El Partido Socialista, aprovechando las especiales circunstancias en que nos toca vivir, ha presentado en el Congreso una “proposición no de ley”  —no sé muy bien para qué sirven estas cosas— orientada, según dice, a la reestructuración del sistema tributario ajustándolo a las consecuencias de la pandemia, vamos, a lo que el gobierno llama la “nueva normalidad”. Y esa proposición, según sus autores expresan en la Exposición de Motivos, se deriva del debilitamiento de la “conciencia tributaria” que observan en la sociedad española,  cuyos índices son, sobre todo, las continuas peticiones de rebajas de impuestos. Así que para los doctores de ese partido político, sugerir que un exceso de presión fiscal es perjudicial para el desarrollo de una economía nacional es debilitar la conciencia tributaria, revelando con ello los componentes dogmáticos de esa mentalidad que han querido calificar como “ortodoxa”. Bien, dejemos esto. Ya sabemos muchas cosas.

¿Qué medidas proponen en la “Proposición” —con perdón de la redundancia—. Poco mas que una serie de generalidades sin concreción y si eso es la adaptación del sistema tributario a la pandemia que venga Dios y lo vea, como decía mi abuela Luisa. Pero un tema les ha parecido tan importante como para incluirlo en la “Proposición”, y a este tema me refiero, porque han tenido la ocurrencia de abrir un sendero para ”la desaparición del efectivo de modo gradual”, hasta su completa eliminación. Vamos que quieren suprimir la circulación de billetes y monedas de curso legal, como se ha dicho toda la vida. Esta medida es lo mas concreto de su “Proposición”. Pues bien, se trata de una propuesta que es técnicamente errónea y políticamente letal para la ciudadanía.

Vamos a ver: existen dos clases de dinero, el legal y el bancario. El primero es el que crean los Estados a través de sus bancos centrales. En nuestro caso, integrados en la UE, habiendo cedido nuestra soberanía financiera, ese dinero es el que crea el Banco Central Europeo que determina el límite de lo que se llama la circulación fiduciaria y emite dinero en consecuencia. Por cierto, sin contrapartida real de base desde que se suprimió el patrón oro. Lo estamos viviendo de manera elefantiásica estos días de combate a la pandemia. Es, por consiguiente, una decisión estatal, por mucho que cacareen la “independencia” del Banco Central.

El segundo dinero es el que crean los bancos privados —así llamados, claro— porque gracias a lo que ha venido en denominarse la cláusula fraccionaria los bancos privados crean dinero de la nada —o de la casi nada— cada vez que conceden un crédito.  Pues bien, lo que propone el PSOE —cuesta creerlo— es suprimir el dinero creado por el Estado para que nos quedemos únicamente con el dinero bancario. Es decir, que nuestra soberanía financiera quede en manos de la banca privada, para cubrir las necesidades privadas y hasta las del propio Estado porque si no puede crear su dinero tendrá que apelar a los bancos privados. De este modo se incrementa de manera exponencial el poder de la banca y de las entidades que emiten instrumentos de pago electrónico. Todas las transferencias, de todo orden, tendrían que canalizarse necesariamente a través de esas entidades, con lo que los costes, ante la ausencia de competencia, serían determinados en régimen de oligopolio. Cuando de lo que se trata es de disminuir el poder real de la banca el PSOE proponer incrementarlo….

Esta ocurrencia del PSOE no es nueva. Ya se intentó hace tiempo. ¿Saben quiénes fueron sus principales defensores? Pues los grandes bancos, las grandes multinacionales, las fundaciones de los grandes financieros, las empresas tecnológicas que ocupan enormes espacios mundiales. ¿Esos son los aliados del PSOE? Pues eso parece,

