Cortometrajista superlativo, agudísimo y socarrón, Josué Ramos se revela como el mejor director del cine español actual. Tinerfeño, estudió informática y diseño gráfico. La devoción por el cine, que ambos compartimos con frenesí, envenena todos sus sueños. En el año 2009 rueda su primer cortometraje El corazón de Anita, rodado en el Parque Nacional del Teide y que le valió 7 premios y 16 selecciones en festivales nacionales. Con ese corto ya demostró que estaba entre los grandes. Sátira venenosa contra el optimismo antropológico, la fe, el remordimiento y el ansia de una intervención divina, casi siempre sorda, impregna esta obra de arte. En 2010 dirige New Order, Nuevo Orden, sobre las élites psicópatas que nos envenenan, fumigan e idiotizan tenaz e irreversiblemente. Un grupo de liberación, al estilo del de Doce Monos, procura evitar la domesticación definitiva del ser humano. Con esta obra vuelve a ser premiado por segundo año consecutivo en el certamen Canarias Rueda.

 

Poco después, Ánima, una obra de orfebrería. Los superhéroes y el anhelo de recomposición de los núcleos familiares absolutamente descompuestos enfebrecen el alma inconsolable de Josué. La madre como superheroína. Y la presencia evocadora y crucial de La Naranja mecánica de Kubrick. Y, tal vez, de Anticristo, de Lars Von Trier. Todo ello cortejado por las sobrecogedoras notas del Requiem de Fauré (sobresaliendo el Pie Iesu y la delicadísima In Paradisium), la primera Gymnopedié de Erik Satie y la vitalista Sweet Sue, de Alo Django. Más tarde, antes del salto al largo, Precipitaciones, Solo los ojos e Involucrado. Las extrañísimas y abundosas desapariciones de niños en nuestras sociedades. Los milagros divinos que nunca llegan. El falso documental como recurso estilístico para narrarnos nuestras sociedades contemporáneas, preñadas de injusticia, violencia y sinsentido. Terroríficos relatos cinematográficos, tan verosímiles. Castillos de naipes a punto de caerse, pero sostenidos finalmente por el fertilísimo talento del director canario, afincado en Madrid.

 

 

El salto al largometraje. Bajo la Rosa, una obra maestra incontestable

 

El estreno de, posiblemente, la mejor película española en varios lustros. Sin duda. En los cines desde el 16 de marzo. Han transcurrido cuatro meses. Un lujo. Primero el estreno se produjo en su tierra natal. Incluso tuvimos el privilegio de asistir a un inolvidable pase en Majadahonda. Pero, sobre todo, podemos disfrutar de ella en la plataforma Filmin. Seremos testigos visuales de un pliego audiovisual único, conmovedor, señero, estremecedor. Desde la primigenia cita lucana (Lc 8,17), intuimos el propósito del director Josué Ramos por hallar la verdad oculta en su opera prima. El título, obviamente, también nos remite a ello: Sub Rosa, desde Horus hasta Roma bajo la rosa, pasando por Enrique VIII, todo tipo sociedades secretas, hasta desembocar hoy en nuestros deletéreos Servicios Secretos: si un asunto se encuentra sub rosa significa que esa cuestión es extremadamente confidencial. Hay algo en la verdad, nos dice el director tinerfeño, que es indestructible. La gente puede que se niegue a afrontarla; puede que trate de descartarla; puede que hasta intente borrarla; puede que se niegue a admitirla, pero la verdad al final siempre descollará. Se pregunta el director tinerfeño qué es la verdad a la manera de Poncio Pilato (Jn 18,38). Y como contraposición de la verdad, el error, el fallo, la equivocación, incluso con la apreciación de que el hombre feliz no yerra. Y el lado tenebroso: el secreto. Pero, en primer lugar, debemos, cual rastreadores, husmear y desenterrar el error. Y todo ello sin olvidar jamás los propios límites de la verdad que vayamos aprisionando, capturando, ajando. Y tal vez nunca la hallemos definitivamente (ni siquiera parcialmente), pero el empeño en su búsqueda debe ser incesante. Y, tal vez, en esa pesquisa hallemos un ápice de felicidad: fructuosa travesía recorrida, no ansiando ningún punto de llegada.

 

Dolor y contrición.

