¿Cuánta tierra necesitarán para su sepultura millonarios como Bill Gates, George Soros o Warren Buffet?, por ejemplo. ¿Y políticos como Trump, Pedro Sánchez, Putin o Ángela Merkel?, por ejemplo.

“Más fácil es reprimir la primera codicia que satisfacer la próxima” Benjamín Franklin

Los personajes arriba mencionados y todos los que como ellos son no supieron reprimir el primer momento en que la codicia y la ambición, unos de dinero, otros de poder y otros de poder y dinero penetró en sus mentes y en su corazón. Desde ese momento todo ha sido un “in crescendo” y, una vez satisfecha la última codicia, la última ambición que ha aflorado a sus mentes y a sus corazones, estas vuelven a pedirles más y más en una espiral interminable.

 León Tolstoi en uno de sus relatos cortos titulado ¿Cuánta tierra necesita un hombre? relata como la avaricia y la codicia llevan a un campesino hasta la muerte.

Pajón, un pobre campesino ruso dice en una ocasión: “Si tuviera muchas tierras no tendría miedo de nadie, ni siquiera del Demonio. El Demonio lo oye y se dice para sí: “De acuerdo, te daré mucha tierra y gracias a ella te tendré en mi poder” Y el Demonio empieza a ordenar todo para hacerse con el alma de Pajón. Así hace que Pajón se entere que en un apartado lugar de Rusia un pueblo vende tierras a precios muy baratos. Pajón deja a su familia y, brillándole los ojos de codicia, emprende la marcha hacia ese pueblo. Su llegada es muy bien acogida por los lugareños y, de inmediato el jefe le explica cómo debe conseguir las tierras: “Pagarás mil rublos por jornada. Esto quiere decir que la tierra que recorras desde la salida del Sol hasta su puesta será tuya por mil rublos. Pero hay una condición, y es que tendrás que estar aquí de vuelta antes de que se ponga el Sol”

Aquella noche Pajón no pudo dormir pensando en la cantidad de tierra que podría recorrer entre la salida y la puesta del Sol. Poco antes de la salida del Sol Pajón ya estaba levantado y, nada más aparecer en el horizonte el primer rayo solar, emprendió la marcha. Iba caminando y señalando la tierra recorrida. Pasaba el tiempo, el calor apretaba, el Sol primero ascendió y después empezó su declive, pero Pajón solo veía tierra, tierra que iba señalando y que le prometía ser su dueño. Su avaricia y su codicia le cegaron y cuando, tras recorrer toda la tierra que sus fuerzas le permitieron, levantó la cabeza viendo como el Sol estaba ya muy cerca de su ocaso, se aterrorizó. Corrió y corrió, tropezó, se levantó, sudó, se arrastró, reptó para llegar al pueblo antes de que el Sol despareciera en el horizonte. Su corazón latía desmesuradamente, su respiración se entrecortaba, sus piernas casi no le obedecían. Un miedo antes desconocido le invadió, pero no por lo que pudiera pasarle, sino por la pérdida de tanta tierra como había recorrido y señalado y obtendría por solo mil rublos. Llegó al lugar acordado cuando el Sol asomaba todavía una pequeña parte de su círculo por encima del horizonte. ¡Había ganado! Cayó de bruces y alargó su mano crispada, como una garra que quisiera agarrar con fuerza toda la tierra que ya era suya y, dejando escapar un hilo de sangre por su boca, murió.

Un hombre del pueblo lo enterró cavando una fosa suficiente para acoger su cuerpo; unos cuatro arshines* (aproximadamente poco más de tres metros) le bastaron. ¿Cuánto tierra necesita un hombre? se preguntaba el Demonio mientras, haciéndose cargo del alma de Pajón, sonreía socarronamente.

A veces me pregunto cómo hay personas que necesitan tanta tierra para poder vivir. Unos necesitan mucha tierra de poder, otros mucha tierra de dinero, otros mucha tierra de poder y dinero. Incansables se arrastran, se arrodillan, reptan, corren, sudan, tropiezan, mienten, traicionan, perjudican a inocentes, venden su alma al Demonio si es necesario en una loca carrera para alcanzar más y más, para tener más y más, para atesorar más y más antes de que el último rayo del Sol de su existencia se oculte tras el horizonte de sus vidas. Y todo para luego ser enterrados en tres metros de tierra de poder o de codicia o de avaricia, tres metros de tierra que son los que necesita un hombre. Tanto si es poderoso, como humilde, rico o pobre, en el momento en que el último rayo de Sol se oculte tras el horizonte de sus vidas, a todos sin excepción nos bastarán tres metros de tierra.

*Arshines: Unidad de medida de la antigua Rusia