A Yolanda Díaz, la nieta de Doña Rogelia que cree haber perdido el pelo de la dehesa por vestirse como una tata de fortuna, Antonio Gramsci la hubiera echado a patadas en el culo de sus clases de aggiornamiento comunista por cursi, por lela y por confundir el camuflaje político y social marxista con ponerse un tutú dialéctico y disfrazarse de chochete-paquete de los Ángeles del Infierno en unas fotos a las que solo le faltan el chulo macarra y la Harley-Davidson.

La nieta de Doña Rogelia es la respuesta a la pregunta más transcendente y profunda que, desde el “¿To be or not to be?” de Hamlet, se ha hecho la Humanidad, que no es otra que la formulada por el gran Sazatornil: “Oiga, joven, ¿usted es comunista porque es tonto, o es tonto porque es comunista?”. Yolanda Díaz es las dos cosas, comunista y tonta (que tanto monta) porque, como ella misma dice, es transversal. O sea, la transversalidad que va del Soviet de Petrogrado a los modelitos de horterilla devenida pija de Yolanda Díaz, que siendo comunista afirma no ser de extremaizquierda y le endosa esa ubicación a los socialistas a los que, por cierto, los comunistas llamaron siempre peyorativamente socialfascistas hasta que Lenin descubrió que le podían ser útiles para llegar al Poder a través de esa alianza perversa que llamó Frente Popular, y que tanto éxito tuvo en Francia y en España. Desde entonces los socialistas siempre han sido los mochileros de los comunistas, sus tontos útiles. Devastadoramente inútiles para sus países, pero transversalmente utilísimos para los comunistas como Pablo Iglesias, Yolanda Díaz, Ione Belarra, Irene Montero y todo el Soviet de Galapagar. Esa es la transversalidad de la nieta de Doña Rogelia, y no una maniobra gramsciana de aggiornamiento comunista.