Acepto encantado el ofrecimiento que me hacen el editor Álvaro Romero y mi gran amigo y excelente periodista Juan Ernesto Pfluger para sumarme al elenco de colaboradores con el que acaba de iniciar su andadura cibernética El Correo de Madrid, al que le deseo muchos años de vida periodística próspera. Fácil no será, pero sus promotores no son precisamente de los que se rinden pronto.

Y lo hago con el propósito de ser un soldado más en esta batalla que tenemos por delante aquellos que defendemos sin ambages la civilización cristiana, y que creemos en esas pocas verdades por las que merece la pena dar la vida. La Fe en Cristo Rey, la sagrada unidad de España, la dignidad de la vida humana desde la concepción hasta su fin natural, la familia tradicional y las raíces cristianas de Europa. 

Hace años que vengo diciendo, tanto en mis programas de radio como en mis libros, que vivimos un tiempo de confusión en el que se nos ha impuesto una forma nueva y distinta de totalitarismo, que es el totalitarismo democrático. Y que somos muy pocos, en comparación con aquellos que lo han aceptado y potenciado, los que estamos decididos a desenmascararlo para recuperar no solamente las esencias naturales de nuestra civilización, sino mucho antes incluso, la paz, la seguridad y la prosperidad de nuestra nación.

La lucha es desigual porque la mayoría de medios de comunicación se han vendido a las fuerzas promotoras de las aberraciones morales modernas. El democratismo hace que la mayoría de la opinión pública acepte con entusiasmo falsos dogmas, como la ideología de género, el homosexualismo, el aborto, la eutanasía y otras formas de depravación, empujando a las nuevas generaciones a un limbo moral cuyo desenlace lógico es, no lo duden, la autodestrucción. 

Como estas colaboraciones mías espero que estén pegadas a la actualidad, no eludiré un asunto de las últimas horas: la sentencia que deja en libertad bajo fianza a los miembros de La Manada, ese colectivo repugnante de machotes que, no por serlo, dejan de tener derecho a una tutela judicial efectiva.

La jauría de neuróticos/as que se han lanzado de nuevo a las calles para reclamar "justicia", lo que realmente piden no es justicia, sino venganza. Es importante no dejarse manipular por el uso torticero del lenguaje que hacen estos demócratas de pacotilla. Justicia es exactamente lo que se ha hecho con estos chuletas de barrio, porque ha habido un tribunal independiente, una pruebas, una instrucción, y por fin una sentencia. La decisión judicial podrá gustar o no, pero dudo mucho que los vociferantes de hoy y de ayer se hayan leído ni una sola página de dicha sentencia. En realidad, no les interesan los hechos ni los fundamentos jurídicos, ni las pruebas existentes. Lo que quieren es venganza porque lo que les mueve es el odio, un odio ideológico, alejado de toda búsqueda de la verdad.

Pero además, que los poderes públicos, los gobernantes, los portavoces de los partidos, de uno y otro signo, alimenten ese odio mediante declaraciones que ofenden la más elemental inteligencia humana, sólo confirma mi opinión sobre la casta partidista española. Una panda de indocumentados, salvo honrosas excepciones, que siempre están al sol que más calienta, y a la que poco le importa las consecuencias que puedan tener sus palabras; para cuando lleguen esas consecuencias, ellos ya estarán en su jubilación dorada.

El mundo al que nos encaminamos, gracias a los promotores de la ideología de género, es un mundo sin asomo de justicia real, un mundo de violencia extrema donde a cada acción le seguirá una reacción furibunda, pero no basada en lo que de verdad sucede, sino en una presunción malévola de lo que ha podido suceder en base a un prejuicio ideológico. Cuando más demócratas creemos que somos, en realidad más caminamos en dirección opuesta a los fundamentos de toda democracia, que sin la ley y los jueces no pasa de ser un teatrito de demagogos, cuando no directamente carne de frenopático.

El camino es largo y nos queda mucho por ver. Pero la Historia de la Humanidad demuestra que cuanto más recios han sido los tiempos, y más difíciles las empresas, con más ahínco han peleado los mejores hombres. No es tiempo de esconderse, sino de dar testimonio de compromiso con la verdad.