Ya que el director del centro penitenciario, o el Presidente del Gobierno; esta en racha dejándonos salir dos veces al día a pasear o para hacer deporte por la calle, parece que en nada ir a bares o museos será una realidad, de esta "Nueva Normalidad".

Eso siempre que las cifras sean favorables, tengamos en cuenta eso, que los fallecidos no son muertos, no tienen ni nombre ni apellidos, los fallecidos por el COVID-19 son solo un arma arrojadiza para los políticos. Legiones de runners y ciclistas de baja categoría que llevaban años sin hacer ejercicio toman las calles con sus conjuntos deportivos que parecen sacados de un vídeo clip de David Bowie; en la misma hora en la que hace no tan poco, era la hora de los aplausos.

Salen por probar un poco de sol, de aire, de no sentir el miedo de los chivatos de los balcones...por recordar a qué sabe la libertad. Seremos libres, más o menos, pero para qué me preguntó yo.

Es comprensible que tras casi dos meses de arresto domiciliario extremo, el primer instinto sea eso, un instinto primario muy en consonancia con la primavera que se nos escapa: fiestas con chicas, cerveza al sol, mujeres alegres y faldicortas...pero y luego qué.

Lejos de hacer un recuento de pifias del director de la prisión durante esta crisis, la reflexión es qué hacer, como nación o como comunidad, puesto que los fantasmas de posibles oleadas de rebrotes, nuevas pandemias mundiales o posibles conflictos bélicos, son una condicionante muy incierta.

¿Y ahora qué? Pues antes del estado de alarma los españoles de ciudades grandes si tuvieron un atisbo de inteligencia, o que el instinto de supervivencia te hace pensar mejor: intentaron huir al campo, al pueblo, a zonas menos pobladas, zonas donde se puede ser más independiente de una pandemia llamada Globalización.