A veces los milagros existen, y de la misma manera que Donald Trump ganó unas elecciones que ya parecía haber ganado la candidata del Nuevo Orden Mundial, el sábado Pablo Casado, contra todo pronóstico, derrotó al marianismo en la persona de Soraya Sáenz de Santamaría, convirtiéndose en el nuevo líder del nuevo PP. De un partido que, si atendemos a lo que ha estado prometiendo su recién estrenado líder, desde hoy mismo va a defender la vida, la familia y la sagrada unidad de España.
 
Espero que aprecien la miajita de ironía que hay en mis palabras, porque ya a determinadas edades es difícil creer en los Reyes Magos, aunque oficialmente existan. Pero tampoco nos gusta ese periodismo que trata de decir a los demás lo que éstos son; Pablo Casado nos ha estado contando desde hace dos meses lo que es, aquello en lo que dice que cree, y nosotros a partir de ahora diremos si lo cumple o no lo cumple. Porque una cosa es predicar, y otra muy diferente dar trigo. Pero tiempo al tiempo.
 
De momento, lo que sí podemos presumir es lo que el PP no va a ser. Y no va a ser exactamente la continuación del nefasto marianismo sorayesco, que en la práctica era una socialdemocracia liberal, con lo peor de la derecha y lo peor de la izquierda unido en un engendro impresentable. Casado, si bien estuvo durante el marianismo compartiendo todo lo que hizo su Gobierno sin decir ni pío, nos consta que es otra cosa, que al menos en la teoría tiene más claro las ideas que debe defender un partido como el PP. Otra cosa, como decimos, es que finalmente lo lleve a la práctica.
 
Porque, comos hemos dicho ya tantas veces: ¿Para qué sirve estar en política y no defender ideas y principios?, ¿qué consecuencias sociales tiene que tu base ideológica se resuma en los artículos de la Constitución? Pues en España, lo hemos visto en los últimos cuarenta años: una opinión pública anestesiada y relativista, que no cree en nada importante, y que sobrevive engatusada por las nuevas tecnologías y los vicios de siempre, esperando que lleguen los puentes, los fines de semana y las vacaciones. Sin nada que le interese que no esté entre la pelvis y el ombligo.
 
Cuando desde la política no promueves ideas elevadas de la persona, cuando no subrayas la dignidad de cualquier ser humano por ser hijos de Dios, cuando no dejas claro que nada, ningún proyecto ni ley, está por encima de la vida, cuando no te aseguras de que la moral es la brújula principal de cualquier planteamiento, directamente sobras en la vida pública. Y eso es exactamente lo que le ha pasado al PP en los últimos años, que a base de no creer en nada importante, se ha convertido en un partido prescindible, en un gestor del dinero público del que nos acordamos cada vez que los socialistas nos vacían la hucha.
 
El mundo de hoy es complejo, cambiante y algo suicida. Un partido que tiene una base electoral que se define como conservadora y de centro en su mayoría, que puede no compartir planteamientos de la derecha auténtica europea, pero que tampoco quiere parecerse a los socialistas en nada, necesita tener claras al menos tres o cuatro cosas que en los últimos años había olvidado o rechazado. Esas tres o cuatro cosas son las que ha propuesto Pablo Casado durante los días que ha durado este proceso de primarias. Como no queremos prejuzgar, no diremos que ha sido todo un camelo. Lo que sí le anticipamos al nuevo presidente del PP es que, probablemente, seremos los primeros en decirle alto y claro que no ha cumplido con sus promesas.