Hace veinte años informábamos en las páginas de “El Semanal Digital” acerca de la proyecta invasión de Iraq en términos muy diferentes del por entonces acostumbrado seguidismo de José María Aznar. Todos entonces vitoreaban el que Aznar se sentara entre “los grandes” en la famosa foto de las Azores. Pero claro: Aznar se sentaba sin haber movido un solo dedo por el ejército español y por la relevancia militar de España, que era lo que contaba en esos tiempos. Nuestro ejército se hallaba en la misma situación de descrédito público y falta de medios que por desgracia tiene ahora. No se le ocurrió que para sentarse entre los grandes podía, por ejemplo, haber dotado de nuevo armamento a nuestro ejército. No. El quería ser de los grandes sin hacer lo que los grandes. Por entonces me dijo un amigo: “si quieres ser como Francia construye cinco portaviones”.

Pero esto es lo de menos. Lo que nosotros denunciábamos por entonces es que Occidente -porque era Occidente el que se veía involucrado en las invasiones de Iraq y Afganistán en virtud del artículo 5 tratado de la OTAN- se vería arrastrado a una guerra innecesaria que traería complicaciones sin fin. Era absurdo pensar que unos países de Oriente Medio podían convertirse en una democracia estilo británico. En realidad se trataba de que los “neoconservadores” consiguieran su sueño de hacer de la región una colección de estados fracasados incapaces de hacer militarmente frente a Israel. Esta idea la expusieron en numerosos textos y libros y ya entonces nosotros lo explicamos. ¿Cuándo dejó de ser racional y sensata la invasión de Afganistán e Iraq? No conozco ni me he interesado mucho por las teorías alternativas acerca de los atentados del 11/S, pero si efectivamente se quería castigar a Osama Bin Laden y Al Qaeda podía haberse hecho solamente eso. La empresa dejó de ser sensata cuando paso de ser una operación para capturar a alguien para convertirse en una ocupación no de uno sino de dos países. Más tarde Obama llegó con el “surge” de tropas estadounidenses en la región y Trump dejó las cosas como estaban, si bien es verdad que fue menos belicista que Bush y Obama. El resultado lo vemos ahora: la situación se hizo insostenible y el presidente Biden ha recogido la patata caliente que otros le dejaron. ¿Por qué? Primero, porque la guerra siempre fue impopular también en EEUU: los granjeros de Nebraska no saben muy bien qué se les había perdido en regiones ignotas para que sus hijos tuvieran que ir a morir allí. Pero es históricamente comprobable que al gobierno americano le importa muy poco la opinión del pueblo siempre que pueda capear mediáticamente el asunto. Un motivo más importante son los miles y miles de millones de dólares y los miles y miles de muertos que ha costado el desastre gestado por los generales de Washington. Muchos se preguntaban: ¿hasta cuando así? ¿Todo para acabar en una retirada no muy diferente al fiasco de Vietnam? ¿Qué queda tras miles, quizás cientos de miles de muertos de uno y otro bando, de una fortuna astronómica gastada, de compromisos geopolíticos y alianzas insostenibles y complicadas a fin de echar a los talibanes del poder? El telón ha caído y estamos donde al principio. La ridícula fuga del Mulláh Omar en moto ha sido sobradamente vengada con la vergonzosa retirada norteamericana.

¿Pero es todo esto pura locura? No para todos. Todos los enemigos de Israel han desaparecido, bien por efecto de la guerra o por el efecto de las denominadas revoluciones de colores: Iraq ya no existe como agente políticamente autónomo en la región, Siria está destruida, Libia vive algo parecido a una guerra civil e Irán -cuya deseada invasión era demasiado costosa en muchos aspectos- tiene como vecino a unos talibanes nada amistosos. Por si fuera poco, y gracias a Trump, los EEUU denunciaron el acuerdo nuclear con Irán. El precio de toda esta historia ha sido el descrédito de los EEUU gracias a la política e ideas de los “neoconservadores”, gestada a finales de la década de los 90 y principios de la década del 2000.

Resultan ridículos ahora los lamentos de muchos de los que en el pasado azuzaron y apoyaron la guerra. En la prensa española se han leído algunos verdaderamente patéticos, en medios del “centro-derecha” pero también en las páginas “progres” de “El País”. Algunos periodistas “alternativos", algunos del entorno católico, han evaluado la situación como un auge del “islamismo radical”, como si éste dependiera de que los talibanes estuvieran en Kabul y no de los millones de musulmanes que están en Londres, Paris o Berlín.

Ni entonces ni ahora todos estos belicistas de sillón entendieron que las sociedades caen normalmente por lo que tienen “intra muros” y por aquello en lo que se convierten, más que por los enemigos de fuera. El Islam era igual en el siglo VII que ahora. Somos nosotros los que hemos cambiado y la lamentable retirada estadounidense es el colofón de una política exterior desastrosa, liderada por el gobierno de Washington, que viene arrastrándose desde hace muchas décadas.

¿Tiene todo esto algo positivo? Pues casi nada. Yo pensé que quizás ahora los líderes estadounidenses entenderían que compensa más ser una república poderosa que el policía global del planeta. Comprenderían que les odian por lo que hacen, por la profunda inmoralidad y cinismo de su política, no por lo que son. La fantasía me ha durado poco porque ya han firmado el AUKUS que supone un compromiso adquirido a causa del enorme error que ha conllevado permitir la deslocalización económica de la industria occidental a Asia: buena parte del auge de China se debe a ella. Por otro lado, Europa sigue descomponiéndose a causa de la balcanización multiétnica, inducida por la propia Unión Europea y por la poca o nula visión histórica de los líderes europeos: desde estupideces como el secesionismo de ciertas partes de Europa, hasta la nula natalidad o el auge de potencias en el fondo hostiles como Marruecos.

El eje geopolítico del mundo se está trasladando a Asia, un cambio de carácter histórico que puede ser permanente o cuando menos para unos cuantos siglos. Allí están las naciones más populosas y seis de las nueve potencias nucleares del planeta. Además, el islam tiene un peso enorme en la región.

Esto podría ser un análisis superficial, al modo de una interpretación geopolítica y no ideológica del mundo de hoy, en el que las ideas juegan un papel de importancia creciente. En realidad, esa nueva zona emergente -eso que los medios llaman “el mundo multipolar”- corresponde a una integración creciente. China es en realidad un gigante dependiente del exterior, del mismo modo que sus clientes en todo el mundo dependen de los suministros de China. La globalización avanza a pasos agigantados y es, en primer lugar, una maquinaria ideológica -primero- que gestiona el poder político y económico y, solo después, militar.

Es de prever, por tanto, que las asperezas y tiranteces entre países y esferas de influencia se vayan limando en aras del Gran Proyecto Global. Que en ese mundo a cuyo nacimiento estamos asistiendo, los amos del mundo hayan reservado a Occidente un papel de sumisión y decadencia servil no es de extrañar. Al fin y al cabo ese proyecto está parido en Occidente y aquí está más avanzado. Ese orden global es un proyecto profundamente nihilista, una especie de “maelstrom” del que es muy difícil sustraerse y que conduce hacia la nada. Puede que todo esto que contamos se vaya esbozando con mayor claridad a medio y largo plazo, pero resulta inevitable intentar escudriñar el futuro más allá, en términos históricos, justo en unos términos en los que jamás analizaron nada esos mismos que lamentan la retirada estadounidense de Afganistán y que en su momento nos condujeron a una de las acciones más nefastas en la política exterior del último siglo.