Un año más, hacía más frío dentro del despacho de Felipe VI que fuera, en los jardines de la Zarzuela. No me refiero al frío meteorológico, sino al frío del alma. La siempre católica monarquía española se ha desnaturalizado tanto que comparte con el sistema democrático esa misma frialdad que tienen los entes muertos. La frialdad de lo ficticio, de lo teatral. La frialdad de aquel que debe decir lo que le dicen, y sólo lo que le dicen, para poder seguir siendo lo que es. Lo que le dejan ser, por el momento.
 
El redactor del discurso leído por Felipe VI no se dejó en el tintero ni uno solo de los tópicos democratistas que llevamos escuchando 40 años. El sistema sabe que una de las claves de su supervivencia es la repetición de los mantras, sabedor de que nadie o casi nadie de la audiencia se hará preguntas incómodas, ni se cuestionará casi nada. Menos aún en plena cena (como suele estar casi siempre el pueblo español a esa hora de la Nochebuena), con los dedos llenos de marisco y la copa rebosante de vino bueno. Se trata de repetir, de no salirse del guión y de pronunciar bien todas las sílabas.
 
Lo que más le interesaba a la mayoría de los medios de comunicación era si Felipe VI mencionaría a su padre de manera directa. Los enemigos de España, comunistas y separatistas, deseaban que el rey actual atacase a su padre y, de paso, anunciara su propia abdicación para dar paso a la tercera república. Por pedir, que no quede. Los sesudos editores y tertulianos que marcan parte de la agenda política esperaban que el actual monarca marcase algún tipo de distancia con su antecesor para dar un poco de oxígeno a la desgastada institución monárquica. Pero ni lo uno ni lo otro estaban en el guión.
 
Resulta muy curioso y absolutamente revelador que Felipe VI hablase en Nochebuena de unos supuestos principios morales y éticos que nos obligan a todos, cuando en realidad esta democracia nuestra, la Constitución del 78 y todo el régimen progre-liberal se caracterizan exactamente por lo contrario: por la ausencia total de normas morales y éticas. En la España donde reina Su Majestad Felipe VI no hay más norma que el relativismo moral, no hay otra regla que el hacer cada uno lo que le place, y no nay principio que no empiece y termine en el ombligo de cada uno. Y así nos va como nos va. Así le va igualmente a la monarquía como le va desde hace bastante tiempo.
 
La ley natural y la moral objetiva, que son la raíz y el fundamento de los principios a los que se refirió el rey, hace muchas décadas que nos dejaron, desgraciadamente, en concreto desde los albores de la Transición. Y ha sido precisamente eso, un limbo moral verdaderamente caótico y ruinoso, lo que ha convertido una nación y un pueblo históricamente admirables en un solar con un edificio en proceso de permanente demolición. En un frenopático donde unos y otros hacen la guerra entre ellos, dejando para el pueblo sólo ruina, miseria y desesperanza. Eso es lo que tenemos, majestad, precisamente por no tener patrones morales mínimamente decentes.
 
Naturalmente, como el discurso se cocina a medio camino entre el Palacio de la Moncloa y el de la Zarzuela, no podía haber ni la más mínima referencia religiosa, ni siquiera como señal de respeto a los millones de cristianos españoles que iban a escucharlo. En la Nochebuena española, ya es imposible escuchar al rey simplemente recordando que la Navidad no es otra cosa que la celebración del nacimiento de nuestro Salvador. Se ve que es un precio demasiado caro para la siempre católica monarquía española.
 
En resumen, al frío normal del invierno, al frío mortal de una pandemia que se ha llevado ya a más de 70.000 compatriotas y que sigue causando estragos en toda España, se sumó el jueves ese otro frío al que ya estamos también acostumbrados. El frío del corazón. La calculada frialdad de una burocracia tan exquisitamente democrática como vacía de toda referencia moral y ética. Por eso, señor, no se preocupe lo más mínimo. Su padre cumplió de sobra las exigencias éticas y morales de la España actual. Las cumplió porque sencillamente no hay ninguna.