El Estado es el nuevo Dios. Hace más de un siglo que el comunismo se ha encargado de este asunto, y lo ha hecho muy, pero que muy bien. Las almendras del populacho suelen pensar que esto es de toda la vida, pero qué va. Para no remontarme demasiado, citaré al medievo, esa falsa época oscura que nos han vendido, y al señor feudal como ese “Estado” que sometía a toda la peña y guerreaba con otros señores feudales, cargos nobiliarios y reinos, al uso, y por supuesto, al abuso, como mi querida muñeca madrileña de porcelana: Isabel Díaz. Bien… El pueblo de entonces (llámalo campesinado, plebeyos y etc.) no ignoraba su condición de víctima y expoliado, pero no le quedaba otra que tragar, salvo esporádicas apariciones tipo “Robin Hood” y revueltas contra el expoliador feudal de turno, que derivaban en un cambio de nombre, no de la sempiterna dicotomía entre víctima y victimario; sometidos y sometedores. ¡Qué nos lo digan a los hispanos con la invasión mora y la reconquista! ¡o con la invasión gabacha! ¡o con el Frente Popular y el 18 de julio!

Desde el golpe de Estado bolchevique de octubre del 17, perdón, de 1917… ya somos demasiado mayores y hemos pasado el 2017… este fue el pistoletazo de salida para que la superchería que todo misticismo laico soporta (ya no es oxímoron, sino tautología; telita la época que nos ha tocado vivir) se instalara en todo el orbe. El mínimo consuelo que nos queda a los ácratas, enemigos acérrimos de los liberticidas, es saber que los padres de la criatura, de este demonio rojo policéfalo, murieron décadas antes de ver su sueño (nuestra pesadilla) hecha realidad y echada a horcajadas sobre el planeta Tierra (¡a mí los marcianos!). Karl Marx y Friedrich Engels, os sigo odiando y, como no creo en la reencarnación, sé que seguís sin conocer vuestro colosal triunfo. El caso es que el pueblo es ahora el que compra su cadena y se encadena y golpea con el fierro férreamente a sus semejantes (el que me haya leído sabe que soy un adorador de la cacofonía. La mayoría adora a Satán… pues yo, a otras cosas, maricones, que diga, mariposas).

Podría hablar de (casi) todas las épocas de la historia, para encontrar histerias similares (y hasta peores, ojo) que la actual congojavírica situación mundial, pero esto es un artículo, no un largo ensayo. Además, ya muy poca gente soporta leer algo de más de 2 páginas. ¡qué mundo nos han dejado esos que quemaban libros… normal, coño, normal; jamás engañaron a nadie estos “intelectuales”!  Así que me callo y me caigo en un asiento para contemplar como, hace varias décadas, unos guionistas de dibujos animados hicieron el corolario perfecto a nuestra situación mundial actual.  Mucha gente denosta la creación animada, televisiva o cinematográfica (el preclaro Luys Coleto bien lo sabe, preguntadle). Craso error. Las herramientas comunicativas de la animación son casi las mismas que las de la literatura. Todo el que tenga talento, y algo que contar, puede hacerlo de la mejor manera posible. Pese a su sencillez, la secuencia que os enlazo de la serie yanqui “Los Simpson”, es tremenda y explica a la perfección la mente de un covidiota. Puede ser un aforismo, o una fábula ancestral… quién sabe, quizás ya existe este mismo concepto desde hace milenios… pero, si es así, yo no lo sé y, en cualquier caso, más vale saberlo por plagio, homenaje o repetición que desconocerlo.

Disfruten de estos segundos, en los cuales Lisa Simpson y el entrañable tarugo que es su padre, nos enseñan cómo las mascarillas nos están salvando a todos de una muerte segura. Os pido perdón por deciros que esta enseñanza es irónica y que tenéis que hacer una analogía entre piedra- bozal, y tigres y congojavirus. Aunque no lo creas, noble y erudito lector del ECDE, este artículo lo puede leer cualquier gilipollas...

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