La humanidad, desde su creación, para los que no somos evolucionistas, es el provecho en forma de enseñanza, de la historia. El panteón de sus glorias, evolución, triunfos y fracasos, puestos a la luz de la comparación crítica, suponen la mejor enseñanza de las generaciones venideras. Las lecciones y ejemplos dignos de imitación, también deben ser saludables advertencias de memorables sufrimientos como escarmiento de los errores. Así fue España, desde Roma, hasta que la cristiandad se hizo cuerpo en ella y la universalizó. 

Siempre imaginé el devenir histórico de un pueblo, configurado por un territorio, lengua, cultura y voluntad de permanencia, como conjunto/atributo de nación, en el viaje infinito o, no, alegórico de un tren. El viaje machadiano del tren, sentado en un vagón más o menos confortable, según la época y clase social; ligero de equipaje, por la finitud de la vida y con distintos tránsitos cíclicos, “tan lindos para alejarse”, como duros en la llegada. Parábola que deseo incorporar a la percepción del tren en que viajamos desde hace más de dos mil años llamado: España.

La metáfora del tren puede guiar el razonamiento temporal de nuestra existencia; su enorme dimensión pasada y, el incierto futuro, de seguir empeñados en desenganchar los distintos vagones que conforman tan vasta como indómita nación. Siglos en los que nuestra andadura colectiva sufría luchas internas y agresiones externas; invasión de siglos (711/1492); perdida física de la práctica totalidad de los vagones; pero, con un único furgón delantero de guerreros indómitos, se mantuvo la fe, la esperanza de reconquista, el ideal primigenio de unidad y la “misión” heredada de vencer; extremo que consigue, después de ocho siglos, en Granada (1492). 

Vuelta al rail natural de su historia, aquella nación privilegiada por la cruz y el derecho, creó bajo el cielo limpio y las tierras varias, todas las Américas Hispanas bajo un mismo sol de Imperio, que no tenía fin. Pero nuestra grandeza, con la insolencia de la revelación transformadora en civilización, hubo de enfrentarse durante siglos, nuevamente, a la persecución y juicio de amigos y enemigos. Nuestra desidia agravada por la feroz campaña de nuestros enemigos seculares en lo religioso, político y territorial, consiguieron que el Imperio tuviera fin; pero no su aliento vital, ni su conciencia creadora, ni su voluntad de permanencia.

Y ese tren continuó la realidad de sus gestas, de los innumerables símbolos; victorias sonadas y alguna cruel derrota, donde se hornearon todas las virtudes y se domaron algunas mezquindades. Pero el genio vital de España permaneció para no sucumbir ante el más fuerte enemigo exterior, con la complicidad interna, en 1808. Aunque las ideas del invasor permanecieran en nuestro suelo y arraigaran en el papanatismo, en apariencia ilustrado, de nuestros dirigentes; y, el pueblo, se fue conformando a la servidumbre impuesta, mientras se perdía un siglo en diputas tribales (siglo XIX), ajena al tañido llamando a la oración y al combate de Compostela.

El tren hispano del siglo XX, lastrado por los pesados vagones de un pueblo sin rumbo aparente, injustamente confundido, acertadamente adoctrinado e intencionadamente abandonado; tenía que acabar en fracaso colectivo, en descarrilamiento caótico, o en el cambio de vía y ocupación de todos los vagones por una potencia extranjera. Sólo en última y milagrosa instancia, pudo España y su pueblo reivindicarse en su raíz historia, y así derrotar a la potencia hegemónica más degradante que ha conocido el mundo, cuya filosofía política se ha convertido en religión, lo que viene a acreditar su origen mesiánico y dificultad de vencer: el comunismo.

La última victoria del pueblo español, acaudillada por Franco, vino a significar que nuestro pueblo y su patria debe ser justamente tratada, venerada y glorificada; que habla por boca de la ejemplaridad de los santos y la heroicidad de los mártires; que nunca va a callar por dignidad colectiva y tiene pedida la palabra el 4 de mayo, en Madrid, donde resucitará la única España; la de una sola bandera, la fe como estandarte y la historia como testigo.

El dilema moral, político y económico, resuelto con la legitimación del 1 de abril de 1939, vuelta a refrendar en la Reforma Política de 1977, descansa en un frágil “consenso” basado en la lealtad de las partes, extremo que quiebra con el atentado terrorista en los trenes el 11 de marzo de 2004 y la llegada al poder de Rodríguez Zapatero. La paulatina ruptura de puentes, nuevamente por la izquierda decimonónica y el separatismo montaraz, hacen posible un nuevo descarrilamiento del “tren de la patria” donde todos viajamos y a todos representa. Las causas serán objeto de otro análisis, los efectos saltan a la vista con el inicio de la campaña electoral, en Vallecas; el acoso y derribo a la Monarquía y la proyectada “ley de Memoria Democrática”.

