El señor Martínez-Almeida tiene buena imagen. En parte por haber sabido mostrarse a cierta altura en los momentos oportunos, y en parte por haber sabido lucir ese aspecto de niño buenecito y simpaticote.

Sin embargo, ahora muestra su auténtica cara, condicionando la ayuda a la Fundación Madrina al apoyo de Vox a los Presupuestos de su Ayuntamiento.

Uno pensaría que dar subvenciones a una Fundación que se ocupa de ayudar a madres y niños sin recursos es un bien, independiente de los votos de Vox. Uno pensaría que si el señor Martínez-Almeida es buena persona y su partido se preocupa por el bienestar de los ciudadanos en general, ayudar a madres que no han querido asesinar a sus hijos, y a los hijos que han podido nacer, debería ser un objetivo crucial.

Pero resulta que no. Según recoge ABC, el señor Martínez-Almeida ha declarado: «Que [la Fundación Madrina] le pregunte a Vox por qué no se ha querido sentar, porque si se hubiera sentado, esa subvención estaría incluida». Es decir: yo -José Luis Martínez-Almeida- doy subvenciones a los que me votan. Y como en este caso los que me votan son los renegados del comunismo, que tienen sus fijaciones contra quienes intentan ofrecer a las mujeres embarazadas y sin recursos una opción distinta al asesinato de sus hijos, a mi -José Luis Martínez-Almeida- no me importa lo que sea de esas mujeres ni de esos niños, porque lo que cuenta es que en el cambalache de votos -y de vidas- salgamos ganando yo y mi partido.

Y por ello, don José Luis Martínez-Almeida niega una ayuda a la Fundación Madrina porque a sus amigos comunistas les parece un «colectivo que acosa a las mujeres para condicionar su decisión de abortar», y les entrega la creación de «un programa de apoyo a las madres embarazadas y reforzar el programa de salud materno infantil gestionado por Madrid Salud». Esto es: niega la posibilidad de que las mujeres reciban ayuda para que sus hijos vivan, y las deja en manos de los que las inducen al asesinato.

Y todo ello, con la habitual prepotencia de los peperos cuando se trata de hablar con Vox, de quienes quieren los votos, pero sin admitir condiciones. En su concepto ombligomundista, el PP y sus jetas visibles consideran que Vox debe ayudarlos siempre, sin condiciones, como si estuvieran obligados a ser la alfombra donde los Casado y los Martínez-Almeida pueden limpiar la mierda que se les haya pegado de sus viajes a la extrema izquierda o sus propuestas de coalición al PSOE.

Tienen en parte razón. Vox se encuentra en una posición muy difícil, porque parte de su electorado no comprendería que permitiera gobernar a la ultraizquierda pudiendo impedirlo. Pero en el PP se olvidan de que una parte también relevante de los que hemos votado alguna vez a Vox -aunque nos lo estemos replanteando ahora- lo hemos hecho porque rechazamos la política de claudicaciones del PP; porque aunque Vox no es lo que queremos, no es tan rechazable como el PP, y porque pase lo que pase jamás votaremos al PP.

El señor Martínez-Almeida insinúa que si Vox le hubiera apoyado sin discutir, la Fundación Madrina tendría subvención y podría seguir alimentando a esas 4.000 familias a las que atiende. Pero piense el señor Martínez-Almeida que si Vox se plegara incondicionalmente –“si, amo”- al PP, buena parte de sus electores dejarían de votarlo.

Y esos votos no irían al PP, señor Martínez-Almeida, porque provienen de gentes que estamos hasta donde no digan dueñas de ustedes, de su cobardía, de su falta de principios, de su sometimiento a la ultraizquierda, de su falta de gallardía y de vergüenza y de su prepotencia.

Y de su inutilidad, señor Martínez-Almeida.