En España el tonto del pueblo no tiene nombre, aunque conste en su partida de nacimiento, en el Registro Civil y en su DNI. Nadie le reclama por su nombre de pila, ni siquiera los más piadosos de sus vecinos: el cura y el médico rural. Para todos es el tonto. Adjetivo que, en función del tono con el que se pronuncie, es incluso cariñoso. Con el hijoputa sucede lo mismo, su nombre es intranscendente, su cualidad es inmanente. El tonto, tras un largo proceso de cariño, paciencia y Enciclopedia Álvarez, puede espabilar; un poco. El hijoputa, no. Siempre va a más. Y si tiene poder, dinero y juglares, el hijoputa deja de ser una anécdota social y un accidente democrático para mudar en norma y devenir en tradición, que es el auténtico acervo, hábito y usanza de la política española; el único gremio en el que no hay paro y en el que hay más postulantes y aspirantes que puestos a ocupar. En la España vaciada de dignidad y de futuro hay déficit de toda clase de trabajadores y artesanos, pero superávit de hijoputas. La mayoría de ellos con una torva vocación política, y la minoría restante con vocación de bróker de materias primas que les apañan y financian sus primos de la política.

El hijoputa no camina, repta. Se arrastra siempre ante la evidencia del más fuerte y ante el anhelo de cimentar su statu quo en el Poder. Su rastro está balizado por la devastación, cuya responsabilidad nunca es suya sino de los que le precedieron, o de un recurrente factor ajeno como una guerra oportuna, lejana y cómoda a la que echarle la culpa de todas las calamidades que el hijoputa gesta, amamanta y fortalece en feliz coyunda con los más tontos de la tribu, a los que les ragala una cartera y un despacho para que, mientras hacen el gilipollas a jornada completa y a banderas desplegadas, por contraste, el hijoputa brille, no como el lobo ibérico en el contraluz de la montaña sino como el pelaje de la rata en el albañal. Las huellas que el hijoputa va dejando no son como las de Atenas, las de Roma o las de España en la cartografía universal. No. Son como las de la viruela y la sífilis, también indelebles.

El hijoputa no habla, miente. Farfulla el engaño encadenando tópicos y cantinfleando frases hechas que sus bardos repican y sus juglares proclaman como se anuncia una epifanía, como se vocea “¡Tierra a la vista!” cada vez que el hijoputa vomita embustes y trápalas, falsedades y paparruchas, falacias y mentiras en actitud solemne o lastimera, herida o altiva, cálida o distante, según convenga y siempre en función de lo que el patio de butacas y el gallinero quieran oír.

Tal que el tonto del pueblo, el hijoputa tampoco tiene nombre. Todos los días del año son su onomástica, pues no hay jornada sin putada, sin mentira y sin traición. Está en nuestra tradición: “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”. Y en España, buenos, pocos, y casi todos en el museo, en el geriátrico o en el cementerio; pero hijoputas, más que aceitunas. Y me quedo corto.