No sé por qué asociación de ideas, en mi subconsciente subjetivo freudiano cada vez que se dice la palabra “normalización” en boca de totalitarios de izquierdas o de derechas ultra-nacionalistas me entra un escalofrío a lo largo de la espalda y tengo pesadillas nocturnas. La maldita palabra me rememora conceptos como Nueva Normalidad, Nuevo Orden Mundial, o “solución final”.

 

            Dice Wikipedia que “normalización” es análogo a   estandarización, lo cual, en procesos sociológicos es convertirnos en clones, en zombis, en masa. Liquidar nuestra individualidad, hacernos ser piezas de un puzle de quienes diseñan nuestro comportamiento desde institutos como Tavistock, que establece qué es lo que debemos pensar, cómo debemos vivir, y cómo debemos conducirnos en la vida, sin ningún pábulo para el libre albedrío personal.  Lo que el inspirador ideológico, falsamente científico, Skinner parafraseó con aquella frase que afirmaba que el ser humano es como una rata, a la que se le puede condicionar su conducta, pues como individuo carece de dignidad y puede adquirir una forma de pensar a troquel, siguiendo unos parámetros que puedan ser definidos desde los diseñadores del comportamiento. Eso entusiasmó al Club de Roma, lugar donde se citaban personajes que se ponían por encima de las soberanías nacionales y de los humanos corrientes y molientes, para el diseño de ese modelo de humanoide perfecto que sirviera para los planes de los amos del mundo. Nadie eligió a esta gente para determinar el futuro colectivo del mundo. Nos retiraron nuestro derecho de accionistas de esta sociedad mundial. Tampoco nadie de la gente corriente y moliente hemos elegido al Foro Davos y a quienes manejan sus hilos desde las bambalinas criminales.

 

            Otra acepción de “normalización” es la de un proceso por el cual se regulan las actividades de los sectores tanto privado como público en materia de salud, medio ambiente en general, seguridad al usuario, información comercial, así como prácticas de comercio, industrial y laboral. A través de este proceso se establece la terminología, clasificación, directrices, especificaciones, atributos, características, y los métodos de prueba o las prescripciones aplicables a un producto, proceso o servicio.

            Y bueno, si esa semántica se aplicara a lo que se define ni tan mal. Lo malo es que se traslada a nuestra forma de vida, sin respeto alguno a lo que se debiera considerar libertad, derechos individuales y carta de ciudadanía. Ambos tres conceptos que dignifican a la persona son dilapidados por los nuevos tiranos, estas dictaduras distópicas disfrazadas de democracias, Cuando se intenta normalizar la anormalidad, se convierte en anormal la normalización, y los atropellos a las personas están servidos.

            Es un oxímoron inaceptable. No se puede normalizar descoyuntando lo normal, es decir socavando la evolución natural de las cosas. Todo tiene un principio y un fin, y entre medio un desarrollo. Nada fluye de la nada. Hay algo previo que da paso a lo consecuente. Si se quiere normalizar, por ejemplo, un sistema nuevo que arrasa lo precedente eso no es normalización porque da fin a lo normal que es lo que antecede.

Tal es el caso de aplicar una lengua no preexistente en una sociedad que de forma natural ha asumido como propia otra cualquiera. Ejemplo: en partes extensas de las Vascongadas se habla la lengua de la Hispanidad desde que surgió en una parte de su territorio (Valpuesta), y la otra, la oficial pero no normal, es decir el euskera, se sobrepone a la normal y se normatiza para su aplicación universal, se acepte o no, vulnerando la propia Norma, es decir la Ley de Normalización del Uso del Euskera. Eso sí, con la plácida colaboración de tirios y troyanos, de jueces y gobiernos de cualquier signo o cariz, sea normalizado o anormalizado.

            Por ejemplo. Una lengua como el español, mal llamado castellano pues no es la lengua de Castilla sino del conjunto de la Hispanidad (600 millones de hablantes) es desplazada por otra lengua minoritaria en Cataluña, que es el catalán, haciendo de lo anormal normal, impidiendo en la práctica oficial el uso de una lengua protegida por la Constitución (artículo 3).

 

            Pero donde ya se ha llegado al sumun de la anormalidad normalizada, es  en la materia de los indultos a los sedicentes sentenciados y condenados de forma, por cierto, bastante benévola por el Tribunal Supremo.

Para llegar a una supuesta “normalidad” en las relaciones entre las partes, los que delinquen tienen la condición de parte privilegiada a la que se concede favores para llegar a un entendimiento. Imaginemos que un atracador llega a la puerta del banco enmascarado y con una pistola en ristre. Usted, ciudadano responsable, lo ve y llama a la policía. Llega una dotación y le pide a usted que negocie con el banco para que le proporcione al atracador un buen fajo de billetes de curso legal y así evitar el tiroteo, pues el objetivo es normalizar la situación y hacer que el atracador se sienta bien atendido para que se porte bien en el uso de la pistola. Es decir, normalizar lo anormal que es atracar. Bueno, anormal por ahora, pues visto lo rentable que es atracar bancos de esta manera lo que es excepcional se convertiría en normal. Así logramos la normalización del atraco.

 

            A esta nueva filosofía de la existencia política ha llegado la CEOE de forma pragmática. Su presidente pide que se normalice el chantaje. De eso cierta clase empresarial, que acostumbraba a mimar a los comandos etarras con sabrosas consignaciones llamadas “impuesto revolucionario” sabe mucho. Era normalizar las relaciones institucionales. Considerando a ETA una institución con la que había que tener buen trato. Por eso duró tanto la banda armada, y también por eso va a durar mucho el chantaje nacionalista, la descomposición de España y su balcanización progresiva. Gracias a los normalizadores de anormalidades. Pero los de la   CEOE saben que a mal dadas pueden deslocalizar las empresas a China. Y por eso China va como un tiro en la economía. Esto es lo que tenemos y disfrutamos. Sigamos el festejo.

            Respecto a la jerarquía eclesiástica voy a mantener un respetuoso silencio. Yo me considero cristiano y buen católico, aunque practico poco los ritos pues hace mucho quedé absolutamente desengañado. Esa jerarquía es maestra en normalizaciones.