El presente es como el melancólico final de una tragedia de Sófocles, impregnado de la sensación de que no va a quedar vivo ni el apuntador. El mundo que conocíamos toca a su fin en cuanto a pesar de nuestra incapacidad instintiva para aceptar la mortalidad las circunstancias ambientales nos devuelven la certeza de la muerte, la moral de la clase política se desmorona por el principio de la realidad y la ética de los distintos marxismos sociales los revela como lo que son: Un narcótico para saciar insatisfacciones personales mientras aniquila la demografía.

Mientras el virus continua segando vidas también genera defensas contra la propaganda relativista demostrando que el fin de la vida es la vida en si misma –la procreación– o vivir hasta dejar de hacerlo, y la felicidad se revela luminosa como el sol del alba: vivir para amar y ser amado, para reconocer y dar la vida.

Así los “tradicionalistas” –transmisores de lo anterior– a los que los domesticados por el poder apodan conservadores, de extrema derecha, fascistas o incluso parásitos en la tribuna del congreso se evidencian como necesarios no solo para la preservación de cualquier mínimo atisbo de lo verdadero si no de la propia subsistencia de la especie.

La moral es relativa aunque parte como todas las cosas de la realidad de un absoluto, en este caso de que el ser humano –salvo los casos de psicopatía– es un ser ético, se da cuenta de que es más cómodo colaborar con el resto de individuos que enfrentarse a ellos para lograr sus propios fines, y es a través de esta herramienta –la moral– que ordena la conducta suprimiendo los instintos, a cambio del bienestar.

Desde el final de la segunda guerra mundial hasta el presente occidente ha experimentado una progresiva decadencia de su moral, que se demuestra no porque la presente tenga valores distintos que la anterior si no porque la primera ha conducido a una crisis demográfica, política, institucional, financiera y psicológica que es imposible negar a poco que uno disponga de facultades para discernir sobre la realidad.

La ética marxista fingiendo al ser humano como intrínsecamente “bueno” niega su realidad, su naturaleza, lo materializa y lo despoja de su atributo más complejo: la spiké – del griego antiguo alma–. Este es un bárbaro error que solo conduce a la misma barbarie social, a la regresión, es decir a su estado original –la no cultura– y por tanto la incapacidad para lograr los fines sociales: la felicidad de sus contratantes.

Bajo tales circunstancias y siendo ya indefendible un sistema que arroja nefastos resultados experimentales, todavía hay quien abstinente de saciar los impulsos primitivos que propone su tóxica ideología se aferre a tales “sustancias”, sin embargo, la obsolescencia del sistema se percibe en el intelecto de la persona que lo posee, y las masas poco tardaran en rechazar herramientas que no les son inútiles para cumplir sus objetivos. Cuando un pueblo se reconcilia con la verdad el marxismo muere, la decadencia termina y la metafísica resurge.