Desgraciadamente España tiene, desde aquel nefasto siglo XIX que quisiéramos borrar de nuestra historia, una clase política que se nutre de lo peor de nuestra sociedad, cuyo desbarre, inconsciencia, mediocridad, corrupción, falta de sentido nacional, nulo patriotismo, cuando no pura traición, nos llevan cada equis tiempo al borde de la extinción como nación y como pueblo. Por ello, y a diferencia del resto de naciones, incluso de las más subdesarrolladas, pobres o faltas de historia, son nuestras Fuerzas Armadas el último pero único remedio a nuestra pertinaz inclinación al suicidio colectivo español. Y a los hechos históricos me remito.

Otra de nuestras características es que no aprendemos. Hoy España, nuestra nación y patria, se encuentra de nuevo sumida en el caos, caminando aceleradamente hacia una nueva hecatombe nacional que, a la vista de las circunstancias internas y externas que la rodean, pudiera muy bien ser definitiva, concluyendo con su desaparición como nación y patria única e indivisible de todos los españoles, así como incluso de éstos como pueblo soberano e independiente. Y ello tanto por el adocenamiento de la mayoría del propio pueblo español, como porque seguimos debatiéndonos entre una izquierda radical, revolucionaria, antinacional, corrupta e históricamente criminal, y una derecha sin ideales ni principios, materialista, egoísta, cobarde, timorata y acomplejada que “proclama un Dios en el que no cree y una Patria a la que no ama, y que sólo pretende mantener sus privilegios” (Vázquez de Mella); derecha que tiene casi más culpa que la izquierda porque mientras ésta no oculta ni tan siquiera sus más perversas intenciones, la derecha sí, aparentando ir de lo contrario de lo que va, arrastrando tras de sí a la parte a priori sana y honrada de nuestro pueblo.

La Constitución viene siendo vulnerada sistemáticamente por todos, ante la pasividad de todos. Las autoridades de todo nivel y condición fomentan la desunión y el enfrentamiento entre los españoles sometiéndoles a una desinformación brutal y grosera sobre nuestra historia, esencias e incluso actualidad. Se vilipendia todo lo español, incluso nuestra lengua e idioma. Los políticos anteponen sus intereses personales o sectarios partidistas a los nacionales y patrióticos. La corrupción de toda clase –material, institucional, política y moral-- es generalizada, absoluta, de una profundidad y alcance inimaginables. No existe separación de poderes. La imparcialidad e independencia judicial ha sido demolida, por lo que la indefensión e injusticia todo lo anegan. El Estado de Derecho lo es de impunidad. Los enemigos internos de la nación, de la Patria, de España, esos separatismos regionales injustificados desde todo punto de vista cabalgan a sus anchas amparados y alimentados por quienes deberían combatirlos sin descanso ni consideración. El enemigo exterior, Marruecos, crecido ante nuestra debilidad, desunión y pérdida de peso internacional, nos agrede fomentando la inmigración ilegal, robando nuestros recursos y marchando decidido a ocupar parte de nuestro territorio nacional: Ceuta, Melilla y Canarias.

Ante situación tan grave y desgarradora, vuelve a ser necesaria, por desgracia, la intervención de las Fuerzas Armadas, baluarte y razón última, pero razón al fin y al cabo, de la salvación de la nación, de la patria y del pueblo español. Mientras en el resto de las naciones sus dirigentes, con independencia de su ideología, nunca ponen en entredicho ni socavan la unidad, soberanía, independencia y dignidad de ellas, aquí sí. Por eso, aquí ser militar, si es que se es de verdad, conlleva un plus por el cual puede que toque a algunos enderezar el rumbo de la nación, de la patria, si es que imperan los que lo tuercen. Esa es la realidad que debe asumir cualquiera que ingrese en las Fuerzas Armadas españolas. Así de triste, pero así de verdadero.

