolor por la Nación despedazada y de mí furia cocida de vergüenza por la claudicación del Estado ante el separatismo consentido y mimado, enaltecido y financiado por todos sus poderes que jamás han querido derrotarlo, ni siquiera domesticarlo, sólo implorarle que no consume su crimen por las bravas de la unilateralidad, pues en una democracia de tan amplia tolerancia como la que noshemosdado de todo se puede hablar, todas las ideas son igualmente respetables y todo se puede negociar. Todo, incluida la mutilación de España si con ello obtenemos investiduras presidenciales, equilibrios parlamentarios y legislaturas estables.

Cuando todo vale es que nada tiene auténtico valor. Por eso España hoy no vale nada, ¡nada!, en ese panteón de idolatrías políticas que es nuestra Democracia y su Libro sagrado, la Constitución. En su nombre y en sus altares se hace flamear de vez en cuando y durante un ratito el nombre de la Patria para convocar a los españoles, llamándoles a defender una Constitución a cuyo término nacionalidades se aferran los separatistas para proclamar naciones a sus territorios, para defender una democracia de cuya laxitud emanan las mañas plebiscitarias que urden para reafirmar su derecho a la independencia, y para cerrar filas en torno al Régimen del 78, nacido de la claudicación de los herederos del franquismo ante los herederos del Frente Popular.

Hoy nos llaman los hijos y los nietos políticos de los que se rindieron en 1978 porque los herederos del Frente Popular, ante los que ellos claudicaron cobarde e innecesariamente hace cuarenta y tres años, quieren indultar a los que intentaron, intentan e intentarán asesinar a España en Cataluña, en Vascongadas y en Navarra, en Valencia y en Baleares; regiones en las que España ha quedado reducida a un ectoplasma grotesco o, en el mejor de los casos, a una evocación folclórica de camiseta de fútbol y de sol, moscas y puro en los tendidos de una plaza de toros.

Allí estaré, sí. Pero no con Casado o Abascal, no con Arrimadas ni con Rosa Díez. Ni con ellos ni por ellos, ni con su Democracia ni con su Constitución. Estaré en la Plaza de Colón por España y con Menéndez Pelayo en el corazón y en la memoria: “Presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado mil veces por garrulos sofistas, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, reniega de cuanto en la Historia los hizo grandes y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, de la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía. Un pueblo viejo no puede renunciar a su Cultura y a su Historia sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil.” Allí estaré, sí, aunque la convocatoria la hayan voceado unos cuantos “garrulos sofistas”, en activo o ya jubilados.