El futuro se te disuelve en cadáveres, ¡jotía! Estepaís es un fardo de dolores, ¡jotía! La muerte lacerante retumba como un mal augurio electoral, se despliega como un poncho sobre las urnas, ¡jotía! Arde la Pandemia y cada vez más españoles besan la Cruz y reverencian a la espada, ¡jotía! La rebelión asciende desde las morgues y los tanatorios, desde los ataúdes sin responsos y sin lágrimas, ¡jotía!

Me cuentan los asesores del Orinoco, los chamanes del comunismo bolivariano, evocando oblicuamente a sus tenebrosos dioses paganos, que los sacerdotes precolombinos ya decían que “el Dios de los cristianos es poderoso por haber hecho a Castilla y a los españoles”, ¡jotía! Menos mal que Pablo, con sus palabras de hiel y su mirada de arsénico, me ha tranquilizado y, pletórico de urgencias y de codicia, me ha dicho lo que vamos a hacer para abortar la revuelta, el desastre electoral y la pérdida del salario de supervivencia que nos hemos ganado en las urnas y el palacio de protección oficial en el que vivimos a costa de los proletarios de la tierra. De la estupidez de los proletarios sin salario y sin palacio que hilvanan las colas del hambre en las iglesias de ese Dios que hizo a Castilla y a los españoles.

No lo voy a contar por prudencia, ¡jotía!, pero si te diré off the record, por supuesto tía, que vamos a ordenar que pierdan la memoria para que olviden que han perdido a sus muertos y sus trabajos, tal y como olvidaron que una vez tuvieron Patria, Libertad y Dignidad. La amenaza y la mentira volverán a doblegar al pueblo como el viento a los trigales. ¡Jotía!, pero qué zorro es Pablo. Yo también, claro, pero esa palabra en femenino es muy machista, por eso solo la pronuncio en privado y off the record, ¡tía!