“A medida que Rusia se debilita y se hunde en el caos, el Occidente civilizado oculta cada vez menos sus intenciones hacia nosotros, y algunos enemigos jurados de Rusia, como Kissinger y Brzezinski las han expresado con franqueza (“Rusia no tiene lugar” en el mapa del mundo). Hace ochenta años, en plena revolución de febrero, Alexandr Block anotaba ya con angustia en su diario: “¿Y si Rusia quedara pulverizada? ¿O se convirtiera en servidora de estados más fuertes”? Lo que pasa hoy permite, pues, considerar esa eventualidad como no inverosímil.
   Que el gobierno de Usa haya deseado ardientemente, durante décadas, la derrota y el colapso de la URSS,  es normal. Pero pocos de nosotros conocen la ley PL 86-90, votada en 1959 por el Congreso useño , que llegaba cada año en forma de una sugestiva “semana de las naciones oprimidas”. Parecía prometernos a todos el final del yugo comunista. ¿A todos? No: los rusos no figuran entre las naciones allí enumeradas.  Al contrario, se define claramente como opresores no al comunismo internacional, sino a Rusa, ¡a los rusos! Y esa ley sigue estando plenamente en vigor. ¿Por un malentendido? No da esa impresión. Todavía en 1997 Usa organizó una “semana de las naciones oprimidas por Rusia”: tiene aspecto de programa para el porvenir.
    Durante muchos años Radio Liberty  ha sido parte muy activa en esa campaña antirrusa. Muy moderada hacia el comunismo, dirigía todos sus ataques contra las tradiciones de Rusia, incluso contra su religión y su cultura (He tenido que hablar de ello en repetidas y dirigir a los presidentes Reagan y Busch cartas al respecto). Cualquiera  habría  creído que esa radio respondía a las necesidades de la guerra fría, pero incluso cuando llegaron los abrazos useño-rusos, la Administración de Usa se guardó muy mucho de renunciar a ella y continúa gastando millones en mantenerla. Ninguna radio rusa disfruta de tales medios. Igual que antes, Radio Liberty  no solo da noticias, sino que las interpreta de modo muy sesgado; las colorea ideológicamente  conforme a órdenes del Consejo de la Radio, dependiente del Congreso de Usa. Después del hundimiento de la URSS, Radio Liberty se ha injerido en nuestras campañas electorales, lanzando consignas de voto, dando consejos a las fracciones del subsistente Soviet Supremo sobre la táctica a adoptar: participar en el voto o impedir el quorum. Por un tiempo Radio Liberty recibió instrucciones de atacar, abuchear y mofarse de Yeltsin; después se le ordenó que le apoyara, y lo hizo sin transición. La crónica de sus actividades está llena de ejemplos de ese tipo. Durante la guerra de Chechenia se transformó por completo en una especie de radio chechena, hostil a Rusia: casi la mitad del diario hablado se consagraba a las tesis chechenas y a su propaganda, y eso varias veces al día.
     ¿Y quién no ha sido testigo, en los últimos años, de la injerencia abierta de Usa en nuestros asuntos? ¿Cómo olvidar la declaración del presidente Bush, antes del referéndum,  para animar la independencia de Ucrania? ¿Cómo no recordar que entre las primeras voces  de “¡Sebastopol está en Ucrania!” se oyó las del embajador useño en Kíef y después, más de una vez, la del Departamento de Estado…? ¿Cómo no contrastar la inmensa indulgencia de Usa hacia Ucrania,  con su  severidad implacable hacia Bielorrusia, con el encarnizamiento con que intentan quebrar su menor tentativa de unión con Rusia? Es fácil entenderlo: Bielorrusia lleva a cabo un plan bien  concertado para socavar el proyecto de una “unión del Báltico al Negro” –de Estonia a Crimea– para establecer un cordón sanitario contra Rusia
   Otra prueba bien clara de la estrategia de cerco de Usa es, en plenas conversaciones en la ONU, el calurosos acercamiento militar con Ucrania en agosto de 1997, con las maniobras de la flota useña en el mar Negro, cerca de las costas de Crimea, junto con barcos turcos: la maniobra era menos práctica que simbólica: se quería poner de relieve la impotencia total de Rusia ¿Y qué decir de los viajes del secretario general de la ONU, tanto a Transcaucasia como a Asia central, para establecer cooperación militar entre los países de la OTAN y los de Asia Central? ¿No resultan reveladores y premonitorios?  (…)
    En nuestra época, la política está determinada por la economía, si es que no se confunde con ella. No voy a hablar aquí de economía. Pero hay cosas tan sorprendentes que saltan a la vista de cualquiera. Resulta obvio que Occidente necesita que Rusia quede atrasada en el terreno tecnológico. Nos sometemos con celo servil al programa del Fondo Monetario Internacional, ¿por falta de reflexión o por capitulación deliberada ante intereses ajenos? ¿Cómo puede justificarse, por ejemplo, la supresión exigida por el FMI de los impuestos relativos a la exportación de nuestro petróleo y gas? Así dejamos agotarse los recursos irremplazables de nuestro subsuelo, comprometiendo nuestro porvenir y el de nuestros descendientes. A cambio de perder esa ganancia colosal, esperamos del FMI una pequeña limosna  que no es siquiera limosna, pues de trata de préstamos con interés. ¿Hay en el mundo otro gobierno que gestione así los asuntos de su país?  (…) Nuestros dirigentes expresan públicamente su gratitud al FMI por “haber evitado dificultades a Rusia”. Es algo asombroso: al vender en saldo nuestras riquezas no aumentamos la renta nacional, sino la deuda externa. Rusia ha caído en la fosa del endeudamiento…”
(A. Solzhenitsin, El colapso de Rusia, 1998)