Hace unos días un pobre diablo, de esos que buscan el salario de la Ley de Memoria Democrática, y cuyo nombre no merece ni el salivazo de recordarlo, vomitaba su odio ignorante sobre los últimos momentos de la vida de José Antonio Primo de Rivera, afirmando que hubo que chutarle para que mantuviese un mínimo decoro ante el pelotón de fusilamiento. Ya le contestó a modo mi entrañable hermano, amigo y camarada Álvaro Romero. Yo, que carezco de su templanza, he esperado a que amainase la galerna de furia y asco que me provocó el panfleto del pobre diablo para afanarme en el inútil empeño de contarle, con el relato cierto de testigos presenciales, cómo murió José Antonio Primo de Rivera aquella madrugada fría y húmeda del 20 de noviembre de 1936 en el patio de la prisión de Alicante.

El Padre José Planelles, compañero de prisión de José Antonio, le confesó. Cuando hubo terminado y regresó al módulo que compartía con otros reos no pudo, no supo más que decir: “Acabo de confesar a un hombre que va a morir por todos”. Por todos, también por sus verdugos, por los ciegos de odio, por los que no quisieron escucharle, por los que le escucharon cuando ya era tarde, demasiado tarde, y por los que disfrutaron la obra de sus palabras sin ofrecerle siquiera el respeto de la gratitud. Por todos ellos y para todos ellos murió José Antonio, al que no tardó en seguirle el Padre Planelles, fusilado días después junto a otros cincuenta y cuatro falangistas alicantinos.

No había amanecido aún. Su hermano Miguel se abraza a José Antonio. Está a punto de anegarse en lágrimas, pero José Antonio le zarandea cariñosamente, le endereza fraternalmente y le da en inglés, para que los milicianos no se enteren, una última orden: “Help me to die bravely” (Ayúdame a morir como un valiente). Miguel cumplió, José Antonio también.

No había amanecido aún. El frío húmedo de la madrugada mediterránea a finales de noviembre destempla el ánimo del miliciano que apremia a José Antonio, quien calmado y sin prisa le dice al heraldo del piquete de fusilamiento: “Déjame, al menos, morir bien vestido”. Sobre el mono azul se pone una chaqueta y sobre los hombros se echa un abrigo inglés gris marengo.

No había amanecido aún cuando José Antonio llega al patio de la cárcel. En el paredón le esperan dos requetés y dos falangistas de Novelda que van a morir con él. José Antonio les da ánimos, y antes de ocupar su lugar junto a ellos se quita el abrigo y se lo regala a un miliciano llamado Toscano diciéndole: “Toma, a mí ya no me va a servir y es una lástima que lo agujereen las balas”.

No había amanecido aún cuando la orden de fuego apretó los gatillos de los fusiles. Al oír la descarga una mujer lloró y vomitó, era la encargada del bar de enfrente de la prisión que tantas veces le había llevado viandas a José Antonio a la celda. Ella sabía de la condena a muerte, pero jamás llegó a creer que nadie pudiese matar a un hombre así. Cuando amaneció lo entendió y lo creyó.

El escritor y ministro socialista Zuazagoitia lo dejó escrito: “Cuando José Antonio se dirigió al piquete de fusilamiento, su voz convincente hizo vacilar a los milicianos y guardias de Asalto, del mismo modo que antes había hecho vacilar al tribunal y al jurado que le condenaron a muerte”. Así murió José Antonio Primo de Rivera cuando aún no había amanecido el 20 de noviembre de 1936.