Aunque uno intente mantenerse alejado, en nombre de la inteligencia y de la salud mental, de las producciones basura de la industria del entretenimiento, no es posible aislarse completamente. Por tanto, creo que casi todos saben de qué hablo.

En efecto, todos nos hemos encontrado no una sino muchas veces con esta figura: la heroína mamporrera abrecabezas, que aparece obligadamente en todos los filmes recientes donde haya mamporros. No es sólo un cliché del cine actual, una moda, sino también algo más: es probablemente un requerimiento que deben cumplir hoy en día todas las grandes producciones. Como todos sabemos, el entretenimiento nunca ha sido sólo entretenimiento: existen códigos ocultos, políticas impuestas desde arriba, preceptos y normas no declaradas pero que se hacen cumplir a rajatabla.

La presencia sí o sí de una o varias de estas heroínas detestables es parte de tales directrices ocultas. Una lástima porque esto convierte la visión de casi cualquier película reciente en un sufrimiento y una agonía: cualquier espectador bien nacido se pasa la película entera deseando que le vuelen la cabeza de una puñetera vez a la insufrible heroína, pero por supuesto no sucede nunca.

Muy al contrario, es la insoportable quien reparte a diestro y siniestro, sobre todo a varones. Y no sólo en películas de acción; fijémonos bien en que casi siempre aparece, en las series y películas de cualquier tipo, alguna mujer que le pega a un hombre.

Y es que precisamente se trata de eso, de mostrar esa imagen porque es una de las imágenes símbolo de esta modernidad enferma. Siempre habrá una justificación para ello, naturalmente: cuando no es una justa venganza, es que ella ha sido agredida o humillada, o el otro la ha mirado mal o es un error o es en broma. Siempre se encontrará un pretexto para justificar la escena, pero lo importante no es el pretexto, sino mostrar una mujer que le pega a un varón. Esto es lo que exige el código no escrito.

Esta propaganda amazónica está casi siempre mezclada con la sugestión sexual: la amazona que le parte la cara a los hombres raramente es un orco de Mordor o un marimacho a la que uno no tocaría ni con un palo, como suelen ser las que realmente y no en la ficción pueden medirse con los varones a puñetazos; casi siempre la mamporrera es una mujer atractiva, con una fuerte carga sexual que siempre queda bien clara. Esto último es importante y un ingrediente fundamental; probablemente necesario para que un varón no completamente imbécil se trague semejantes producciones, pero la razón principal es manipular la psique masculina, para que ésta se deje trabajar como la harina se deja amasar para hacer pan.

En efecto, se trata de reblandecer y descomponer la mente del varón, crear un cortocircuito en la percepción que éste tiene de sí mismo y de su lugar en el mundo, solicitando su instinto sexual en combinación con la exhibición y la justificación de violencia contra lo masculino. Esto cuando el receptor del infecto mensaje es hombre. Si es mujer el objeto es alimentar la agresividad de las mujeres contra los varones, es decir fomentar y jalear la violencia con perspectiva de género pero manteniendo al mismo tiempo la conciencia tranquila; siempre se encuentra un pretexto, recordémoslo.

Como intención secundaria, se trata también de colar aquí el improponible discurso de igualdad de género: que las diferencias fisiológicas y cerebrales no significan nada, que todas las sociedades humanas, en toda la historia, se han equivocado asignando la tarea de la guerra a los hombres. Ni siquiera se preocupan en esto, por cierto, de incorporar un mínimo de sutileza; de hacer luchar a la mujer de manera diferente, que ésta supere al varón usando también (por ejemplo) seducción, astucia, agilidad, manipulación psicológica, u otras habilidades que se podrían vender como más específicas de la mujer. Nada de ello: la heroína vence a todos los hombres a base de mamporros puros y duros.

Auténtico material para consumidores de entretenimiento ceporros y compulsivos que, literalmente, se tragan cualquier cosa que les pongan delante. Pero éste es también el espíritu de los tiempos: estamos en una sociedad que se vuelve cada día más tonta, tanto los hombres como las mujeres. Uno de los pocos ámbitos en los que hay de verdad paridad de sexos.