Desde que se calzó las Sandalias del Pescador, a las que también ha renunciado para cubrir sus pies con esos zapatos suyos de trapero de mercadillo, el único Magisterio Pontificio que Jorge Bergoglio ha universalizado de palabra, obra y omisión, ha sido, es, su jesuítico desdén hacia el Decimotercer Apóstol de Cristo; o sea España. Y digo desdén porque es la forma untuosa, cortés y diplomática que le dan al odio los hombres que sudan incienso y huelen a cirio. El desdén es la piel de cordero del odio. Del odio de Jorge Bergoglio a España, evidenciado y proclamado en lo que dice, en lo que calla, en lo que hace y en lo que no ha hecho por y para la Patria de los misioneros y de los capitanes que llevaron la Luz del Evangelio desde el Belén de Santiago de Compostela hasta los confines de la Tierra. Hoy, el Padrenuestro y el Avemaría se rezan en todo el orbe porque los misioneros y los capitanes españoles fueron los ingenieros y los zapadores que prolongaron el Camino de Santiago desde su cuna hasta la última selva del mundo, jalonando la cartografía universal de Misiones y Hospitales, de Iglesias y de Universidades, de Escuelas y de Catedrales, llevando la Palabra de Cristo hasta donde, antes de España, sólo hablaban los chamanes y los brujos, y elevando a los altares de los dioses paganos, oscuros, tenebrosos, la Cruz del Gólgota y las Lágrimas de María que les salvó de los puñales de obsidiana con los que los sacerdotes de sus supersticiones les arrancaban el corazón en vivo a sus víctimas sacrificiales para ofrececérselo a las feroces deidades que gobernaban sus miedos y sus sueños.

Por eso España es el Decimotercer Apóstol de Cristo, pues así como Dios Padre eligió al pueblo judío para que de él y en él naciese Su Hijo, Cristo eligió a España, a través del Apóstol Santiago y de la Virgen del Pilar, para que España fuese el Abraham del Nuevo Testamento y llevase la Luz del Evangelio hasta las cumbres de las pirámides aztecas tapizadas de cuajarones de sangre inocente a mayor gloria de la barbarie precolombina. España, Bergoglio, España, sus reyes y sus capitanes, sus misioneros y sus hombres, sus leyes y sus códigos, acabaron con aquel holocausto tal y como el Edicto de Milán de Constantino acabó con las masacres de cristianos en los anfiteatros y en los circos romanos.

Jorge Bergoglio es un enfermo negrolegendario y de esnobismo progre con una profunda esquizofrenia espiritual que le impide reconciliarse con su propia naturaleza, con su esencia y con su ser, pues siendo argentino y jesuita todo lo que es se lo debe a España, al Decimotercer Apóstol de Cristo por el que Bergoglio siente y practica un desdén que el Hijo de Dios ni siquiera sintió por Judas Iscariote. Por eso dice que “si voy a Santiago, voy a Santiago, pero no a España, que quede claro”. Que Dios te perdone, Bergoglio. Yo ni puedo ni quiero, que quede claro. Soy hijo del Decimotercer Apóstol de Cristo y donde tú, Bergoglio, pones relativismo progre yo pongo la Fe de Cisneros y la espada de Hernán Cortes. Donde tú, Bergoglio, pones untuosidad diplomática yo pongo las palabras del rey franco Clodoveo al evocar la Crucifixión: “Si mis francos y yo hubiéramos estado allí, Cristo no habría sido crucificado”. ¡Qué buen Caifás hubieras sido, Bergoglio, en aquel Sanedrín tan untuoso con Poncio Pilatos!