El punto final de este articulo, el tercero de la serie, debería ser clarificador sobre la pregunta que se harán todos los españoles: ¿Como hemos llegado hasta aquí? Esa pregunta de llegada, encuentra la respuesta en los errores de partida y no busca justificaciones exógenas. Mucho antes de morir  Franco, quienes deseaban la ruptura y demolición de su régimen, tanto desde el exterior como desde dentro, advirtieron que la fortaleza sólo podría destruirse, en su ausencia, desde las mismas instituciones del régimen; mediante una “reforma encubierta” que contentara a todos los gobiernos occidentales y no fuera visto por el pueblo sino como evolución perfectiva, pues lo proponía relevantes políticos del régimen y lo impulsaba su sucesor, el Rey Juan Carlos.

La experiencia, al no conseguir derribar a Franco durante 35 años, de los ganadores de la segunda guerra mundial, así lo atestiguaba. El Caballo de Troya, por tanto, consistió en introducirnos el mismo sistema que nos había dividido en el siglo XIX y llevado a la guerra civil en el XX. Para ello había que colocar una Monarquía que trajera la República. Gonzalo Fernández de la Mora, excepcional intelectual y monárquico, fue el primero en advertirlo y denunciar el ensayo de una Monarquía instrumental, una especie de monarquía-puente que, desprovista de sus atributos originarios, se convirtiera en una Monarquía laica, liberal, partitocrática y parlamentaria. Esa monarquía liberal que hace suyo el principio de la “dispersión del poder”, deja sólo al Rey como símbolo de la unidad y permanencia del Estado, que solo puede “arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones” .El hecho de haber sido aceptada por toda la izquierda y separatistas era el peor presagio.

Dos precisiones de inicio. Una; Monarquía y República sólo son dos recipientes con dos etiquetas, y lo que importa es el contenido del recipiente y no el nombre de la etiqueta. Las diferencias no son sustanciales y, el Rey, equivale a un presidente de la república, pero con cargo vitalicio y hereditario. Dos; una cosa es la monarquía que quiso Franco y otra la monarquía franquista, ambas eliminadas con la ley de Reforma Política; una, por razones físicas, Franco ocupó la Jefatura del Estado como un Monarca, sin corona y sin dinastía; la otra, por voluntad del heredero designado por Franco que, abdicando del juramento prestado ante los hombres – ante Dios es otra cosa- y de los principios monárquicos, prefirió homologarse como cualquier otra república coronada: “el Rey, reina, pero no gobierna”. Es irresponsable civil, penal y políticamente.

Se prefirió volver a la restauración de la monarquía de Sagunto, aún saltándose un eslabón de la dinastía, a mantener los principios monárquicos de unidad de mando y de poder y lo instaurado sobre la tradición, la fe católica, el compromiso social y la representatividad de los tres poderes democráticos que ni se contraponen, ni se solapan. Y acabará como su bisabuelo en 1931. 

La Monarquía se caracteriza por la concurrencia de dos principios: el de unidad y el de sucesión. La unidad se refiere al poder. La sucesión se refiere a la dinastía. La unidad de mando y de poder es un requisito esencial, mientras que la sucesión es un requisito formal o natural. Si la unidad de poder se excluye, no hay Monarquía. Qué aliento le pueden prestar los monárquicos liberales españoles a lo señalado en el Art. 1, 3 de la Constitución, dónde se afirma: “la forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”; cuando en el mismo articulado en su epígrafe anterior, Art.1,2, se dice: “la soberanía nacional reside en el pueblo, del que emanan los poderes del Estado”.

Si ahora o cuando se quiera, ese divino atributo que se concede al pueblo, como antes se reconocía al monarca absoluto, decidiera no reconocer esa forma política del Estado español y crear otra, ¿quién lo puede impedir?; se habría acabado la monarquía en España, como fruta madura que cae del árbol.

Si “la actual democracia, se basa en la supremacía de la ley, expresión de la voluntad soberana del pueblo” y sabiendo como la interpretan nuestros bolivarianos gobernantes, poco tardará el soberano pueblo en decidir lo que quieran sus doctos y ecuánimes gobernantes. Cualquier pretexto valdrá, desde la “crisis constituyente” hasta el endoso de toda la corrupción política, institucionalizada desde hace cuarenta años, en él Rey emérito Juan Carlos I, epítome de todos los males y delitos. No olvidar que todos los medios de propaganda están en sus manos y deciden lo noticiable hasta manosear el hartazgo, y lo que debe ocultarse con siete llaves. 

Nuestras vidas han sido moldeadas por el pasado y su destrucción es el peor de los crímenes, al borrar la memoria de lo que hemos sido e impedir reconocernos en lo que deseamos ser. Conservar ese legado cierto y riguroso, sin tergiversaciones interesadas, debería ser nuestra prioridad ilusionante. Sin embargo, lo que hoy gravita sobre cada nación es lo universal. Y en esa contienda universal civil, España fue la única nación que derrotó al comunismo, en 1939; primera y única, algo que no perdonarán a Franco y a España, nunca. Todo lo que en este trance radical nos está tocando vivir en España, tiene su origen y raíz en ese acontecimiento victorioso.

La geopolítica manda y desde la caída del muro de Berlín en 1989, el marxismo ha mutado, como los virus. Sigue fuera del juego liberal, pero se aprovecha de él. Maneja a la perfección uno de los dogmas reaccionarios más importantes del derecho divinizado que dominó el mundo: “el derecho divino de los Reyes”, ya abrogado, y “la soberanía del pueblo” vigente, como verdad revelada al paganismo.

El marxismo es dogmático y tiene su propia cosmovisión materialista del hombre, de la sociedad y de la historia y ha creado su mística religiosa, la de la cruz invertida. Conviene no olvidarlo con el coqueteo de los pactos, nunca cumplidos si contravienen sus intereses. Pues el fin justifica los medios, según su filosofía.

