Recomendaba Azorín, en su libro sobre “El político” que, “no dé el político en la candidez de creer en la famosa distinción entre el derecho y la fuerza. No hay más que una cosa: la fuerza. Lo que es fuerte, es lo que es de derecho. La fuerza hincha y llena cosas e ideas; estas cosas e ideas, mientras están animadas de esta poderosa y misteriosa vitalidad, son las que dominan”. Sepa Santiago Abascal que la moción de censura, tan necesaria, como urgente, debe recorrer, en toda su extensión, la piel de toro hispana, inundando todo de la fuerza de un ideal transformador desde el hemiciclo de la soberanía nacional, con la convicción de los jóvenes apologetas de un Orden Nuevo. Señalar ese orden y sentar sus bases sería lo prioritario.

También sostenía que al hombre de mérito “se le estima tanto más cuanto menos podemos apreciar los detalles pequeños, inevitables, que les asemejan a los hombres vulgares”. Por eso aconsejaba no prodigarse; vivir recogido; no estar todo el día por la calle, de paseo, ni en los espectáculos públicos. Una moción de censura no se plantea porque se gane o se pierda, sino porque todos perderíamos, de no plantearse; y tal vez, se haga crónico el mal y no tenga remedio. El problema no lo tiene quien plantea la moción y lo justifica, sin importarle la actual geometría parlamentaria, por muy variable que parezca; sino de quienes no se suman a ella y permanecen encadenados a la voladura del Estado y la pobreza del pueblo. Ello requiere la valentía de explicárselo al pueblo, desde la tribuna del pueblo, denunciando a toda una oclocracia política que lleva viviendo del pueblo, pero sin el pueblo, tantos años.

En el Eclesiastés esta escrito: “Todo tiene su momento, bajo el cielo. Hay un tiempo de nacer y un tiempo de morir, un tiempo de abrazarse y un tiempo de separarse…”. Y este tiempo ha llegado, entre una España que duerme la anestesia y otra España que despierta de la siesta; entre la estulticia del poder carcomido por la mentira y la libertad desnuda del que engendra; entre el hedor de un sistema ahíto de corrupción y la verdad del que espera anhelante un mañana distinto. Todavía hay quien sueña el futuro con su esfuerzo y se presta a construirlo, por que en su alma late la sangre derramada en mil batallas. Aún hay quien mira a su alrededor y no ve más compañía de conveniencia que su soledad. Existe quien no tiene más espejo que el sufrimiento seco de una vida truncada por decreto. ¡Todos esperan esa moción purificadora

El resultado importa cuando se está acostumbrado a la molicie del éxito fácil. Así no se construyó nunca nada. Así, ni Cristóbal Colon hubiera descubierto América, ni Isabel la Católica habría sufragado los gastos y dirigido la empresa evangelizadora. Tampoco se habría sublevado el pueblo español, con Franco a la cabeza, cuando Stalin, a través de Largo Caballero y Negrín, se aprestaba a imponer el comunismo en España. Un líder, un movimiento político vertebrador y alternativo, sabe con claridad meridiana cuando debe lanzar una “enmienda a la totalidad”. Y aquí y ahora, es preciso una moción de censura al sistema, pues no da más de sí esta falsaria democracia y corrupto sistema. Los dos partidos hegemónicos, turnantes durante cuarenta años en el poder, son los responsables de tener un Estado dividido, queriendo destruir la Nación y empobreciendo gravemente al pueblo. 

Esa imprescindible enmienda a la totalidad, viene avalada por cuarenta años de institucionalización de la corrupción; desmontaje y venta de saldo del tejido industrial español; conversión en proletarios de quienes eran propietarios autónomos con recursos y esfuerzo propio; abandono de la libertad, la igualdad y el pluralismo político por el control de los medios de comunicación, la discriminación lingüística y las leyes de ingeniería social (adoctrinamiento) de violencia de género y memoria histórica o democrática; ruptura de la división de poderes y control político de la elección y promoción de los jueces, lo que anula su independencia. Estos males, ya crónicos, hacen que el sistema resulte insostenible y urja regenerarlo. Así lo percibe ya el pueblo, aún no convertido en masa borreguil o adoctrinada, y espera quien le aporte soluciones convincentes. 

El actual sistema caciquil, autonomista, desigual y disolvente es el problema. El régimen seudo-parlamentario de partidos/partidas, estanco de paniaguados del pesebre presupuestario, es un estorbo y ha coadyuvado activamente al desastre. La actual epidemia sanitaria lo ratifica. La constitución del Estado español ha vuelto a ser, en sustantivo, una oligarquía política, con estructura clientelar y mercado intervenido. La escenificación del mundo financiero del Ibex, acudiendo al llamado del Flautista de Hamelín, evidencia el grado de endogamia que ha generado el poder del BOE.

La moción debía acompañarse de un “Programa de política nacional”, radicalmente transformador, rotundamente distinto, esencialmente liberador de cuanto nos ha subsidiado, dividido y empobrecido. En lo sustantivo, el programa debería indicar la redistribución del Estado, tanto en su aspecto territorial, como en el económico, social y pedagógico.  La moción debería presentarse como sumarísima y ajena al doctrinarismo partidista. La política quirúrgica nada tiene que ver con cualquier autoritarismo y es compatible con el régimen parlamentario.

Urge y debe presentarse un posible estadista, bajo formas imaginativas de un Gobierno elegido por el Parlamento, independiente de la actual partidocracia; hoy imposible, con la actual estructura obsoleta y cerrada del poder. Pero sólo así, estimo, podríamos salir de una crisis nacional, social, política y económica, sin precedentes. Con el PIB en caída libre histórica (más del 15%). Un paro desbocado hacía el 24% de la población activa. Un déficit presupuestario inasumible del 14%. Una deuda pública sin control por encima del 130%. Mas de un millón de autónomos que entran en una situación crítica. Una recuperación imposible con estas políticas y estos gestores, incapaces de asumir sus responsabilidades por una epidemia que, en una primera oleada, se ha cobrado más de 50.000 muertos.

La moción de censura ha de ser el despertador del pueblo; la esperanza de un futuro posible; la fe del carbonero que escupe su suerte contra el suelo, sin entender cómo ha podido llegar el actual despropósito moral, político, social y económico; la justicia del que anhela un estado superior de la condición humana. En definitiva: El director de orquesta; el magistrado de carrera; el general en jefe, que manda parar y corregir el rumbo, reordenar los papeles, y afinar la orquesta. Para todo ello, no hace falta de cálculos electorales o geometrías variables. Basta con tener conciencia de la misión histórica con la que has accedido a la política y la rapidez con que te ha implantado el pueblo, en la más absoluta adversidad.

Nada es irreversible, excepto la muerte. La más grave enfermedad política, que antecede a la muerte, consiste en no defender principios; en olvidarse de las promesas electorales; en incumplir el programa por el que recibieron el voto; el perderse en luchas intestinas; el servirse del cargo y no servir como eficiente administrador al bien común; y el no respetar las leyes que emanan de la Constitución, atacándolas, subvirtiéndolas o pervirtiéndolas, en lugar de modificarla por los procedimientos establecidos al respecto. De ello debería huir VOX, como letal epidemia política. La Moción de Censura es el mejor y más eficaz instrumento para que los españoles evalúen el sistema y a cada uno de los actores políticos que durante cuarenta años vienen usando y abusando de nuestra paciencia.