Corría el año 525 cuando el papa Juan I encomendó al monje y erudito matemático Fionisio el Exiguo (470-544) la misión de sustituir el cómputo de los años según la Era Diocleciana por la Era Cristiana, fijando como año cero el Anno Domini», es decir, el año del nacimiento de Jesús.

Después de efectuar sus cálculos, Dionisio estableció el Anno Domini en el año 753 a. u. c. (ab urbe condita) desde la fundación de la ciudad de Roma, la fecha de referencia. Sin embargo, este cálculo es errado, porque el monje se equivocó en unos años al datar el reinado y muerte de Herodes el Grande.

Las fuentes más fidedignas sobre el reinado de Herodes se encuentran en la obra «Antigüedades Judías», de Flavio Josefo (37-101), concretamente en los libros XV al XVII, y especialmente en el Libro 17, capítulos 6-8, de los cuales se pueden extraer los datos precisos para fechar la muerte de Herodes.

La clave es investigar sobre el eclipse de Luna que sucedió poco antes de la muerte de Herodes, ya que éste se desarrolló en la noche siguiente a la ejecución de Mathias, un rebelde que murió en la hoguera. Este fenómeno fue avistado desde Jericó, y mediante cálculos astronómicos se ha confirmado que los únicos eclipses visibles desde esta localidad entre los años 9 y 2 a.C. fueron los siguientes:

 

De entre estos eclipses, el único que encaja en los hechos históricos es el último, ya que Josefo afirma que el eclipse lunar sucedió poco antes de la Pascua judía de ese año, que tuvo lugar el 11 de abril para el año 4, mientras que la del año 5 se desarrolló el 20 de abril, más de un mes lunar después del eclipse del mismo año. Por este motivo, el eclipse del 13 de marzo del año 4 es el que parece fechar la muerte del Rey judío, que fallecería entre finales de  marzo y principios de abril del año 4.

Si además tenemos en cuenta que Herodes mandó asesinar a los niños de Belén menores de dos años, esto sitúa la fecha de nacimiento de Jesús en el año 6 a.C., fecha admitida ya por unanimidad como la más fiable, con lo cual Dionisio falló su cálculo por 6 años.

Junto a esto, otra cuestión sometida a polémica es el día exacto de su nacimiento, dentro de ese año 6 a.C. Lo que resulta meridianamente claro es que no pudo ser el 25 de diciembre, ya que en esas fechas el tiempo es bastante frío en Jerusalén, lo cual está en contradicción con el episodio de los pastores durmiendo al raso, por lo cual tuvo que ser en otra época más cálida, posiblemente en verano.

En este sentido, es un hecho sobradamente conocido que la fiesta de la Navidad fue una estrategia de la Iglesia para cristianizar la fiesta pagana del solsticio de invierno, típica de los cultos agrarios que celebraban el fin del progresivo oscurecimiento de los días y el regreso de la luz, expresado como Sol Invictus.

Esta conmemoración recibía el nombre de Saturnales, ya que Saturno era el dios de la agricultura y las cosechas, fiesta que se celebraba durante una semana, del 17 al 23 de diciembre, una vez finalizaba la siembra en los campos.

El protocolo seguido en esta fiesta era muy semejante al que seguimos actualmente en la Navidad, ya que se decoraban con plantas las casas, se intercambiaban regalos, y se encendían velas para celebrar el regreso de la luz.

Y el regreso de la luz encarnada en Cristo es el significado más profundo de la Navidad, y por eso se escogieron estas fechas para conmemorar su venida al mundo, cuya luz ha sido oscurecida por Santa Claus, tan rojo él, tan protestante, tan nórdico, que ha desplazado al Niño Jesús en una operación más de ingeniería social de quienes ustedes ya saben: renos en vez de camellos, ho-ho-ho en lugar del llanto de un niño recién nacido, nieve en vez de la arena del desierto, regalos con lacitos de pitiminí en lugar de requesón manteca y vino, basura rapeada en vez de villancicos, centros comerciales en vez de Belén… Y es que, como saben, Laponia empieza en los Pirineos…