De entre todos los príncipes de la escoria que han convertido los platós en un vertedero de telebasura, Jorge Javier Vázquez es, por los muchos méritos que le adornan, el emperador de todos ellos. Es como el eunuco jefe del Harén de la Sublime Puerta, el guardián de los secretos de bragueta y alcoba, de esfínter y de bidé de todo aquél que pretende hacer carrera en Sodoma. Al precio que sea, que es siempre el más rentable a la hora de dar, también en el momento de tomar, pero el más caro a la hora de retomar la libertad y la dignidad perdidas en las sentinas en las que gobierna Jorge Javier Vázquez, con su pericia de alfarero para convertir a un donnadie en mierda y con su alquimia de druida para mudar la mierda en oro.

Se mueve por el plató con la fluidez de las venéreas en la entrepierna de Chueca, habla con la facundia de las cotorras argentinas, cuyas plumas adornan el follaje madrileño y algún escaño del Congreso de los Diputados, y gesticula como una madame ajada de burdel portuario, de esos que huelen a sudor rancio, a semen enfermo y a zotal. Se gana el sueldo y las propinas, José Javier Vázquez, con su jeta de acemilero siciliano emigrado a la FIAT de Milán ¡Por Zerolo que se lo gana! Su éxito profesional es la evidencia de la decadencia, de la claustrofóbica portería de patio de corrala en que ha devenido España y de la moral de las ladillas, que son los insectos heráldicos de un pueblo sin leones y sin águilas.

Pero cuando Jorge Javier alcanza todo sus esplendor y despliega sus plumas de vedette mal afeitada, mal depilada y peor maquillada, cuando se pone como un adolescente de los que le piden una vagina al Ratoncito Pérez y a los Reyes Magos viendo a Brad Pitt en “Leyendas de Pasión”, o como el madurito deprimido de “Muerte en Venecia” contemplando a Tadzio, el efébico Apolo que le encelaba hasta la zambomba del onanismo, es cuando escupe su sopa de veneno y hiel contra la derecha, contra VOX y contra el franquismo.

En ese momento estelar es cuando Jorge Javier Vázquez llega al clímax y alcanza los orgasmos demócraticos que su llorado Zerolo sólo experimentaba cuando Zapatero susurraba las gilipolleces que le hicieron célebre. Tristemente célebre.

¡Qué momentazo! ése en el que Jorge Javier Vázquez ante una leve, tibia, timorata, evanescente y colateral referencia a VOX de unos de sus contertulios, imposta una ira viril, una masculina cólera, como la de Aquiles ante el cadáver de Patroclo, y eructa: “Basta ya, este es un programa de rojos y maricones”. Frase por la que nunca le estaremos suficientemente agradecidos, pues pone de manifiesto lo que ya sabíamos todos pero que no podíamos decir ni escribir ninguno, para no caer en las garras de Marlaska ni en las mazmorras de la Stasi de la LGTBI.

Sólo un apunte conceptual, Jorge Javier: se puede ser rojo, claro. Después de aquella imbecilidad universal, liderada por el proclamado pederesta Dani el Rojo, que se dio en llamar Mayo del 68, se puede ser rojo y maricón, lo cual es un oxímoron equivalente a ser comunista y demócrata, o judio y nazi; pero ya se sabe que cuando la estupidez adquiere patente de Revolución Cultural, todo es posible. Ahora bien, ser rojo, maricón y tonto (del culo, por supuesto) es como para que a uno le den un programa estelar en la tele. Y no miro a nadie, Jorge Javier.