Confieso que me produjo una extraña sensación emocional, no sé si una mezcla magmática de temor confuso y alegría indefinida, de escepticismo galaico o ilusión sureña, cuando leí que el japonés Francis Fukuyamna se atrevía a formular, sin ruborizarse un pelo, en un planteamiento de genética mas filosófica que política, nada mas ni nada menos que lo que llamó el “fin de historia”. No se trataba, obviamente, del cacareado, temido y tantas veces predicho fin del mundo, sino de algo mas concreto: el fin del debate acerca de cómo organizar la vida en sociedad.

Fukuyama, a la luz y rebufo de la tan esperada caída del Muro, pronosticó —casi sentenció — en un primer artículo periodístico, con estas palabras: la democracia liberal constituiría el punto final de la evolución ideológica de la humanidad, por lo que esa sería “la forma final de gobierno”, y como tal marcaría el fin de la historia del debate sobre el mejor modo de organizarnos los humanos en nuestra dimensión social.

No se presentaba la admonición en solitario sino que venía, —quizás irremisiblemente— acompañada de otro dogma de los tiempos “modernos”: el imperio de la moral laica y el arrinconamiento —por alta nocividad— de los sentimientos religiosos, incluso de la pura trascendencia, respecto de los cuales el movimiento se gestaba entre dos ejes: la persecución y la indiferencia.

Pues ya tenemos organizado el armazón de lo que ha constituido el pensamiento “liberal” del siglo XX y parte del XXI: el fin de las ideologías, por triunfo incuestionable e irrebatible de la propia, la democracia como última forma de gobierno y el arriconamiento del pensamiento religioso. El hombre moderno sería un demócrata liberal con sustancia interior de moral preñada de laicidad, y un adorador del nuevo dios: el mercado. No sé si semejante escenario sería el fin de la historia, pero constituiría sin la menor duda, la desaparición de un mundo auténticamente humano.

En 1993, curado de espanto por haber conocido el funcionamiento real del poder económico, sentencié ante quien entonces era el admirado Rey de España, en el marco de la Universidad Complutense con estas palabras: “Me parece necesario resaltar que la eficiencia garantizada por el modelo de mercado es una virtud deseable en todo sistema económico, pero no es la única que la sociedad exige. Una asignación eficiente de los recursos disponibles puede coexistir –y de hecho coexiste en muchos casos- con una distribución muy desigual de la renta, por lo que puede ser considerada injusta por la colectividad. Cuando esto sucede, el mercado puede provocar tensiones políticas y sociales difícilmente soportables a largo plazo.

Por añadidura, no sabemos de cuánto tiempo disponemos. La utopía del comunismo ha funcionado como una especie de salvavidas, de refugio en la esperanza para muchos sectores desfavorecidos. Y este salvavidas, esta esperanza, ya han dejado de existir, por lo que, si nuestra sociedad no es capaz de dar soluciones concretas a problemas concretos, surgirán nueva utopías, nuevas escapatorias para la frustración social. De ahí que parezca razonable afirmar que la economía de mercado se enfrenta consigo misma como consecuencia de su propio éxito. Es urgente percatarse de esta realidad y centrarnos, por tanto, en este problema capital”

Pues siento decirlo pero en esa tesitura estamos. Y, claro, han vuelto las ideologías a ocupar el espacio de la mente colectiva. La mejor prueba es el enfrentamiento en Madrid. que, al decir de Iglesias, consiste en la lucha contra la “derecha criminal” por la irredenta “izquierda solidaria”. Bromas aparte el asunto es serio y trágico. De nuevo el enfrentamiento, que late en toda sociedad, pero que, desgraciadamente, en la nuestra tiene excesivos tintes belicistas.

No, ni se han terminado ni se pueden exterminar las ideologías. Lo que ha fenecido es el pensamiento mediopensionista, que es otra cosa. La democracia liberal no sólo no es la “ultima forma de gobierno” sino que se encuentra en profunda crisis, porque la asi llamada no ha pasado de ser una artimaña confeccionada por el poder real para mantener viva la falacia de un hombre un voto mediante los mecanismos que ya expliqué en otro articulo: el Estado de partidos, la clase política, el control de los medios de comunicación, la disciplina de voto y la subordinación de las instituciones financieras.

Constatamos, si queremos verlo, el fracaso del mercado como el mas eficiente asignador de recursos, dado que mediante libertad de circulación de capitales y los mecanismos propios de la globalización, se han producido distribuciones inequitativas y esencialmente injustas de la riqueza mundial, y gestado focos de poder real, digo real, subrayo, capaces de aniquilar o cuando debilitar extremadamente el poder real de los Estados nacionales, fruto de una evolución histórica costosa en vidas humanas.

Ya podemos, —yo diría ya debemos— quitarnos las caretas y decir alto y claro qué pensamos del mercado, de la globalización, de la asi llamada democracia liberal, del estado de partidos, de las instituciones financieras, de los fondos financieros que acumulan recursos inconcebibles, de la libertad de manejo de los capitales (ahorros nacionales) al antojo de algunos gestores movidos por el puro ánimo de lucro, del monopolio de los partidos políticos en el acceso al poder, en fin de todo el entramado ideológico que pretendió ser construido como “el fin de la historia”

Y al tiempo que no se empeñen en arrancar todo sentimiento espiritual. Vuelve la necesidad de trascendencia. No digo de una religión concreta ni de un formato de un dios especifico. Digo que retorna el sentido de trascendencia que es mas universal. porque un hombre sin derecho a expresar sin ambages su pensamiento, a creer en cómo organizar la vida social sin axiomas enlatados como dogmas por el propio poder, y sin tener la posibilidad de sentirse trascendente, es un producto humano liofilizado. Lo que me pregunto es si el poder, que se está percatando de este movimiento de fondo, utilizará todos los medios a su alcance para impedirlo o cortocircuitarlo. Algunos dicen que la pandemia y sus derivadas políticas van en esa direccion. No me atrevo ni a decirlo ni a negarlo.