Seremos diferentes.

 
Dentro de días, semanas o incluso meses y cuando podamos hablar del estado de emergencia sanitaria actual como un hecho pasado, recordando con tristeza y apatía lo vivido, seremos diferentes.
 
Seremos muy diferentes.
 
Vivimos días difíciles. Días complicados, incomprensibles. ¿Quién nos lo iba a decir? Con lo fácil que es anticiparse a los hechos, ni las mejores vías de información, ni las más poderosas fuentes habrían podido anticiparse a lo que la sociedad española está viviendo. Pasamos un verano tranquilo en el que celebrábamos diez años del último atentado de ETA. Todavía más de aquellos doscientos muertos de los trenes y aunque más cercanos, en la mente quedan todavía más lejos las Ramblas de hace tres años. Pocos somos los que conocemos los últimos golpes yihadistas en Sudán o los cuarenta muertos en Kabul de hace diez días.
 
Vivíamos tranquilos, asumiendo la historia sin darnos cuenta y pensando en nosotros mismos, disfrutando de esas insípidas conversaciones, siempre las mismas y que aburren a los muertos. La sociedad vivía en su rutina, en esa maravillosa apatía bien entendida. Vivíamos en los bares, íbamos a los teatros y nuestro problema era conseguir cuatro abonos para ver a cualquier millonario insolidario dar patadas a una mierda de balón, una reserva en el Chacabuco, perder el tiempo mirando a los nuevos nacidos, discutir a la misma hora y con la misma persona. La sociedad y sus hábitos, la gente y su rutina, la bendita rutina. ¡Éramos felices!
 
Seguirá siendo un misterio y estará lejos. En ese momento en que nos alejemos de La Era del Coronavirus, habremos dejado de ser nosotros. ¡Claro que si! Seremos más fuertes y estaremos preparados al menos para esperar lo siguiente que nos venga, pero seremos diferentes y sobre todo, seremos otros. No estaremos todos, por mis cuentas ya me faltan diez, en los metafóricamente diez metros de alrededor. Faltarán muchos de nuestros abuelos algunos de nuestros padres, amigos e hijos que no habremos podido enterrar, que se habrán ido sin despedirse a los que no habremos podido llorar.
 
Si la muerte es dura para la mayoría de las personas, me pregunto cómo vamos a digerir lo que nos están haciendo, lo que nos han provocado. Me pregunto cómo podremos perdonar y si también vamos a olvidar volviendo a nuestras rutinas y sintiendo solo alivio por el fin del proceso que llegará y que hoy vivimos. Seremos diferentes porque nos olvidaremos de nosotros mismo y de lo que vivimos en estos fatídicos días.
 
La sociedad vivía a su manera de siempre. El odio y la envidia son las principales características que nos marcan a cada uno de nosotros. El mal ajeno es muchas veces más que un juego, más que un comentario, más que un pasatiempo. ¡Es un deseo! Somos capaces de unirnos a las malas y en los peores momentos, pero estoy completamente convencido, porque lo he vivido decenas de veces, que todos volveremos a mirar para otro lado. Seremos diferentes pero no volveremos a poner música en las terrazas ni aplaudiremos al sanitario, al policía o al tendero. Seremos diferentes porque a partir de este momento huiremos de ciertos contactos, porque dejaremos de abrazarnos y evitaremos chocar los cinco. Seremos diferentes porque lo que nos están haciendo es  lo más grave que una sociedad moderna puede vivir. Seremos diferentes porque nos están obligando a volvernos de otra manera, porque quien tiene que cuidar de nosotros, no nos ha cuidado y nos ha dejado solos. Seremos diferentes porque los chinos no serán igual para nosotros, porque los españoles seremos los nuevos apestados del planeta.
 
Seremos diferentes porque ni nosotros mismos hemos sido capaces de protegernos.
 
Seremos diferentes.