De aquí la importancia que le otorgo a estos comicios del 4 de mayo en Madrid y la utilidad del voto con la finalidad de salvar la capitalidad del asalto del radicalismo totalitario izquierdista y revertir la situación en España, mediante una serie de reformas constitucionales imprescindibles para consolidar el estado de derecho, presupuesto necesario de cualquier democracia que se precie, comenzando por garantizar la independencia del poder judicial.

Aunque sostengo que la historia se rige por principios verdaderamente providenciales, y la ingratitud de ciertos pueblos con sus libertadores solo admite explicación en las formulaciones teológicas de la “ciudad de Dios” de San Agustin y su controversia entre los supremos bienes y males; trataré de visualizar, en lo sociológico, la contienda ideológica/política que confluye, este mes de mayo, en Madrid. Basta constatar como un ex asesor de las FARC colombianas es hoy secretario de Estado del gobierno y encargado de la Agenda 2030. Basta con presenciar por el Centro de Madrid “el aquelarre republicano”, acto autorizado por el gobierno y demostrativo de fuerza, organización e identidad de propósitos con quienes, trajeron primero, y hundieron después, la II República. Sin caretas, sin complejos, sin vergüenza, se presentaron vociferantes los nuevos comunistas, como siempre “demócratas”, conmemorando el aniversario de la república al grito de: “por la república popular federal” y bajo los ejemplares personajes como Marx, Engels, Lenin, Stalin y Hoxha, grandes fracasados de la historia que, en España, por el déficit moral, educacional y mediático ambiental, todavía tienen predicamento. ¡Y conforman el Gobierno! Yolanda Díaz, vicepresidente, sostiene en una entrevista que sus padres le enseñaron: “el comunismo es la democracia y la libertad”. Los empesebrados periodistas no le repreguntaron siquiera: ¿Dónde?

De ahí la creciente preocupación de que el slogan electoral de la derecha de Díaz Ayuso en Madrid “comunismo o libertad”, no sea refrendado por el PP de Casado. De ahí surgió Vox como firme combatiente ideológico, en el mundo de las ideas y en la práctica, de la ingeniería social que viene imponiéndose en España desde la transición, sin que la derecha haya planteado la más mínima oposición. La ley de memoria histórica, la ley de violencia de género, el control de la enseñanza, del poder judicial y de los medios de comunicación, representan el “Caballo de Troya” para acabar con nuestra nación y todas sus instituciones hasta llegar a la “República popular Federal”, nuevo engendro del viejo comunismo, imposible de educar, reconvertir o reciclar.

Por ello sostengo que el voto a Vox resulta cada día más necesario; si crece en Madrid y forma gobierno, significará la posibilidad de conformar el futuro gobierno de la nación, frenando la deriva separatista y social comunista, y creando las condiciones para que una política común y benefactora del interés general, vuelva unida a un ilusionante proyecto de progreso. Mal haríamos en olvidar la advertencia de Soloviev El drama de la historia está ya representado y resta tan sólo el epílogo, aunque, como el de Ibsen, pueda tener cinco actos. Su argumento esencial lo conocemos”.

Y tanto que debería estar presente en nuestro conocimiento desde 1915, en que Lenin aventuró el futuro del comunismo: “Los Estados Unidos del Mundo (ver la Agenda 2030) representan la forma de Estado para la unificación y liberación de las naciones, que identificamos con el socialismo, mientras que el comunismo sólo alcanzará el triunfo eliminando al Estado en todos sus aspectos, incluso el democrático”. ¿Hasta cuando vamos a soportar que, con total impudicia, se utilice la libertad formal de la democracia, para destruir la libertad real de los pueblos configuradores de las naciones? De la respuesta que os deis debería depender el depositario de vuestro voto, ahora, el 4 de mayo, y siempre.

El tren de nuestra inigualable y gloriosa historia no se detendrá en ningún trance, ni será abandonado por los españoles de raza y cultura, de honestidad y valor, en digna justicia con nuestros antepasados; ¡pero cuidado!, puede descarrilar si no advertimos, a tiempo, de que al mando de la locomotora de la nación, hemos colocado, democráticamente, a un “borracho de sombra negra”, evanescente personaje, ávido de poder y sin escrúpulos, ni principios; dispuesto a jugar con la trayectoria vital de nuestro pueblo, como cualquier trilero con los dados, para mantenerse en el poder. ¡Eso lo hace especialmente peligroso!