Mi fe en el parlamentarismo es la misma que deposito en los dioses aztecas o en el Padre Ángel. Mi indiferencia hacia sus miembros sobrepasa las dimensiones faraónicas, que ninguno de los 350 enanos con acta de diputado merece, pues su vileza, innata o adquirida, afuer de ser colosal no hace sino jibarizarlos aún más. Son los políticos, lo inútil que hemos consagrado como necesario, un torrente de imbecilidad que produce náuseas, nuestros principales enemigos. No es que se hayan perdido en la ambición, en la locura y en el odio. No. Es que sin la ambición, la locura y el odio no serían lo que son. Basta con verlos, y aceptar la tortura de escucharlos, en el Congreso de los Diputados para abandonar toda esperanza, incluso la esperanza germinal que anida en la primera categoría de la conciencia histórica, que no es el recuerdo, es el anuncio de una voluntad y la promesa de una gesta. Esa gesta que construye lo eterno con lo pasajero y lo absoluto con lo accidental.

Esa gesta que hace miles de años construyó algo que es demasiado grande para nosotros: España. Una gesta y una obra que nos supera, que nos sobrepasa. Los españoles de hoy, si es que seguimos mereciendo ese gentilicio, alumbramos hace cuarenta y cuatro años un Sistema que nos rechaza, aunque los imbéciles con acta de diputado nos digan que somos sus soberanos. Somos la masa de peones de un Sistema que nos expulsa y nos ningunea cuando hemos cumplido nuestra función social de votar. Somos  un ejército que siempre es vencido y nunca es destruido. Somos el pueblo español, ese que por muchos ladrones que le echen en los bolsillos, muchos virus que le echen en el aliento y mucho papanatismo que le echen en los discursos, seguirá votando porque tiene miedo. Y lo que es peor, no lo sabe. Por eso se ha entregado al Sistema que le utiliza y le ningunea  como a una salvación invertida ¡Pobres imbéciles sin acta de diputado que les garantice una chochez lucrativa, como a sus señorías!