¿Y en qué basan esa ocurrencia? En combatir el fraude tributario. Es sencillamente una estupidez. El mundo se ha sofisticado hasta tal extremo que mediante los mecanismos de transferencias electrónicas se pueden conseguir enormes fraudes tributarios, sobre todo cuando los propios Estados son los encargados de construir los llamados paraísos fiscales convirtiendo el sistema tributario en un elemento de competencia intra-estatal para la captación de recursos financieros. ¿Acaso no se pueden conseguir tarjetas de pago totalmente anónimas? ¿Acaso mediante los sistemas de transfer pricing, como dicen los anglosajones, no se residencian beneficios tributarios allá donde la presión fiscal sea menor y en detrimento de la recaudación de los países en donde materialmente, realmente se construyen los beneficios? Me suena mucho más a demagogia política que a un mínimo de rigor en el análisis técnico. Si queremos combatir el fraude tributario debemos comenzar por eliminar el cinismo tributario de los Estados que crean impuestos progresivos al tiempo que construyen paraísos fiscales de tributación reducida para quienes tengan patrimonio suficiente como para acceder a ellos.

Pero es que, además, perteneciendo como pertenecemos a la UE y siendo el BCE el lugar donde se residencia la soberanía financiera para todos los integrantes de la Union Monetaria, la pretensión de que en España no tengan curso legal los billetes y las monedas emitidas por dicha entidad es sencillamente un imposible, no solo lógico, sino, además, jurídico. Y supongo yo que los doctores del PSOE lo saben, lo que incrementa exponencialmente las sospechas de demagogia para consumo de masas inculturizadas.

 Y lo mas importante: esta pretensión es políticamente es letal para la privacidad de los individuos. En el altar de la llamada seguridad se realizan cada día mas sacrificios cruentos de nuestra privacidad e individualidad, en el fondo de nuestra libertad real. La tecnología al servicio del poder en estos momentos, lo sepamos o no, ya permite un control de nuestras vidas mucho más allá de lo deseable. Posiblemente dicho control se ejecute en la paralegalidad, por decirlo de modo educado, sin que lo sepamos y, consiguientemente, sin que seamos conscientes de ello. Pero con el miedo generalizado que provocan situaciones como la pandemia del virus que hemos sufrido y seguimos sufriendo, es sorprendente la cantidad de personas formadas que están dispuestas a ceder sus parcelas de individualidad en ese altar de la seguridad, en un camino irreversible para transitar desde ciudadanos a súbditos y de súbditos a meros números de una ecuación manejada por la inteligencia artificial al servicio de las elites del poder real.

Si instalados en este situación,  añadimos la desaparición del efectivo, entonces todos y cada uno de nuestros movimientos serían transparentes para la banca, las empresas de pagos electrónicos y, consiguientemente el poder. Sabrían si vamos o no al cine, qué película, con quién, en qué restaurante comemos, qué elegimos, con quién nuestra sobremesa, a dónde viajamos, en qué hotel…No sigo porque es todo evidente. Ni un solo trozo, por pequeño que sea, de nuestra vida quedaría al margen de la información y del control del poder. Sería la fase terminal de la destrucción de nuestra individualidad.

¿Acaso no lo saben los promotores de la idea? Creo que sí, y quizás ese sea el motivo para proponerlo. Acabo de decir que en la Union Monetaria semejante pretensión es un imposible jurídico, sí, pero al día de hoy. No nos olvidemos de la gran batalla que sea libra en el mundo por los mundialistas, que, por cierto, van ganando de momento. Esta medida encajaría perfectamente en esos designios. No en vano las elites que controlan el poder desde que se permitió la libre circulación de capitales aplaudieron en su día la medida. No por socialistas, sino por mundialistas. Lo malo, lo peor es que es demasiada la gente que no se da cuenta de lo que esta sucediendo en el mundo y se apunta a renuncias irreversibles que, como digo, construyen un camino inducido a la pérdida de nuestra condición de individuos.

Claro que quedará el reducto de las criptomonedas, algo que igualmente están tratando de controlar a cualquier precio, conscientes, como lo son, los bancos centrales de la amenaza que se esconde en lo financiero y tributario en esos instrumentos de pago nacidos de la propia sociedad. De esto hablaremos otro día.