Aitormena, de Hertzainak, nos recuerda los derrumbes. En el caso de esta prodigiosa balada compuesta por Josu Zabala, desplomes de yonquis. "Íbamos como máquinas, antes de tocar nos juntábamos en la furgoneta puestos hasta las orejas", punteó siempre Gari, Iñaki Garitaonaindia.

En esta confesión, la estropajosa voz del cantante de Legazpi refería el desenganche final. Devino, sin duda, quebradura amorosa y, también, amarga despedida. The end, The Doors. La fractura, The Clash. El jaco y ellos caminaron en turbia y borrosa avenencia durante un tiempo. Juntos se lo pasaron pipa, forjando una de las mejores bandas de rock vasco. Pero había llegado la hora de decir adiós. Lo mismo que a Hertzainak, a nosotros el mundo se nos ha caído encima.

Madrid lacerado

Nuestro mundo se rompió. Madrid, en marzo y abril, se nos desgarró en pedazos. Un Madrid fracturado, cual esqueleto, sin savia. Confinado, secuestrado como sus propios habitantes. Madrid quebradizo, doliente, extremadamente vulnerable: grogui. Nos quisieron robar vida, libertad y amada ciudad. Jamás lo consentiremos. Ni perdonaremos. Barearen ostean dator ekaitza, ¿precedió la calma a la tempestad? ¿O viceversa? Azken finean gizaki hutsak gara. En tiempos de genocidas proyectos transhumanistas, debemos recordar que, al fin y al cabo, simples humanos somos. Ni más ni menos.

Madrid exangüe

Madrid se escondió de sí mismo durante dos meses. Sus generosos, febriles y alocadísimos ritmos. Su frenético y trepidante enjambre humano. Nos saquearon, reitero, nuestra ciudad. No fue pause, sino off. Ohartu gabe heldu gara mugara, arribamos al fin de algo. La única certeza es que el mundo se nos desmoronó encima. Madrid, tantas recónditas ausencias entrevistas durante el suicida abril. Tanto vacío y asepsia. Espectral urbe, Madrid se nos escapó. Tal vez para siempre. Ez dira betiko garai onenak, obviamente, los mejores momentos nunca fueron creados para siempre. Las ciudades amadas, menos.

Perviven las huellas del horror sucedido. Y, lo que es peor, por suceder. En fin.