Merengue confeso desde que tengo uso de razón (como Álvaro Romero y Eduardo García Serrano), llego al final de la semana aún con la taquicardia en el hipotálamo, la garganta seca de gritar y los ojos húmedos y enrojecidos, aunque lo rojo y yo no solemos coincidir. Y es que el fútbol nos emociona de mayores tanto o más que de chavales, quizá porque ahora son ya de las pocas emociones fuertes que podemos permitirnos.
 
Entonces El Buitre, Martín Vázquez y Hugo Sánchez, hoy Modric, Vinicius y Benzema, pero como decía Álvaro Romero hace unos días, el Madrid siempre consigue los milagros imposibles. Noventa minuti son molto longos, para el Inter, el Borussia, el PSG o el City del calvo que viste de negro. Todos comprueban en sus carnes aquello que dijo Valdano del miedo escénico. Se abre la espita del gas de las emociones, el Bernabeu prende la llama, y el once blanco se transforma de repente en un batallón de soldados hambrientos de gloria. Ni Guardiola, el separrata catalán que vive en Manchester, puede explicarse aún lo que ha pasado.
 
A la secta antimadridista le jode especialmente que se diga que hay un ADN madridista ligado de forma umbilical a la victoria. Llámenlo X, si quieren. Pero ganar cuando se quiere, y no cuando se puede, es cosa de dioses o de humanos tocados por Dios. El drama de la secta no es solamente el misterio del estadio inexpugnable en las noches europeas, sino que mientras, ellos (los envidiosos irredentos) se tienen que conformar con rumiar su eterna mediocridad. 
 
Para ser sincero, este miércoles yo también perdí la fe mediado el segundo tiempo. El equipo no jugaba un pimiento y los aprendices de mear colonia se entretenían con su tiki taka de todo a cien; heredero de Xavi e Iniesta, con Bernardo Silva y De Bruynne. El tanto inglés y el "casi" que salvó Mendy en boca de gol me terminaron de convencer: hoy no es nuestro día y nos han abandonado las putas musas. Pero mire usted que no. El Bernabeu aún no estaba cachondo.
 
Tocaba el más difícil todavía. Había que llegar a París por la senda de la taquicardia, con el arreón de los corajudos, con el séptimo de caballería. Y cuando ya levantaban el trasero de sus asientos los más escépticos del lugar, llegó el pase de Camavinga, la acrobacia de Karim y el primero de Rodrygo. Y sin tiempo de borrarnos la media sonrisa incrédula, el pase atrás de Militao, el centro de Carvajal y el segundo de Rodrygo. Con dos pelotas, y la que estaba en el fondo de la portería citizen.
 
Solo faltaba el tercero de Benzema para obrar de nuevo el milagro de los miércoles eternos. Para dejarnos otra vez afónicos y exhaustos. Pidiendo perdón al espíritu de don Santiago Bernabeu por nuestra poca fe. Por no acordarnos de que hay un ADN, y un miedo escénico, y un estadio talismán. Y 13 copas de Europa y 35 ligas. Y un escudo capaz de hacer de un gatito de Lyon, un león hambriento de gol. Por eso le ganamos al City, y por eso estamos otra vez en la final de la Champions.
 
Son los caprichos del destino: para unos, el dulce sabor de la gloria. Para otros, la amarga quemazón de la envidia.