En el último tercio de los años 80, el director general para Europa de la multinacional norteamericana en la que yo trabajé 30 años estuvo con nosotros una semana. Durante ese tiempo intercambió opiniones de todo tipo al tiempo que nos exponía los proyectos de desarrollo y crecimiento para los próximos cinco años. En una de sus opiniones sobre España nos dijo: “Si España no es capaz de cambiar su modelo de desarrollo y crecimiento, en unos años se convertirá en el parque temático de Europa”

La ciudad vivía del parque temático sobre historia medieval. Toda la población dependía de las visitas al parque. Desde la oficina bancaria hasta el quiosco de prensa, vivían del turismo que generaba ese parque.  Aquel año se presentaba desde el punto de vista climatológico mínimamente “raro”. La rareza se transformó en tormentas eléctricas y vientos huracanados. Los rayos pronto empezaron a hacer de las suyas y en una sola tarde noche una tormenta apocalíptica, entre el fuego provocado por los rayos y el viento huracanado, acabó con el parque temático. ¡La ruina! El parque temático, única fuente de ingresos para la ciudad y para los ciudadanos, despareció. Y con su desaparición, la ciudad dejó de ser una ciudad para convertirse en un fantasmagórico lugar que en nada recordaba aquella ciudad llena de alegría y riqueza.

Que España es actualmente el parque temático de Europa de hostelería y turismo, nadie puede negarlo. Entre ambos generan el 20% del PIB, cuatro puntos por encima de la industria que genera solo el 16%, cuando debería ser al contrario como mínimo. Pero España no ha sabido ni sabe generar riqueza desde la industria y las tecnologías, no sabe o no quiere. Cuando el mundo nada entre las aguas de la digitalización, las tecnologías punta, la IDi, España nada entre las aguas del Mediterráneo y las cervezas de bares. No puedo asegurarlo, pero puede que seamos el país con más camareros y camareras por cada diez mil habitantes; lo dice el elevado número de negocios de hostelería y ocio que recorren la piel de toro.

Y llegó la tormenta en forma de virus. Y ese 20% del PIB se fue al carajo sin que otra industria pueda sustituirlo. Y los miles y miles de trabajadores del ocio, de la hostelería y del turismo, se convirtieron en zombis durmientes en los ERTES o en parados alimentados por el Sepe. Y mientras, un gobierno de tinieblas se aplaude a sí mismo indecentemente y se apoya en los medios afines a los que subsidia con los impuestos que pagamos unos ciudadanos en parte perplejos, en parte dormidos, en parte anestesiados que ni sabemos reaccionar ni queremos actuar pues para eso hay que moverse y eso es molesto. Es mejor no molestarse y contestar con la consabida frase tan de moda, sobre todo entre los jóvenes…y no tan jóvenes cuando son preguntados por la situación: “Es lo que hay”