Un concepto de neutralidad militar interesadamente torticero y tergiversado de parte de nuestra clase política, y egoísta y cobardemente asumido por las Fuerzas Armadas –neutralidad que, por cierto, no consta en nuestra Constitución--, viene siendo una de las más eficaces herramientas que los enemigos internos y externos de España utilizan para impedir que cumplan con su más sagrado y único deber, al tiempo que razón esencial de su existencia, el cual consta explícitamente en el Art. 8º de nuestra Carta Magna, mandato directo e inexcusable del pueblo soberano a ellas por constar en su Título Preliminar, lo que le confiere rango superior a todos los demás posteriores (tanto, que sólo puede ser modificado por el procedimiento agravado de reforma del art. 168, mientras el resto, incluido los relativos al Gobiernos, pueden serlo por el simple del art. 167).

La neutralidad de las Fuerzas Armadas puede y debe serlo sólo en relación con los aspectos, circunstancias y decisiones que no pongan en directo y serio peligro la soberanía, integridad territorial, independencia y preservación del ordenamiento constitucional de España, pero no cuando, como hemos expuesto, pongan en peligro directa o indirectamente, desde el interior o el exterior, por propios o extraños, aún incluso por las autoridades, partidos o instituciones legales y legítimas, dicha soberanía, integridad territorial, independencia y ordenamiento constitucional. Porque el Art. 8º es claro, directo, conciso, concreto y completo en todos sus términos no dejando lugar a interpretación o duda alguna: La triple misión que el texto constitucional confiere al Ejército de Tierra, a la Armada y al Ejército del Aire constituye el límite de la paciencia y del combate por la razón cuando la terquedad, el fanatismo o la ignorancia de la realidad que tengan presuntos adversarios obligue al mantenimiento de nuestra comunidad si pugnaran aquellos por la fuerza de su supervivencia” (Múgica Hergoz dixit)

Las Fuerzas Armadas per se, con el JEMAD al frente –máximo y único jefe ejecutivo de ellas--, respaldado por la cúpula militar y a ser posible por una cuarta parte del Congreso de los Diputados (según el art. 102.2 de la Constitución suficiente para acusar a los miembros del Gobierno de delitos contra la seguridad del Estado o de traición), sobre la base constitucional del Art. 8º  de la Carta Magna, tienen el deber, la legalidad, legitimidad, autoridad y responsabilidad inexcusables de intervenir para impedir el suicidio y destrucción de la nación, de la patria, de España.

La neutralidad de las Fuerzas Armadas no puede ser, como viene siendo, sinónimo de pasividad e inhibición ante la destrucción de España, porque tal concepto de neutralidad es en realidad pura complicidad y cobarde traición a la nación, a la patria, cuando está claro que de nuevo en nuestra historia la terquedad, el fanatismo o la ignorancia, la exacerbación de los injustificados separatismos regionales o las agresiones externas sutiles o directas han llegado a tal punto que peligra de forma clara nuestra soberanía, independencia, integridad territorial y ordenamiento constitucional, en definitiva nuestra existencia como nación y pueblo.

La neutralidad mal o torticeramente entendida y asumida por parte de nuestras Fuerzas Armadas no puede ser producto de la comodidad, la cobardía o la búsqueda de los intereses personales o colectivos por encima de los nacionales y patrióticos. La neutralidad no puede ser coartada para el crimen de lesa patria; como la disciplina y obediencia debida no pueden ser sinónimos de sumisión.

Quien voluntariamente ingresa en las Fuerzas Armadas españolas lo hace, o debería hacerlo, consciente de que, dada nuestra idiosincrasia y tradición histórica, puede que le toque cumplir con el deber superior a todos que es el de enderezar el rumbo de la nación, de la patria, expresión máxima de la defensa de su soberanía, integridad territorial, independencia y preservación de su ordenamiento constitucional contra cualquier clase de enemigos internos o externos; incluso del deber de dar la vida por ella. La encrucijada en la que por desgracia nos volvemos a encontrar no tiene vuelta de hoja; y menos esta vez tras medio siglo ya de demolición. Los enemigos de España, excepción hecha de Marruecos, no están allende nuestras fronteras. Nada justifica la distracción de nuestras Fuerzas Armadas implicándose en asuntos de otras naciones o defendiendo intereses ajenos cuando España está al borde de la extinción. España no participó en las Cruzadas porque siempre alegó, y con razón, que ya tenía la propia en nuestro suelo. Aprendamos de una vez o desapareceremos sin remedio en esta ocasión. Si así lo hicieran nuestras Fuerzas Armadas, España se lo agradecerá, si no, se lo reclamará.