La ideología del rebaño es tan frágil y evanescente que no se sostiene, apenas se columpia en el triángulo del sota-caballo-rey de la corrección política y gravita en ese espacio definido por su indefinición, abierto, tolerante y confortable cuyos puntos cardinales son el centro derecha, el centro izquierda, la sensiblería filantrópica y la conveniencia personal, siempre subsidiaria de las encuestas de opinión que son el evangelio y el corán de unos partidos filosóficamente invertebrados y de unos políticos sin más vocación que la de parasitar en la res pública per saecula saeculorum. Todos.

En ese triángulo del sota-caballo-rey tan cómodamente desideologizado que hasta el Teorema de Pitágoras es relativo, en ese Triángulo de las Bermudas de la política española, de imprecisa cartografía, en el que la dialéctica imperante es el “donde dije digo, digo Diego”, es en el que pace la mayoría de los políticos profesionales. No navegan, porque los barcos tienen anclas, recias como los juramentos de antaño, y sólidas como el Honor. Tampoco caminan porque los pasos dejan huellas, y las huellas se rastrean... hasta que un hábil informático te las borra de Wikipedia; las borra para las nuevas generaciones, no para los veteranos con memoria. A ellos ni les preocupa ni les importa el testimonio de nuestra vetusta memoria, porque saben que, como en aquel viejo villancico que amargaba mis Navidades infantiles, “... y nosotros nos iremos y no volveremos más”... y el turrón se me hacía azufre en la boca porque veía a mis abuelos que se habían ido y a mis padres yéndose en los relojes del calendario.

Ni navegan ni caminan. Flotan ingrávidos como la mariposa que antes fue gusano. Flotan en sus confortables crisálidas con carnés intercambiables y vitola de independientes en tránsito hacia otro escaño, apeándose en un andén con un pie calzando el estribo de otro tren sin tocar el suelo, sin dejar huella. Su estado biológico es la metamorfosis permanente embozada de legítima evolución. Evolución que consiste, simplemente, en virar los grados que hagan falta, a babor o a estribor y de proa a popa, en torno al propio ombligo, que es el centro de gravedad de su ingrávidos principios, para no perder comba en el macrobotellón de chaqueteros a granel. Hoy son luteranos y mañana católicos, que de ahí viene el elocuente término Chaquetero, cuando allá por el siglo XVI los partidarios de Lutero y los del Catolicismo llevaban el forro de sus chaquetas del color institucional del bando contrario. Para cambiar de bando, siempre por conveniencia personal y política, nunca por convicción religiosa, bastaba con darle la vuelta a la chaqueta. Tal y como acaba de hacer por cuarta vez, ¡todo un record!, Toni Cantó, el barman predilecto del macrobotellón de los chaqueteros a granel. Hasta la próxima metamorfosis, Toni. Cuídate mucho, no vayas a acabar como Gregorio Samsa, el protagonista de la Metamorfosis, de Franz Kafka, que acabó convertido en un insecto monstruoso.