La adorada y pluscuamperfecta Transición se erigió sobre dos falacias y sobre muchas traiciones. La primera falacia fue que todo lo conseguido por España durante el franquismo merecía ser demolido sin miramientos porque en un régimen autoritario los pueblos no logran nada positivo. La segunda gran falacia, casi tan atroz como la anterior, es que una Constitución merece tanta protección o más que la Nación a la que sirve, de lo que se deduce que la democracia misma vale más que la Patria. De estas dos barbaridades se derivan, pues, todas las traiciones subsiguientes.
 
Como algunos venimos diciendo desde hace años, las constituciones no son otra cosa que herramientas, y su bondad o maldad depende directamente de su utilidad. Adorar la Constitución, postrarse de hinojos ante ella o lanzar vivas a ese documento escrito es lo mismo que arrodillarse ante una llave inglesa o elevar un destornillador a los altares. Las herramientas se fabrican, luego se utilizan, y cuando se comprueba su flagrante inutilidad, simplemente se sustituyen por otras. Con esa simplicidad instrumental que tienen casi todos los objetos.
 
Como los partidos políticos llevan cuatro largas décadas repitiendo machaconamente esas dos falacias, sobre las que a su vez han construido su estatus de poder absoluto, las últimas generaciones de españoles se han educado con ellas, las han asumido como ciertas, y han construido su pequeño caos mental sobre dichas falacias. El resultado es que, a día de hoy, a la mayoría de los españoles les importa más la democracia que la Patria, y creen que la Constitución es lo mismo que la nación, o al menos merecen ambas el mismo respeto. De ahí que la nación española esté hoy destruida y ultrajada, y la Constitución del ´78 sea un guiñapo que cada cual utiliza según su conveniencia coyuntural.
 
Como ya dijimos otros 6 de diciembre como hoy, la Carta Magna todavía vigente se redactó siguiendo el modelo alemán y francés, pero con un ingrediente original: había que contentar a los partidos separatistas y al comunismo, porque sin ellos la Transición hubiera sido imposible. Por eso, entre varios principios generales que podríamos incluso compartir o respetar, se incluyen otras aberraciones políticas y jurídicas que delatan su naturaleza disgregadora y masónica, por liberal. Por ejemplo, la no protección de la vida humana desde el momento de la concepción, lo que abría el camino para el aborto libre (punto en el que estamos ahora), o la introducción del concepto de "nacionalidades", referido a algunas regiones con elementos culturales propios, para dar gusto a los partidos separatistas de Cataluña y de Vascongadas; lo que a la postre ha conducido al golpe de Estado institucional de 2017, en el que aún estamos.
 
Nosotros podríamos estar de acuerdo con que España tuviese una Constitución, e incluso una constitución de corte liberal, siempre que se hubiesen garantizado principios eternos que responden a la naturaleza de las cosas. Si la vida humana merece protección, una Carta Magna debe recoger esa protección y castigar con la máxima pena todo ataque a la vida humana desde su concepción. Y si la nación merece protección, una Carta Magna debe garantizar su unidad indisoluble, y eso empieza por llamar simplemente regiones lo que nunca han sido otra cosa que regiones. Pero la Constitución de 1978 no estaba para servir a la Verdad, ni para servir a los españoles, sino para servir a aquellos que hoy han usurpado los derechos y libertades del pueblo, y se han constituido en un poder omnímodo e incontestable. Un poder que, bajo un manto de celofán demócrata, ejerce de facto un autoritarismo como nunca ha sufrido España.
 
Si los demiurgos del documento de marras se hubiesen dejado iluminar por Dios y no por los ángeles de Satán, hoy tendríamos no solamente una Constitución decente de la que poder sentirnos orgullosos, sino lo que es más importante: una nación fuerte y poderosa, una ciudadanía formada en valores eternos, y una clase política acostumbrada a servir al Bien Común. Pero por desgracia, la Constitución resume todos los vicios y miserias de la España de hoy, porque en su misma esencia radica el principio de nuestros males. No es de extrañar, por tanto, que los herederos políticos de los padres de la Constitución se reúnan alegremente, todos los años, a brindar por ella. Porque sin ella, ni ellos ni sus partidos tendrían hoy el poder que tienen, mientras los españoles pasamos fatigas y miserias.
 
Por eso, este comunicador que les habla no celebra este puente otra cosa que la Fiesta de la Inmaculada Concepción de María, el próximo martes. Ante ella, sólo ante ella y ante nuestro Señor Jesucristo, nos postramos y arrodillamos. Dejamos que otros se arrodillen ante un destornillador o una llave inglesa. La Constitución pudo ser útil, pudo ser un documento respetable, pudo ser incluso la clave de una convivencia pacífica entre todos los españoles. Pero sus redactores no querían eso. Ya sabemos todos que no se puede vivir poniendo una vela a Dios y otra al diablo.