“No es digno de saborear la miel aquel que se aleja de la colmena por miedo a las abejas” William Shakespeare

“Aquellos que renunciarían a la Libertad esencial para adquirir un poco de seguridad temporal, no merecen ni Libertad ni seguridad” Benjamín Franklin

“El hombre moderno está hambriento de vida. Pero puesto que siendo un autómata no puede experimentar la vida como actividad espontánea, acepta como sucedáneo cualquier cosa que pueda causar excitación o estremecimiento: bebidas, deporte o la identificación con la vida ilusoria de los personajes ficticios de la pantalla” Este párrafo pertenece a la obra “El miedo a la libertad” un libro publicado en 1941 por el psicólogo y psicoanalista Erich Fromm en el que analiza como los individuos han ido perdiendo libertad a cambio de seguridad. Como se han ido estandarizando en las sociedades modernas a fin de “evadirse” de la libertad. Según Fromm, “el individuo se enfrenta a la disyuntiva de vivir plenamente su vida a través de la espontaneidad en el amor y en el trabajo creador o bien buscar alguna forma de seguridad”. Esta búsqueda de seguridad le hace acudir a “vínculos tales que destruirán su libertad y la integridad de su yo individual”. En esa búsqueda de seguridad el individuo deja de ser él mismo; adoptando las pautas culturales y de comportamiento que la sociedad establece como “normales” que le transforma en un “ser igual a todo el mundo y como todo el mundo espera que él sea”. Pierde su libertad, pero ya no se siente agobiado por la angustia y la incertidumbre inherentes a la libertad creadora; “es un autómata idéntico a los millones de autómatas que lo rodean”. “No le importa pagar un precio muy alto: la pérdida de su personalidad”

Esta pérdida de libertad en aras de una seguridad perruna, se han acrecentado en los últimos años del siglo XX y en lo que llevamos del XXI. Y los Estados, los gobiernos, las empresas lo saben y aceleran las medidas para “mejorar nuestras vidas”, medidas orientadas exclusivamente a hacernos pasar por las horcas caudinas del totalitarismo, al que nos hacen ver como la solución a todos nuestros problemas. Y cuando digo totalitarismo, me refiero a ese totalitarismo disfrazado de democracia que, amparado en su legitimidad derivada del resultado de las urnas, nos ahoga con leyes, códigos y normas que nos limitan nuestra libertad, cuando no la eliminan. Jamás en la historia de la humanidad hubo tantas leyes coercitivas amparadas en la democracia y jamás hubo una sociedad más inclinada a vender su libertad creadora a cambio de una seguridad castradora.  A esto hay que añadir la búsqueda de una comodidad en todo lo relacionada con la vida que le evite pensar y hacer; incluso abrir una simple puerta y ya hay miles de personas que se han implantado un chip que abre la puerta de su casa, de su coche, de su garaje con solo acercarlo a cierta distancia de ellas, sin ni siquiera reflexionar sobre la falta de privacidad que con ese chip va a sufrir, ni de la amenaza de almacenar y llevar contigo todos sus datos vitales, familiares, médicos, biológicos, profesionales; tus aficiones, tus vicios…a los que podrán tener acceso empresas y Estados para, al conocer todo lo relacionado con tu vida, manejarte con más comodidad, pastorearte, manipularte y conducirte con el único objetivo de hacer de ti “un ciudadano ejemplar” despojándote de tu yo individual, para entrar a formar parte del rebaño.

Termino con unos párrafos de la obra de Fromm: “La persona que se despoja de su yo individual y se transforma en un autómata, idéntico a los millones de otros autómatas que lo circundan, ya no se siente solo y angustiado. Sin embargo el precio que paga por ello es muy alto: nada menos que la pérdida de su personalidad”.