Creo que el otro día leía en El Correo, y si no en otro medio digital de lo poco apañao que se puede leer a día de hoy, un artículo sobre la publicación de un libro que recoge parte de la riqueza léxica de la España vaciada. No me gusta nada esa categorízacion,  porque en la provincia de Teruel cabrían ampliamente todas las islas Canarias o las vascongadas juntas y esa realidad, a pesar de la despoblación, tiene un valor intrínseco que se minusvalora tanto por una buena parte de los urbanitas como por los políticos que han esquilmado, históricamente, a este tipo de provincias para favorecer a los privilegiados supremacistas de siempre. El ser personal de orden, y no como unos puercos mal cenaos, ha perjudicado a los habitantes de tantas provincias como la de Teruel.
 
No tengo intención de comprar el libro en cuestión, aunque considere útil su publicación. Pero la noticia activó la idea de escribir una Carta sobre el lenguaje perdido de los pueblos y, para empezar con buen pie, la primera palabra en la que he pensado es la que da título a esta Carta, por la sencilla razón de que si existe una palabra cuyo uso reciente y malsonante ha zaherido lingüísticamente, hasta llevar al más feroz de los ostracismos, el sentido y significado original, y antiguo, de la misma es ésta (desconozco si en el libro en cuestión está incluida). 
 
Yo tarde bastantes años en conocer el uso habitual que se le da a esta palabra, porque en el pueblo, siendo yo niño, era frecuente su utilización natural (recogida también en el diccionario de la RAE), porque una polla es una gallina joven que todavía no pone huevos. En la ganadería las hembras siempre han tenido una vida más larga por su versatilidad: las gallinas ponen huevos, las vacas dan leche y crían terneros (mecos en mi tierra), las ovejas leche y cordericos, las cerdas-gorrinas-cochinas-puercas-tocinas-marranas (según usos y costumbres) crían lechones. En los pueblos era habitual que, además del cerdo para la matanza (matapuerco en mi tierra), se criaran unas gallinas y unos conejos para consumo familiar. Cuantas veces al verano unos familiares, o unos amigos, traían un conejo o un pollo de obsequio, vivo por supuesto, porque, en aquella época, en casi todas las casas sabían matarlos y arreglarlos (en mi casa siempre lo hacía mi Madre). 
 
Así que las pollas que les daban problemas a sus dueños porque no empezaban a poner, o se ponían mantudas (enfermas) eran nombradas con total naturalidad. Deben considerar los lectores que las pollas que al alcanzar la edad reproductiva no ponían huevos se sacrificaban igual que se hacía, y se hace, con sus hermanos los pollos, o tal como ocurre con las puercas que después de haber sido cubiertas por el barraco no se quedan preñadas, al ser inservibles para su función natural reproductora (ya sólo son útiles para su consumo cárnico). 
 
Lo que puedo afirmar, con total rotundidad, es que el desdichado que acuñó el término más le valdría haberse estado quieto porque amplitud léxica al respecto ya había más que suficiente. 
 
Me ha venido a la memoria una anécdota del gran Buñuel, aunque, en este asunto, su aportación no fuera precisamente como para echar cohetes. En una ocasión, se encontraban en la habitación de un hotel él, un guionista francés y otro miembro del equipo que era inglés y apostaron para ver en que idioma había más palabras sustitutivas de la palabra pene. Por lo visto ganó el francés (en este tipo de asuntos los franceses son tremendos).
 
Se que no servirá de mucho pero si algún urbanita está en un pueblo que tenga la prudencia de contextualizar, sobre todo si la persona que ha utilizado el término que da título a esta Carta es de cierta edad o un ganadero, para no quedar como un patán.