Sánchez es demasiado guapo para estar rodeado de perdedores. Todos los ministros y adláteres que defenestró ayer eran cadáveres andantes, gente amortizada por sus errores de bulto o por su insultante inoperancia. 
 
Redondo (el Rasputín o Fouché de todo a cien) fue el autor intelectual de la escenita de Sánchez pidiendo un autógrafo a Biden. Y de su espantada vergonzante cuando los rusos amenazaron con misiles tierra aire. Ábalos nunca pudo quitarse de encima la sombra de la sospecha en el Delcygate. Son maletas que pesan demasiado. 
 
Calvo ha sido la perpetradora de una ley de desmemoria histórica que algún día acabará en los tribunales, pero contra el PSOE. Con eso y sus ridículos semanales en la sesión de control al Gobierno, olía a cadáver político a la legua. Duque nunca regresó de Marte, Celaa ha sido, de largo, la peor ministra de Educación de la reciente historia. De Uribes nunca supimos nada...a pesar de su tamaño.
 
Los presidentes como Sánchez, de evidente vocación mesiánica, en realidad no necesitan ministros. Necesitan aduladores a tiempo completo y gente que se rompa las manos aplaudiendo los miércoles en el Congreso. ¿Ministros, para qué? ¡Si nos gobiernan desde Bruselas! Lo que hizo ayer el inquilino de la Moncloa fue un simple cambio de cromos que le permita llegar cómodamente al 2023. Sin la rémora de unos colaboradores calcinados por su propia inutilidad.
 
Sánchez, finalmente, es como Franco, pero en malo. El Generalísimo lideró un régimen autoritario con el objetivo de sacar a España de la podredumbre marxista y llevarla (como hizo) al puesto 8° en las economías mundiales. Sánchez gobierna pensando en él y, como mucho, en su familia y amigos. España nunca le importó nada, entre otras cosas porque lo que desea es su destrucción. Por eso tiene como socios a proetarras y a separatistas.
 
Siguen, eso sí, los podemoides al frente de sus carteras. Se ve que Iglesias Turrión dejó bien atornillada la parte comunista del desgobierno de España. Ahí seguirán lumbreras como Ione Belarra, Irene Montero ó Alberto Garzón. Todo con tintes tragicómicos porque lo que queda detrás de esta parafernalia de nombres y de cambios es una nación devastada, camino de ser un Estado fallido. Pero esto último les importa poco a los popes de la prensa lacayuna.