Cuarenta años después de la construcción/destrucción del actual andamiaje político, iniciado con “la reforma/ruptura”, resulta tan ilustrativo como fácil de acertar, el previsible final. También, que el edificio padece tal grado de aluminosis que resulta difícil advertir la posibilidad de arreglarlo; y sí, la necesidad de construir uno nuevo, sobre el mismo solar. El confinamiento de la verdad, al menos la mía, me impide moldearla a la encrucijada en que nos encontramos, dada la imperiosa necesidad de sobrevivir como nación y permanecer como pueblo. Como la memoria es corta y la izquierda, dueña del relato, lleva blanqueándose, sin oposición, cuarenta años, la situación resulta insostenible. 

Ahora, la “Monarquía de todos”, de Ansón, convertida en “república coronada” con la bendición europea, ha cumplido su finalidad y, en el preciso momento en que deje el Tancredismo al que, separatistas y socialistas le han asignado y aceptó, le invitarán, con la menor amabilidad posible, a irse. 

La Monarquía liberal trajo la república y ésta, el comunismo, nos ha demostrado la historia. Y vuelve a repetirse. Ya tenemos la conjunción separatista/terrorista y social comunista del Frente Popular, reivindicando la II República, en el poder. Y lo han conseguido bajo la jefatura de un Estado Monárquico. ¿Sería eso posible en Europa? Opino que también y por las mismas razones.

La desescalada hacia “la nueva normalidad”, largo tiempo asumida, nos sometió al oprobio colectivo cuándo pita/abuchea al jefe del Estado todo un estadio, como al himno nacional, y nada ocurre; cuando se declara la república independiente en una parte de España y se quema su retrato y la enseña nacional, y nada ocurre. Le llamamos libertad de expresión. ¿Aceptaremos, también, cuando se declare el Estado Federal en las diez y siete autonomías bajo la Corona? O esperaremos a que, al Reino de Taifas se le denomine República Federal, plurinacional y plurilingüe, para exiliarle con el discurso de su bisabuelo “…quiero evitar derramamiento de sangre entre españoles, por mi causa”. El final, como sabemos, fue mucho más dramático para todos, menos para la Monarquía.

De la triple crisis que hoy gravita sobre el mundo y muy especialmente sobre España: crisis de secularización, crisis de representación y crisis de legitimidad, sólo a esta última conviene referirse ahora.

Nuestra civilización surge de dos ideas: libertad y patria; y de nada sirve que la Constitución proclame en el Art. 62, 4 corresponde al Rey el mando supremo de las Fuerzas Armadas”, añadiendo en su Art. 8 que “las Fuerzas Armadas… tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”; si, la soberanía que reside en el pueblo y un partido, históricamente republicano y desleal, desea el poder a cualquier precio y forma gobierno de coalición con quienes han dado un golpe de Estado, han sido terroristas, quieren el comunismo de Venezuela y una democracia como la de Cuba. Vulneraran la Constitución hasta quedarnos sin patria y sin libertad. 

Tenemos y su Majestad también, como monarquía parlamentaria o como republica coronada, “en frente”, un gobierno que quiere destruir la libertad y la patria, y que no dudará en llamarle golpista y fascista, como a todos aquellos que quieran hacer valer el estado de derecho, la división de poderes, la Constitución y hasta la imperfecta democracia que tenemos.

La forma de Estado es el único eslabón de la cadena que le queda al edificio histórico de España, aunque sin sustancia, atributos y adhesiones. Si tocan ese pilar se viene abajo todo el edificio. De ahí el empeño en destruir la imagen y obra de Francisco Franco, hasta borrar, mediante ley, nuestra continuidad histórica; no obstante ser el periodo mas exitoso y nacer de la necesidad colectiva de sobrevivir a la conjunción destructiva del “frente popular”.

Ese eslabón encadena, como a Prometeo, al sucesor histórico de Franco, una vez firmada la Ley de Memoria Histórica, y queda refrendado, de igual modo, al sucesor y actual monarca, al firmar el decreto ley de exhumación/profanación de la tumba del héroe nacional más importante desde los Reyes Católicos, al que todos, la Monarquía tambien, le debemos todo. Ni siquiera hubo un filosofo de referencia y prestigio que alertara: ¡españoles, vuestro Estado no existe!, ¡acudid a reconstruirlo! ¡Delenda est Monarchia!

Hoy cobran fuerza las palabras pronunciadas por Blas Piñar en un acto en Medina del Campo en 1979: “Si no fuera posible la monarquía que quiso Franco, es decir, la Monarquía tradicional, católica, social y representativa, preferiríamos una Republica presidencialista, con unidad de poder y al servicio de la unidad, la grandeza y la libertad de España”. Con tres líneas maestras: 1) Una Monarquía no partitocrática, pero si fundamentada en la democracia; 2) Una Monarquía respetuosa con las peculiaridades regionales, pero defensora de la unidad inconmovible de la única patria común, y 3) Una Monarquía con un gobierno fuerte, no entregado al consenso que la ley electoral obliga y a las continuas cesiones de nuestra soberanía e idioma común.

La suerte parece echada y a la providencia seguiremos implorando ayuda; si esta generación, que ha permitido matar la memoria de sus padres, sin procurar un mejor futuro a sus hijos, lo mereciera. Coincido con Unamuno en la necesidad de “ser más padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado”, y en hacer una “evangelización nacional” para convencer a los españoles que, tanto la Monarquía como la República, son meros accidentes en el tiempo; pero lo importante y trascendente es España, y acabar con los hechos diferenciales pueblerinos que llevan siglos condicionando nuestras vidas y la de nuestra Nación.