Con los labios llenos de mentiras que se derraman de sus fauces como plomo fundido, ese caldero de pestilencias que es el Gobierno y sus cómplices, tratan de justificar democráticamente la perentórea necesidad del “Comité de la Verdad”, que es el sarcasmo con el que han bautizado la consagración de la mentira como herramienta política, código de conducta y dogma democrático.

Produce náuseas oír cómo tratan de hacer digerible el trágala con el que perseguirán la Verdad hasta las mazmorras de sus chekas ideológicas decoradas, eso sí, de consenso y tolerancia, construyendo sofismas que exponen con tramposa inocencia desde el rencor que hierve en cada una de sus palabras, en cada uno de sus argumentos. Dan arcadas, ellos, sus votantes y sus sicofantes.

La derecha española carece de valor y la izquierda de escrúpulos. La combinación dosificada de cobardía e inmoralidad y su alternancia en el Gobierno nos ha traído hasta aquí, hasta este estercolero en el que la Verdad te lleva a la cárcel y la mentira al Poder. Primero nos robaron la Nación, luego nos hurtaron la Justicia, después nos ordenaron perder la Memoria, y ahora nos arrebatan la libertad primordial escatimando la Verdad, cortándole las alas a su palabra y ahogando su voz en los albañales del miedo y la amenaza. La Verdad seguirá siendo una poderosa luminaria, sí, pero en un pábilo achacoso y trémulo como los pasos de un anciano, que en cada zancada va dejando el yelmo y el espaldar, el peto y la espada que un día, ya sin memoria, le hicieron fuerte y libre. Como Alonso Quijano, va cansado y derrotado el caballero y pesa mucho esa armadura para ir muriendo lo que de vida le queda.

Así ha acabado la Verdad en España, tal y como antes acabaron la Patria y la Justicia, la Memoria y la Libertad, en achacosos pábilos que se apagaron en el jolgorio decadente de la democracia y el consenso, con millones de votos y sin una lágrima.