España parece despertar del letargo en que el sistema de partidos la había metido. El letargo de quienes, siendo ciudadanos, no pintan nada en esta democracia. Y ha tenido que ser la crisis derivada de la guerra en Ucrania, los precios inasumibles de la energía y la imposibilidad de trabajar de varios colectivos sociales la que ha echado a las calles a miles de personas este fin de semana.
 
Sánchez empieza a constatar que sus mentiras infames no engañan a todo el mundo. Mientras cierra un acuerdo con Marruecos que cambia el estatus del Sáhara perjudicando de nuevo los intereses de España, ve cómo las calles se llenan de banderas rojigualdas, de trabajadores cabreados y desesperados, de gente normal y corriente que empieza a darse cuenta muy en serio de que este "Gobierno del Aquelarre" nos lleva imparablemente al precipicio. Y no, por supuesto que no son de ultraderecha.
 
Como a veces les he dicho, el lenguaje crea realidades. Al emplear ese término, ultraderecha, este Gobierno fake de partidos felones y contrarios a la unidad de España se erigen en autoridad moral, democrática, enviando a quienes no pensamos así a las peores mazmorras de la posmodernidad, las más fétidas y oscuras, las mazmorras de la extrema derecha y el nazismo. A esta completa locura de términos, a este mátrix progre, han contribuido personajes tan manipuladores y mentirosos como Rodríguez Zapatero, Pablo Iglesias y por supuesto Pedro Sánchez. Con el habitual coro de tontos útiles en la prensa adepta.
 
Siendo preocupante esta estrategia, sobre todo porque genera espirales de violencia que nunca terminan bien, también es verdad que muchos miles de españoles ya no tragan con esa burda y obscena trampa del lenguaje. Evidentemente, los miles de trabajadores que se manifestaron ayer no eran de ultraderecha ni de nada, eran trabajadores autónomos, la mayoría. Gente que sufre cada vez más, que ve cómo sus miedos y temores se hacen realidad. Ven que el temor a ser la Venezuela de Europa empieza a transformarse en lo cotidiano, en lo real. Paro, necesidades, quiebra de empresas, pobreza y miseria.
 
Y es que debemos entender que el juego del "y tú más", la pueril cantinela de echar la culpa siempre al de enfrente, nos ha llevado a la triste realidad de hoy, donde la pandemia y la guerra han agravado una situación que ya era muy preocupante. Es preciso repetir, a costa de ganarnos antipatías y censuras, que han sido los dos principales partidos, pero sobre todo el PSOE, el que ha envilecido la vida pública con su tensión guerracivilista, con su obsesión por demonizar a los que no somos socialistas, en una purga democrática casi tan peligrosa como las que perpetró durante la II República. 
 
Llevamos tiempo pidiendo a la sociedad civil que se levante. Que tome las riendas de la soberanía, ahogada por la partitocracia. Que sea protagonista de su propio destino. Que ponga fin a una representación ficticia, tóxica, que se han arrogado los líderes políticos, sobre todo los de izquierdas. España debe despertarse ya, aunque sea tarde y hayamos perdido mucho durante este letargo. Porque nadie, créanme, nadie nos regalará la paz ni la prosperidad que nosotros no exijamos con firmeza.