Mientras seguimos un hosco peregrinaje de dolor y expiación, el Talión siempre nos acompañará. La ley del Sinaí. Ojo por ojo, diente por diente (Ex 21, 24). Retaliar, en contra de lo que se suele suponer, no es lo mismo que vengarse. Más bien, lo contrario. Una suerte de justicia extrema, pero justicia al fin y a la postre. Y entre el Talión y la búsqueda de la verdad aprenderemos, desconsoladamente, que las almas donde la luz se esconde de la verdad son almas apesadumbradas, acongojadas, ariscas, que hablan en el silencio con la muerte y tienden sobre la existencia capas de ceniza. O, tal vez, nos indica el director primerizo la mentira es un ave de luz que cantas como la esperanza. La polisemia, por momentos, llega a devenir aterradora. Cuánta añoranza de las amputadas Tebaidas y los roídos escudones de la verdad. O de la mentira.

Mientras nos ahogamos con la atroz sinfonía de Josué (hombre orquesta: toda la película es literalmente suya), nos desahogamos con Vivaldi. Son esos momentos más pudorosos de El invierno (la mejor de las cuatro estaciones del compositor venecianos) los que permiten respiran al espectador. La batalla por buscar la verdad no cesa. ¿Desvelar la verdad y romper la armónica vida familiar o mantener corrido el velo y cerrar los ojos ante horrores y pecados que claman y desgarran el cielo (Gen 4,10; Ex 3,7-10; Jue 5,4)? Con Vivaldi y Mozart (los momentos en los que suena La Lacrimosa hibrida lo chusco con lo fiero) seguimos encaminándonos hacia un derrocadero moral. Sin concesiones. Sin respiros. Las paradojas musicales de Vivaldi y el extremo refinamiento del Requiem del genio Salzburgués son el contrapunto perfecto que eleva esta película hasta extremos de maestría nunca vista en los últimos lustros. Incluso el uso de los conciertos de violín y mandolina del veneciano (nos sumergen en un potente florecimiento de toda pasión. Transitamos, sin armisticio probable, de la púdica sofrosiné a la más temeraria hybris. Sentimos una liquidación de todas las ilusiones, un profundo desengaño de todas las cosas, el primer frío de la vejez de muerte, más triste que ésta misma. Con Ramos, viendo su película inmortal, llega un instante mesiánico.

 

Confesión

Sobrevuela, por supuesto, el Angelus Novus de Walter Benjamin, impregnando todos los fotogramas de la película. El coloso intelectual, judeoalemán y fallecido en Portbou, explica ese vínculo entre el cuadro de Paul Klee y la obra de Ramos. Lo hace en la novena tesis de su Tesis sobre la filosofía de la historia: “Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se muestra a un ángel que parece a punto de alejarse de algo que le tiene paralizado. Sus ojos miran fijamente, tiene la boca abierta y las alas extendidas; así es como uno se imagina al Ángel de la Historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso”.

Es en ese hondón moral, en un progreso que es pura barbarie, es en ese légamo abisal, que tan magníficamente describe Benjamin, donde el celuloide del director canario llega a su cénit. Ese arrebato doliente donde se apagan los ardores de la sangre, y en que las pasiones del amor, de la jactancia y de la violencia, los entusiasmos preclaros y sagrados que alentaron a los dioses antiguos, se hacen cautivas de la razón: aceptamos, ahí mismo, el designio de la divina Providencia o el descarnado propósito del Fatum. Que se haga su Voluntad. Y en ese sentido el cine supera a la literatura. El mismo Josué Ramos nos ilumina cuando afirma que “el cine tiene una particularidad para esto que no se consigue con otras artes, y eso es lo que a mí más me atrae: poder llegar a contar historias y transmitir emociones que quizá, de algún otro modo, sería muy complejo, y tal vez en el cine, con un par de elementos bien dispuestos, consigues causar el efecto. La principal finalidad del cine puede ser la de transmitir emociones y sensaciones al espectador. Pienso que mi labor está bien hecha cuando veo que el espectador se ha removido, se ríe, llora, se sorprende, o se escandaliza… ahí hay algo que está llegando al espectador. Esa es para mí la finalidad”. Sic.

