Se levantaba uno por la mañana, pero no como un día cualquiera, pues la noche previa había sido de zozobra y tristeza, pensando en tanta desgracia como había alrededor. Luego venía el desayuno desganado, la lectura rutinaria, la escritura necesaria y la oración imprescindible. Y así llegábamos al mediodía, y comíamos por necesidad, movidos por el instinto de supervivencia, sin que llegáramos a saber a ciencia cierta, si lo que comíamos en ese momento estaba rico o estaba malo, pues en verdad la comida no sabía a nada.

De vez en cuando aparecía en la televisión un señor de aspecto sórdido, desaliñado y con una voz tenebrosa, que en vez de mover a la compasión, por la triste figura que representaba el hombre, movía directamente a la repugnancia, pues desgranaba las cifras de los muertos por la pandemia del coronavirus, con la misma frialdad con la que un contable de banco a punto de jubilarse cuenta los billetes, es decir, con desgana, pues así como el contable de banco a punto de jubilarse sabe que los billetes que están pasando por su manos nunca serán suyos, el caballero de la triste figura sabe también que los muertos de los que está hablando no son suyos, son de los demás, es decir, de sus compatriotas, víctimas de un Gobierno negligente al que él sirve como un vulgar lacayo.

Pero es que, además, sabes que te está engañando, pues los muertos son más, muchos más, porque nos ha llamado un buen amigo y nos ha dicho que su madre, ya nonagenaria, se ha puesto enferma, que han avisado a Urgencias, que se han presentado en su casa los miembros del equipo médico, y le han dicho a mi amigo y a sus hermanos, que su madre tiene esa enfermedad, sí, la misma que están pensando ustedes ahora mismo, que la pueden derivar al hospital cercano, pero que en ese hospital, y ellos lo saben bien, la Unidad de Cuidados Intensivos está colapsada, y que dada la edad de la madre de mi amigo, si la mandan al centro hospitalario, le van a poner cuidados paliativos, posiblemente en un pasillo, esperando que llegue el final, que ellos decidan dónde quieren que se muera su madre, si en su casa o en el hospital, donde ellos mismos pueden llegar a contagiarse. Y mi amigo y sus hermanos deciden que su madre se les muera en su casa, de una manera tristísima, y sin poder llevar a cabo luego un entierro digno, que tampoco era mucho pedir. ¿Figura la madre de mi amigo como fallecida por coronavirus? No, porque no le han hecho la prueba pertinente. ¿Qué ha puesto entonces el médico en el certificado de defunción de la mujer? Pues uno de los síntomas de la enfermedad: neumonía.

Por eso el caballero de la triste figura, el de la voz tenebrosa, me causa tal rechazo que me produce náuseas, y decido no verlo nunca más. Salgo luego a la calle a tirar la basura, y cuando voy por la acera, se para a mi lado un coche de la Policía Local, y uno de los agentes me pregunta, con un ímpetu digno de mejores causas, que dónde voy, y yo le respondo que no voy a ningún sitio, que vengo, y entonces el policía local, envalentonado, me pregunta que de dónde vengo, y yo le respondo que de tirar la basura, y entonces el guardia me espeta que me vaya a mi casa, y yo le digo que sí, señor agente, que ahora mismo, pues faltaría más. Pero cuando veo alejarse su coche por la calle, me doy la vuelta y ando un poco por la rotonda que hay cerca de mi casa, para que no se me entumezcan los músculos, ya que los políticos me han entumecido el alma.

A esos mismos policías locales, los llamaron al poco tiempo, alertándoles de que un grupo de jóvenes, y otros no tan jóvenes, todos ellos pertenecientes a una determinada etnia, tenían montana una buena pájara en una zona de la ciudad en la que resido. Los policías locales (municipales se llamaban antes), llegaron, vieron y se fueron. Con ellos, con los de esa determinada etnia, no se atrevieron a ponerse en plan Starky y Hutch.

Regreso a mi casa y vuelta a la rutina: lectura, escritura y oración, y la cena insípida que presagia otra noche de zozobra, por el dolor que sientes al saber de tanta gente que está sufriendo, pero una noche que vamos a pasar en paz con nosotros mismos, pues hacemos todo lo que podemos para no ponernos malos.

Recuerdo ahora la tarde del Viernes Santo, que en la ciudad en la que vivo, donde la Semana Santa tiene un gran arraigo, hubiera sido una tarde de bullicio, de penitentes y bandas de tambores y trompetas, de tronos y procesiones, de vida en las calles, y de calles con vida. Pero esta tarde de Viernes Santo de 2020, las calles están desiertas: son los días de plomo y hiel.

Mi condición de creyente, no me impide revelarme ante la muerte y la ruina que nos han traído nuestros políticos; mi fe no sólo no me impide esa rebelión interna, ya digo, al contrario, es que me la exige. Por eso, ojalá caiga una maldición contra quienes, por acción u omisión, han llenado de desgracia nuestras vidas. Será la mejor prueba de que Dios existe.