Vaya por delante que soy poco monárquico, nada borbónico y escasamente juancarlista. Y que atribuyo al padre de Felipe VI el origen de muchas calamidades presentes en España, empezando por la normalización del crimen del aborto cuyas leyes ad hoc firmó, con aparente entusiasmo, durante casi cuatro décadas.
 
Pero miren, a veces lo uno no quita lo otro. Los errores de bragueta (netamente borbónicos), sus "fallos" en la declaración de la renta (quizá nadie le explicó el programa Padre), y sus cacerías de elefantes africanos (¿quién no tiene algún cuerno cerca o encima?) no parecen haber contribuido al desgaste de la imagen de Juan Carlos, a quien las señoras de Sangenjo se siguen comiendo a besos. Vamos, de Sangenjo o de Albacete. De toda España. 
 
Porque (y esto lo entenderían los políticos y miembros del Gobierno, si no fuesen tan insuperablemente zoquetes), la monarquía sigue teniendo "esa cosa", difícil de concretar, que genera respeto y aplausos, aunque el titular del trono (pasado o presente) no se los merezca por sus actos. Eso sí que podemos llamarlo "la herencia recibida". De Carlos V, Felipe II o Carlos III. De los mejores y de los menos buenos, pero todos con corona. 
 
Quizá por eso, por el peso que todavía tiene la corona en el imaginario colectivo, a Juan Carlos le llaman "majestad" por la calle, le preguntan por su salud, le sonríen y aclaman, es decir, le demuestran afecto. Mientras, a Pedro Sánchez le llaman perro judío en todos sus actos y visitas, le silban e insultan, y no le ponen "de grana y oro" porque lleva escolta. Lo mismo les pasa a otros miembros del Gobierno del desgobierno, esta partida de analfabetos que nos están empujando al cataclismo y la ruina. Son los ministros más abucheados de la historia reciente. 
 
Claro..., que estos Robespierres de alpargata violadora, con piercings y camisetas del Che Guevara, que estos niñitos republicanos que sueñan con la toma de la Bastilla de la carretera de El Pardo, vean cómo el rey emérito (con todo lo que ha pasado, con Corinna, sus regalos no declarados, sus dimes y diretes), ahora viene a Sangenjo (ni Sanxenxo, ni ChanChenCho, ni gaitas) y los españoles aún le demuestran cariño y respeto al grito de ¡Viva el rey!, me imagino que les produce todo tipo de desarreglos intestinales. Fístulas perianales, hemorroides internas y externas, y muchos sofocos premenopáusicos. Porque o mucho nos equivocamos, o su III República va a tener que esperar todavía unos lustros.
 
A mí me parece muy bien que Juan Carlos Borbón regularice fiscalmente todo lo que deba regularizar, si es que le queda algo. Y que declare lo que deba declarar. Pero aparte de eso, y de sus errores terribles durante la Transición, este hombre es un anciano que tiene derecho al cariño de su familia y de sus amigos. Desde luego, no voy a ser yo quien le niegue ese derecho a una persona mayor que ya ha sido juzgada por la Historia.