 

Perdón

Con un soberbio elenco actoral (excelentes Elisabet Gelabert y Pedro Casablanc; milagroso Ramiro de Blas), el guión de Ramos se halla cosido a la perfección. Y toda esa cinefilia del director se transparenta desde el primer momento. Cruce mefistofélico entre La muerte y la doncella (Polanski) y Funny games (Haneke), desde el principio detectamos huellas de grandes. Kubrickiana en tantos sentidos (el penetrante desasosiego de El Resplandor, la sutil elegancia de Barry Lyndon, el perturbador desagrado de Lolita, el rumbo ético de Senderos de Gloria), Ramos emula y mejora al maestro presentando una familia, un secreto y una espoleta que desencadena toda la narración. Con la inexcusable evocación de Kubrick y el hálito de Lynch (el inicio de Terciopelo azul como gran guiñol, mascarada y alegoría), nos topamos con la gran referencia de Prisioneros, una de los relatos más macizos de Villeneuve. En su film, el director canadiense optaba en por contarnos un thriller de la forma más asfixiante posible, siendo clave para ello la creación de una atmósfera que oscilaba entre lo enfermizo y lo opresivo que te mantenía en tensión hasta la llegada de un desenlace un tanto decepcionante. Josué Ramos da una vuelta de tuerca, realizando una vivisección de los fariseísmos familiares (Mt 23) como pocas veces se nos ha dado ver una pantalla (como bien nos recuerda un personaje de la egregia novela de Thomas Mann, Los Buddenbrook: impecables por fuera e indecentes por dentro). Y todo ello efectuando una poderosa reflexión sobre el vidrioso asunto de la pederastia. Desde la implacable Spotlight, sin olvidar el reverso de las infames denuncias falsas El caso McMartin y La caza, ambas excelentes, sin olvidar esa sin olvidar esa joya imperecedera que dio apertura a todo este turbio derrape moral del abuso infantil: M, el Vampiro de Düsseldorf (Fritz Lang).

Avizoramos la sordidez del ser humano, ángel y demonio, ángel mohoso (Alberti), la dialéctica freudiana entre principio de placer y el principio de realidad y el lado oscuro de cada una de nuestras vidas. Los personajes junto al espectador asistimos a un psicodrama pavoroso, catarsis espeluznante, ciclos de crimen y castigo (sin el macbethiano Banquo advirtiéndonos a tiempo), redenciones imposibles, culpas irremisibles. Pasamos de la sonrisa más burlona al grito más desgarrador. Con influjos de los grandes del noir novelesco (sobre todo Poe, Ambler y Christie), se nos presenta un laberinto irresoluble, un dilema ético de cuantiosísimos quilates, venganzas aparentes, fronteras difusas entre bondad y maldad, el combate estremecedor entre la realidad y la apariencia

 

Penitencia

El film bucea en la negrura del alma humana, en la represión de los instintos más primarios y en el reverso moral de las vidas ejemplares. En ese juego de secretos ocultos en el que los protagonistas deambulan, Bajo la rosa no engaña. No juega. Incomoda. La historia sitúa al espectador ante el personaje de Ramiro de Blas; nos iguala a la familia protagonista -contrapeso narrativo en la cinta- y nos propone un ejercicio de introspección, culpa, confesión, redención y expiación física (y moral) que trasciende la pantalla.

La testarudez por escrutar la verdad no se detiene. Ni se ha detenido en ningún instante en este portento fílmico. Es inagotable la tarea rebuscadora. Hocicamos lo tapado porque nos va la vida en ello. Se incurre en contradicciones y paradojas irresolubles: si es verdad que la verdad no existe, tal rotunda afirmación nos coloca en un bucle lingüístico. ¿Todo es relativo? ¿También es relativa la afirmación “todo es relativo”? ¿O es verdad, por lo tanto, nada es relativo? Como afirma S. Agustín en su libro Contra los académicos, el sabio es “sabio e ignora la sabiduría”. Touché.

Porque como dice este magnífico director canario debe despuntar “la verdad siempre, por muy cruda que pueda resultar; en nuestra sociedad llevamos mucho tiempo consumiendo la píldora azul y el resultado no ha sido demasiado satisfactorio, así que es hora de una píldora roja y grande”. Amén, Josué.

 

Futuro

Josué, seguramente, nos ofrecerá dentro de un año otra obra monumental. Aguardamos con paciencia. Merecerá la pena. Con un cine español asaeteado por las más nocivas ideologías, Josué nos sigue proporcionando la esperanza de que en España se puede hacer buen cine. Indudablemente. Como canta Bel Mondo. Al margen, de toda nobleza, de toda belleza, de falsas grandezas/ Al borde de toda caída, de todo comienzo, de toda la vida ¡Soy una flor en el barro! Josué Ramos, en nuestro herrumbroso y oscurísimo panorama cinematográfico nacional, es esa florecilla indomeñable. Y muy amable.