Indudablemente no es bueno que caminemos por la vida como ovejas sin pastor, ahora bien, siempre y cuando ese guía que nos conduzca sea un buen Pastor. Al mejor que hubo, Jesucristo, le crucificamos, dando su vida por sus ovejas, pero para los cristianos sigue siendo nuestro ejemplo, faro y referente, pues Él, sabemos que no llevará por el sendero justo hacia fuentes tranquilas y verdes praderas.

  Ahora bien, es preferible caminar como oveja sin pastor que tras uno malo que conduce a su rebaño al matadero. Porque en este caso, ese mal pastor, ese pésimo gobernante, puede causar más daño que el propio lobo del que, en teoría, habría de protegerlo; puesto que el cazador suele matar por hambre, y sólo a las ovejas que se come; mas el primero, al final, acaba con todo el ganado manso.

  Siguiendo con el ejemplo fabulado, tenemos actualmente en España un gobierno que se ha aliado con los lobos que, en principio, pretenden destruirla, pero no del todo porque saben que no es rentable acabar con el filón del que se aprovechan y alimentan. Un gobierno, que parece empeñado en conducir a todos los españoles hacia un precipicio del que no se podrá salir. Y lo malo es que un pueblo que ha sido la envidia de otras naciones, por ser siempre altanero y orgulloso, ha bajado la cerviz y se deja llevar como eso, un rebaño sometido y miserable.

  Se preguntará el lector que como ha sido posible esa metamorfosis en tan poco espacio de tiempo, y la respuesta es sencilla, se ha trabajado mucho en hacer de ese pueblo, una masa informe de corderos que guardan silencio, porque se les ha reducido su capacidad de crítica y de rebelión, bien porque muchos  se han dado cuenta que es más cómodo comer del pesebre que ese mal pastor pone a su alcance, siendo estómagos agradecidos, o bien porque tras muchos malos gobiernos, tras el paso de muchos malos pastores, a ese pueblo, que otrora se calificara como de ínclitas razas ubérrimas, se le ha reducido su cerebro, su capacidad neuronal, de respuesta y reacción ante las injusticias y las agresiones reiteradas a sus derechos y libertades. En el Amazonas, la tribu de los jíbaros tenía por costumbre, cortar la cabeza de sus enemigos y reducirlas para exhibirlas en una actitud fetichista. Igualmente, en España, y también en gran parte de nuestra Civilización Occidental, existe la intención de reducir los cerebros, vaciándolos de inteligencia, de toda la población, reducida a la condición de súbditos de una nueva normalidad globalista.

  Ciertamente el deterioro del sistema educativo no ha sido una negligencia sino un fin en sí mismo, puesto que un pueblo formado y preparado culturalmente no se deja arrastrar, así como así a su perdición y destrucción. Los medios de comunicación, al servicio de los malos pastores, han tenido también gran parte de responsabilidad en esa tendencia hacia el aborregamiento.

Por otro lado, ese decadencia pedagógica y cultural, ha generado una legión de brigadistas y conjurados fanáticos que no son capaces de hacer objeción alguna, ni de hacerse planteamientos contrarios a los que les imponen los dogmas de una extrema izquierda sectaria, tóxica y destructiva. Vaciaron sus cerebros. Porque esos son los peores pastores que puede tener un pueblo, que antes se ha dejado convertir en dócil rebaño. Unos falsos pastores que necesitan de una jauría de perros para que el ganado viva temeroso ante quienes lo custodian y de los lobos que se han aliado con ellos.

 Y en ese silencio de los corderos, los hombres buenos callan y su silencio se hace atronador y alcanzará a las generaciones futuras. Porque hoy en día, la cuestión es sobrevivir y encajar los golpes. La ruina de las economías domésticas, el adoctrinamiento, la perversión moral, la traición a la Patria poniendo en grave riesgo su integridad y a la verdadera memoria de su gloriosa Historia, la pérdida de valores, la  desintegración del Estado de Derecho anteponiendo perspectivas ideológicas al principio de legalidad… todo, en gran medida ha sido propiciado por el miedo y la histeria colectiva por una crisis sanitaria que se ha utilizado magistralmente para justificar el silencio, embozando bocas y mentes ya reducidas.

  Y ahora, lo que toca es seguir callando, pagando la subida de la luz con resignación, y ver las Olimpiadas, que también serán las del silencio, en un mundo condenado a sufrir una pena de alejamiento, impuesta a una Humanidad sólo unida por el vacío de las mentes.