El alma de España yace postrada en el polvo. El miedo tiembla en las manos que preparan las viandas para recibir al Hijo de Dios. Cuando la luz oblicua del atardecer vea descender sobre la mesa del Homenaje esos manteles ingrávidos, livianos y blancos, como copos de nieve cayendo en un aire aquietado, recordad que España es el festín  de los hijos del linaje de Caín, cuya sombra cubre el Belén de España como una mortaja.

Ese Niño judío, al que esperamos para crucificarlo, será recibido aquí sin más presentes que la diáspora y el éxodo de un pueblo sin mesías y sin sacerdotes, sin capitanes y sin reyes, sin misión y sin propósito. Esa es nuestra dote. Rechazando lo que fuimos construimos una Babel de discordia y  odio que nos envilece y nos esclaviza. Sólo los hijos de Caín saben lo que quieren para España, por eso empuñan el látigo del poder. Los demás sólo queremos indiferencia, tolerancia y comodidad a manos llenas y bolsillos colmados. No tenemos ni buena ni mala voluntad; sencillamente no tenemos voluntad. Por eso festejamos su Nacimiento no como una Epifanía Redentora, sino como una carnavalada babilónica con travestidos maquillados como meretrices baratas y niños disfrazados de elfos que cantan villancicos a mayor gloria del consumo compulsivo que nos llena el zurrón de cachivaches.

Nacerá aquí, en una Navidad abismada en la diáspora de España en una noche negra de luto y fría de miedo entre la risa de las hienas y el silencio de los cobardes y de los esclavos, ciudadela sin alma, sin almenas y sin patio de armas en la que gobiernan los hijos de Caín con el Fuero de Sodoma y la Constitución de Babilonia.

Cómo pedirle a ese Niño judío que nace en Belén que aparte de nosotros éste cáliz si le haremos apurar hasta las heces, apenas mañana, su propio Cáliz de martirio y de muerte sobre la Cruz del Gólgota. ¿De qué serviría pedirle que hiciera algo por nosotros si no nos basta con que exista? Sobre los blancos manteles de bienvenida al Hijo de Dios habrá vino y miel, pero nos faltará el último pan de la esperanza, ése que hay que devorar a dentelladas cuando las fuerzas nos abandonan, ése que se amasa con la harina del coraje, la sal de la inteligencia, la levadura del valor y el horno de la unidad. Todo lo demás no alimenta, no nutre, engorda. Que es como nos quieren los hijos de Caín: gordos, cebones, mórbidos y sin voluntad, buscando elfos en el Portal de Belén y cantando villancicos en un coro de travestis babilónicos.