Han pasado tres años desde que escribí estas líneas que reproduzco hoy. Al releerlas me invade un sentimiento nostálgico agravado por lo que veo suceder hoy en España. No es sólo la tristeza y el desánimo que nos produce la crisis a las que nos somete el maldito virus. No, no es sólo eso. Es el camino incierto que se ha abierto delante de nosotros presentándonos  un horizonte sombrío.

Al tiempo que en nuestra España sus políticos pugnan por el poder, a la par que "mafiosos" del tres por ciento en Cataluña muestran su rebeldía contra el estado de derecho, y mientras que la indefinición y confusión reinan en nuestra sociedad, acaece que amanece un día otoñal en el otero que domina las fértiles vegas del Tajuña: en Chinchón.

Es temprano y aún la escarcha y algunas tenues nieblas se esparcen por los campos de esta Castilla, hoy fría y de apariencia triste. Su inigualable plaza Mayor, ornamentada de banderas de España, me recibe aún somnolienta y resacosa de la corrida de toros habida el día anterior. Mi presencia se debe a al imperioso deseo de recorrer la denominada ruta de San Galindo. Una prueba ciclista que, partiendo de la antes citada plaza, recorre toda la campiña circundante de lo que otrora fueran los dominios de los Condes de Chinchón, desde finales del siglo XV.

Cientos de jóvenes montando sus bicicletas van apareciendo paulatinamente y llenando la plaza. Pues sí, gente joven seguramente ajena a la "cultura del botellón", lo que me da un soplo de esperanza sobre la valía de nuestra juventud, hoy un tanto perdida en esta sociedad consumista y del todo relativista. No estoy solo, pues me acompaña un nieto de diez años. En cierta forma, uno por "mayor" y otro por "menor", andamos un poco fuera de lugar ante la competición que se va a celebrar y no dejamos de ser foco de atención de nuestros inmediatos contrincantes. La situación no nos intimida pues tenemos claros nuestros objetivos: para mí, soñar y disfrutar de la perdida juventud “dorada” y para el pequeño, emular a los que para él son ejemplos a seguir.

Comienza rauda la carrera y las empinadas cuestas que nacen en la plaza ven la rápida subida de los ciclistas para tomar pronto los viejos caminos vecinales, hoy abandonados, que atravesando los campos marcan el itinerario a seguir. No tardamos mucho en ser sobrepasados por la rapidísima marabunta juvenil y, ya con más sosiego, aprovecho la singular ocasión para dar rienda suelta a sentimientos surgentes de la imaginación que, del estudio de nuestra historia, nacen. ¡Cuarenta siglos de historia os contemplan!, gritó Napoleón a sus tropas ante la imagen de las pirámides en Egipto. Y una misma sensación me invade ante la ya lejana vista del castillo de los Condes recordando a la vieja Castilla en su lucha contra el invasor musulmán o a los comuneros en su brutal ataque contra la villa. Piso el mismo terreno, ignoro si la arboleda que traspaso ahora existiría entonces, pero la vista que aquellos hombres divisaban era la misma que ahora tengo frente a mis ojos. ¿Qué es la patria me preguntaba alguien el otro día? Y ahora lo tengo más claro.

El sentimiento de patria es el derivado de la sensación de la labor de nuestros ancestros, cuyas huellas y experiencias, aún yacen grabadas en el paisaje y en la tierra que nos sostiene; es el olor de esta campiña; es la familia que me espera al final del camino emprendido, como las de los que me precedieron durante siglos por estos lugares; es mi nieto pedaleando con tesón; es el esfuerzo de tantas generaciones; es un territorio, inicialmente yermo y vacío, ahora lleno y fértil, abarrotado de ilusiones y esperanzas comunes; es el conjunto de cuantos habitantes lo viven ahora y lo vivieron con anterioridad, en cualquier tiempo -da igual cuándo- como si sus espíritus estuvieran todavía aquí, acompañándonos en nuestro sentido viaje vital; es una tierra impregnada de sentimientos y recuerdos, sembrados por los que la colonizaron y todos sus descendientes. Una patria ahora en crisis existencial como consecuencia de la zapa de quienes, seguramente, no han sentido nunca la experiencia mística del contacto real con nuestra tierra y nuestras gentes.

Aparecen ahora cazadores solitarios con escopeta al hombro y perro adelantado, una imagen que me lleva a pensar en el espíritu heredado en el transcurso de cientos de miles de años por el hombre cazador. Me invade ya el cansancio con el recorrer de los kilómetros y mi vieja carcasa corporal comienza a resentirse, al contrario de lo que sucede con la de la mi joven acompañante, y no digamos con la de la jauría ciclista, a la que diviso en lontananza ya muy por delante; no me puedo rendir, me digo a mí mismo y apelo al viejo espíritu del soldado, aquel que me inculcaron en la Infantería de Marina y que tantas veces he intentado transmitir a mis soldados. La fuerza sale ya más del intelecto que del fatigado corazón y es la que empuja ahora los pedales una y otra vez. Pasan los minutos, y las horas, pero mi imaginación no cesa de arrastrarme al recuerdo de tiempos pasados, aquellos, en los que soñando en una España mejor, fueron mi norte para emular a mi padre y a mis abuelos en sus andanzas guerreras defendiendo a nuestra patria en nuestro suelo, en Filipinas, Marruecos y en la lejana Rusia. De nuevo, el sentir de la patria hoy castigada y vilipendiada.

Dos enormes mastines se cruzan en nuestro camino, pura raza leonesa castellana, y a los que el sentido heredado empuja a defender su territorio. ¡Ah!, ¡si nosotros conserváramos aún esa genética bien anclada en nuestro interior! Aquellos toros bravos que para obtener su alimento tenían que recorrer decenas de kilómetros, hoy las más de las veces cuasi estabulados, son hoy reses amansadas, sometidas a la bondad de la sociedad consumista. Cuán difícil era sacarlos de su terreno en el que vendían cara su vida. Hoy políticos de tercera clase nos roban lo que es de todos y quieren echarnos de nuestra patria catalana o vascongada ante una pasividad vergonzante.

Ya atisbamos el final de la carrera, y remontando las empedradas calles de Chinchón, tomamos victoriosos la entrada a la plaza de donde partimos tres horas atrás. La explanada nos recibe de nuevo con sus banderas rojigualdas, con su enhiesto pendón de Castilla, el mismo que izó en otros tiempos Isabel la Católica. Fatigado el cuerpo, pero con el alma embravecida, me pregunto si habrá servido para algo este pequeño sacrificio dominical. Mi respuesta es prístina: sí, pasará el tiempo, pasaran los años y yo me habré ido, pero mi nieto, hoy alevín de ciclista, recordará el día en que su abuelo, recorriendo los campos de Castilla, le enseñó a querer a España, a su -a nuestra- Patria.

Lo que la historia ha unido, que no lo separe ni un hombre más.

España pervivirá pese a quien le pese.