Recordemos a Rudyard Kipling. Volátil oda dedicada a su hijo desaparecido durante la Gran Guerra. Estremecedor epitafio ofrendado a su hijo, pero también a tantos otros chaveas que, como él, habían perdido la vida en aquella ininteligle contienda. lf anyone asks why we died/ Tell them, because our parents lied. Exacto, si alguno pregunta la causa de nuestra muerte, la mentira de nuestros padres. Si nuestros amados progenitores nos trolean, el mundo se vuelve invivible.

Mentira, motor del mundo

Enfrentarse a la mentira (y al miedo) resulta agotador y frustrante. Mentiras inspiradas en creencias, por ejemplo. La creencia, en esta ocasión, de que el mundo desafiaba (y desafiaba) a un nuevo coronavirus cuya letalidad era (y es) tan acojonante que exigía, para frenar su expansión, secuestrar domiciliariamente a poblaciones enteras de casi todo el planeta. (Casi) todo cristo lo asumió y, por lo visto, tocaba joderse. Pero, repito cuantas veces haga falta: nada era verdad. El primer acto del repulsivo teatrillo, venció y convenció. La batalla contra la bola de nieve, cada vez más imparable, perdida.

Como en la fábula de Andersen, el rey está desnudo. Todos engañaron y se dejaron engañar, en su correspondiente parte alicuota. Todos los gobiernos del mundo, los partidos de oposición, la Organización Mafiosa de la Salud, plurales agencias (alimentos, medicamentos y sanitarias), colegios de médicos, grupos y grupúsculos científicos, jueces, milicos, maderos, medios de comunicación y, cómo no, "verificadores" plurales. Y, tantos y tantos que no cito para no importunar ni aburrir. Artificio y engaños masivos. Fin del asunto.

Absoluta tomadura de pelo. Recurriendo tan solo a los gélidos y desnudos datos (y hechos) se derriba la farsa. El único y veraz problema real al que nos enfrentamos, en realidad, es quién y cómo ha montado esta siniestra tramoya. Por qué y para qué. Y quiénes son los peones o alfiles o torres que se han utilizado para consumar el Gran Simulacro.

Montajes en España

En España algo sabemos del asunto. Recordemos, sucintamente, las líneas de sombra, los puntos de no retorno. La voladura del Maine. Asesinato de Carrero Blanco. Hotel Corona de Aragón. 23- F. Aceite de Colza. Avión del monte Oiz. Alcacer. 11-M.

Y teniendo tanta experiencia de falsísimas versiones oficiales, ¿nada hemos aprendido? Nos la han metido doblada, otra vez, hasta el hondón más hondo. Sin vaselina. Los acontecimientos arriba citados, sencillo de entender, provocaron, apuntalaron y aceleraron procesos políticos, sociales y económicos. Simulaciones y dispositivos, propios de nigromantes, para alterar y precipitar irreversiblemente el natural decurso de los hechos. En nuestra patria, tan evidente.

En esta ocasión, mediante el congojavirus (sobresaliente hallazgo léxico de César Bakken), peregrinamos de falsa bandera nacional a específicamente planetaria. Por primera vez en la historia.

Dudar, también, del que duda

Pirrón de Elis, bamboleó entre los siglos tercero y segundo antes de Cristo. Pintor aficionado en su juventud, las empíreas lecciones del colosal Anaxarco fijaron irreversiblemente su proteico carácter. Pirrón postulaba que nada hay cierto, incluyendo por supuesto esa misma enunciación. A cada proposición podía oponerse otra igualmente probable. Entre el litigioso tráfago de representaciones y simulaciones aparentemente verosímiles, los hombres razonables, si anhelaban deleitarse con variadas porciones de sabiduría, debían suspender su juicio y someterlo todo a examen o scepsis. Escepticismo, entonces. Duda razonable.

Dudo, luego existo. Sospechar, también, al cartesiano modo. Dudar de los que dudan. Y, por encima de todo, combatir sin descanso. Perseverar, sin caer en el desaliento ni la pasividad. Y, por supuesto, no depositar nuestra innegociable libertad en unos putos y evanescentes sombreros blancos que ni están ni se les espera. Yo, al menos, no. En fin.