Durante estos días he leído multitud de análisis acerca de lo que ha sucedido en Madrid con la victoria de Isabel Díaz Ayuso en las elecciones del 4-M. Algunos de ellos han aparecido en este medio, mientras que otros lo han hecho en la prensa convencional. De entre todos me llamaban más la atención los de los medios no convencionales, como por ejemplo “El Correo de España”, dado que en la prensa del sistema es fácil anticipar qué es lo que va decir cada uno.

La intención de escribir sobre un tema que ya se ha descolgado de la actualidad trepidante es intentar valorar la situación con algo más de perspectiva. Se trata de sacar algunas enseñanzas que nos sirvan para arrojar luz sobre el momento que vivimos. Y es que, si escribir por narcisismo carece de interés, escribir para intentar humildemente iluminar el caos de los tiempos puede contribuir al menos a saber a qué atenernos.

Para empezar, diremos que si tuviera que clasificar los artículos leídos empezaría por hacer dos grandes categorías: primero, aquellos análisis que obedecen de manera primordial a las ideas que tienen los autores acerca de cómo debe ser la sociedad. En segundo lugar, los que obedecen a coyunturas políticas o históricas, que suelen mirar con recelo cualquier interpretación en clave ideológica de los acontecimientos. En el primer grupo entrarían aquellos autores que valoran los resultados según avancen o no algún tipo de agenda ideológica. Aquí caben desde los que creen que la propia candidato vencedora, Isabel Díaz Ayuso, encarna las ideas que ellos defienden hasta los que defienden unas tesis alternativas que han sido derrotadas. En el segundo grupo, se encuentran aquellos que, aún teniendo estas o aquellas ideas han preferido sacrificar la defensa de esas ideas a la derrota de sus enemigos. Esta perspectiva considera más valioso, no lo que pueda hacer el candidato vencedor sino lo que pueden dejar de hacer los derrotados. En el fondo, esta perspectiva se muestra más segura de lo que sus enemigos pretenden hacer que de lo que su candidato haría. En el caso de Ayuso, solo así se explica que haya sumado votos procedentes no solo de la derecha sino incluso de la izquierda moderada.

¿Cuáles son por tanto las coordenadas en las que ha Isabel Díaz Ayuso ha logrado su victoria? Sin duda la de la gestión de la pandemia. Dos cosas a saber al respecto: primero, Isabel Díaz Ayuso ha buscado un equilibrio entre sanidad economía. Para ello ha demostrado la eficacia de una estrategia rompedora y simple: ante una pandemia como la que hemos vivido es más eficaz confinar áreas de alta incidencia exclusivamente que confinar grandes áreas en las que conviven áreas de alta y baja incidencia. Paralelamente, es más eficaz limitar ciertos derechos (apertura comercial y deambulación) a ciertas horas punta que limitar esos mismos derechos de manera más extensa. En segundo lugar, esta estrategia ha sabido sostenerla con obstinación frente a un gobierno nacional que ha hecho bandera de la incompetencia y el sectarismo ideológico en áreas diversas. En este contexto el propio cierre perimetral de la comunidad de Madrid ha convertido a ésta en un mercado pujante y dinámico, en franco contraste con las autonomías circundantes donde el cierre de empresas y la desesperación han puesto un contrapunto evidente al gobierno de Ayuso.

¿Puede entonces valorarse lo sucedido en Madrid en clave ideológica o coyuntural? Al final, por muy de izquierdas que se sea puede ser difícil votar a un partido que va a cerrar tu pequeño restaurante o bar. De ahí que el mapa de Madrid se haya teñido de azul, incluso en los tradicionales feudos izquierdistas como Vallecas. Pero en realidad un presidente autonómico socialista podría haber adoptado las mismas medidas exitosas con resultados parecidos.

¿Hubiera sido la suerte de Ayuso diferente de no haber habido pandemia? Para nosotros es evidente que sí. La exhibición de incompetencia, corrupción mediática y fanatismo del gobierno de la nación ha sido tal que han conseguido convertir a una joven política, por otro lado bastante gris, en una estrella mediática. Pero, ¿por qué gris? ¿Se trata de un calificativo desde el rencor? En absoluto. Queremos decir que nada hay en ella que la diferencie del PP de siempre. Declaraciones de tipo conservador, e incluso con tintes religiosos y confesionales, conviven con una legislación moderada o abiertamente “progresista” que, cuando menos, obvia la batalla en cuestiones claves como la inmigración, el invierno demográfico, la memoria histórica, la ideología de género o la defensa de la familia. A cambio repite el mantra liberal de la bajada de impuestos y el panegírico, así mismo liberal, del “emprendedor”, mientras escamotea el debate de la lucha a muerte entre la economía real y productiva, por un lado, y la economía financiero-especulativa, por el otro.

Por consiguiente, la gestión de la izquierda en la Comunidad de Madrid hubiera sido sin duda una verdadera catástrofe y una apoteosis del sectarismo. Pero la victoria de Ayuso no responde a la pregunta, esencial e irrenunciable, acerca de cual es el tipo de sociedad que queremos tener, en la que queremos vivir y la que queremos legar. No responde, al menos, en un sentido novedoso y rompedor. En el sentido convencional está respondida hace mucho. Esto ocurre porque la interpretación ideológica es siempre la primera y sus interrogantes no pueden evitarse sin consecuencias. Demuestran por tanto una severa carencia formativa aquellas personas que hacen primar las actitudes y las coyunturas, al fin y al cabo siempre cambiantes, sobre los fundamentos que deben preceder a la acción.

Por consiguiente, creemos que uno puede alegrarse acerca de quienes no han ganado pero esto es desde luego mucho menos importante. La cuestión es que el vencedor de estas elecciones es más de lo mismo. Si además sumamos que la izquierda es mucho más favorable a alcanzar pactos, nos encontramos con que el huracán Ayuso ha venido a constituirse en nuevo bipartidismo reforzando un bloque PP-Vox ante un bloque de izquierdas que, si no en lo operativo sí al menos en lo ideológico, alcanzará pactos con relativa facilidad.

Lo peor de todo esto es algo que nadie parece ver: que ya no somos un pueblo, dado que para que exista un pueblo debe de haber una cierta homogeneidad de creencias y de orígenes. Desaparecida la comunidad, lo transversal es cada vez más inviable. En el pasado, gran parte del proletariado apátrida e internacional de los partidos marxistas fue convertido a la causa nacional. Ello fue posible porque esa homogeneidad de creencias y de pertenencias, todavía existente, hacía posible el retorno de la mayoría al espíritu comunitario. Hoy, la clase política, desde los marxistas hasta el “centro-derecha”, ha contribuido, por acción (izquierda) u omisión (centro derecha) a desintegrar la comunidad popular en una vorágine de “colectivos” de intereses enfrentados: tenemos veganos, progresistas, feministas, alternativos, liberales, patriotas, católicos socialistas y tradicionalistas, ateos, socialistas a secas, colectivos de sexo “no binario” y familias tradicionales, madres de familia numerosas y madres que se arrepienten de serlo, etc. Esta “pluralidad”, que el sistema nos vende, dogmática y acríticamente, como fortaleza, en realidad nos mina y nos separa. Cada vez es más difícil reconocerse en el prójimo más que como enemigo de otro enemigo. Eso es lo que ha funcionado en estas elecciones: un montón de gente, diversa y sin más convicción que su pecunio, contra otro montón de gente que se les opone. España yace invertebrada más allá de Ortega. Para volver a vertebrarla hace falta mirar mucho más allá de líderes de cartón-piedra. Y tener ideas claras, por cierto. Esto es así guste o no.