En la Plaza de Colón solo calentaba el sol. Fui con sed y volví sediento. Esperaba una epifanía y me encontré la vieja naftalina de la circunspecta corrección política de la derecha. Esperaba el belén del renacimiento nacional y solo hallé el asilo de dos progres ancianos leyendo unas cuartillas llenas de tópicos y colmadas de cansinos lugares comunes sobre la ley, la democracia y la Constitución. Palabras leídas como se le lee una circular de la comunidad de propietarios a una vecina que va sin gafas en el rellano de la escalera. Palabras sin pulso y sin temperatura gravitando en el bostezo y levitando en la absoluta indiferencia de la muchedumbre que no escuchaba porque nada había que escuchar, ni siquiera oír. Nada.

Sólo banderas y pueblo huérfano que acudió a la Plaza de Colón magnetizado por el motivo del llamamiento, que sonó como una corneta llamando a filas, pero no por la personalidad de los convocantes. Españoles que esperaban una arenga sobre la Patria, contra sus traidores y contra los que la quieren asesinar, se encontraron Andrés Trapiello, Rosa Díez y un adolescente catalán facturado ad hoc en el AVE, leyendo unas cuartillas de leguleyos perezosos en las que sólo hubo algo parecido a la rabieta en el ruego de que no les llamen fachas por estar allí. Trapiello, hurón a sueldo de Manuela Carmena para purgar fascistas en las chekas de la Ley de Memoria Histórica en Madrid, citaba muy ufano al exilio republicano y al hermano de Manuel Machado, tal cual hubieran hecho Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. Me volví a casa como el Teniente Coronel Yagüe se volvió a África después de que Casares Quiroga le mandase llamar exigiéndole que le jurase lealtad a la República. El jefe legionario le contestó: “ Mi lealtad es para España, señor Casares Quiroga”. Nada más, porque todo lo demás es mudable, señor Trapiello, señora Rosa Díez.