Ella tiene un pedigrí de copla de Despeñaperros, hija de una flamenca de tronío y de un boxeador. Por lo demás, nada; sin oficio conocido, ha encontrado siempre abundante beneficio vendiendo ropa sucia en los platós de TV. Él fue guardia civil hasta que en el Bénemerito Instituto se dieron cuenta de que le habían puesto el tricornio a un chorizo que se quedaba con el dinero de las multas. Cinco minutos antes de que le expulsaran con deshonor, colgó el tricornio en la garita de entrada a la Casa-Cuartel y se dio el piro. Se fue sin despedirse, no fuera a ser que en el adiós protocolario le echaran el guante reglamentario.

Ella le esperaba. Enamorada le guardaba ausencias y como el amor idiotiza, tanto en la adolescencia como en la madurez (he ahí a Enrique Ponce haciendo el paseíllo del ridículo con una Lolita más joven que sus hijas), se comió, como un dogma de fe, la versión del botín de las multas que él le contó entre apretones y calentones, entre besos y jadeos...¡qué bonito es el amor!

La flamenca de tronío y el boxeador torcían el morro viendo que la nena, sin oficio y sin más beneficio que el patrimonio adjunto a sus apellidos, iba a convertirse en el botín del picoleto huído a uña de caballo antes de que le alcanzara la mano implacable del Duque de Ahumada. ¡Menudo chollo!, de sisar la calderilla de las multas para complementar el sueldo a estar en la nómina de la suegra, más las pagas extraordinarias de la prensa de bidé y bragueta.

Se casaron. La boda fue como lo hubiera sido la de Luis Candelas con la del quicio de la mancebía, con los caballos amarraos en el pórtico de la iglesia, los flamencos amontonaos en la parroquia, peinetas, mantillas, guitarras y castañuelas. En fin, que no faltó de na. Bueno, sí, faltó Berlanga haciendo la chirigota detrás de la cámara. ¡Una lástima!

La boda fue un espectáculo de charanga y pandereta de los que hacían las delicias de los cronistas decimonónicos ingleses, gracias a los cuales los guiris que vienen a España a hacer botellón y balconin, siguen creyendo que las españolas llevan la navaja en la liga y que sus machos alfa son todos bandoleros de Sierra Morena y toreros cuando la primavera abre los tendidos del albero.

La boda fue un espectáculo. La ruptura, la separación y el divorcio, también. En un país de porteras estos acontecimientos tienen más importacia que la ruputura de la Nación. Nos preocupa más la ropa sucia del picoleto y Rociíto que el que le quiten la calle a Churruca por franquista. Para que el negocio no decaiga y el botín no mengüe hay que animar los tendidos, en los que el respetable empezaba a bostezar con la reiteración de los esputos de Paquirrín sobre su mamá.

Dicho y hecho. Sacamos a Rociíto de su dolce far niente y la exhibimos, entre lágrimas y mocos de atrezo, en el plató de ese programa de “rojos y de maricones”, tal y como  Jorge Javier Vázquez definió, con brillante precisión conceptual, la pocilga televisiva que dirige y presenta. Ropa sucia tendida al sol de la audiencia, las porteras del patio de corrala llorando en los sofás, los políticos (todos, desde Podemos a VOX) sumándose al coro de plañideras y haciendo de los mocos de Rociíto la vaselina de sus consignas. Todo un éxito: más audiencia que una final de Champions, profundo debate social sobre cual de los dos zánganos en liza en más malo, la llorona o el picoleto, Jorge Javier Vázquez más contento que una modistilla del brazo de Brad Pitt, Mediaset (tu cloaca amiga) haciendo caja y Rociíto que se va a su casa con dos millones de euros en la buchaca y creyéndose la Juana de Arco de las mujeres maltratadas. Continuará. Sí, continuará, porque en estepaís hay más gilipollas que aceitunas.