El signo de los tiempos ha marcado en el calendario de algunas relevantes naciones el mes de Julio, como esencial en la configuración de su Estado-Nación. Estado, estructura administrativa que reclama para sí, con éxito, el monopolio de la violencia legítima, asumiendo las funciones de defensa, gobernación, justicia, seguridad y otras, como relaciones exteriores. Nación, vinculo afectivo de un pueblo configurado por su cultura, historia, convivencia territorial y deseo de enfrentar, en común, los retos que depare el futuro. Así el 14 de Julio se conmemora la toma de La Bastilla por los revolucionarios franceses en 1789, celebrada como fiesta nacional en Francia. El 4 de Julio de 1783, se firmaba el Tratado de París, por el que Gran Bretaña reconocía la independencia de los Estados Unidos, fiesta nacional USA.

La fecha que mejor identifica la larga y profunda huella histórica de España, frente a la invasión contra su ser, es el 18 de Julio de 1936. Fecha en la que el pueblo español en simbiosis perfecta con su mejor pasado y comunión de principios con su ejército, se rebela contra la tiranía que pretendió imponer el comunismo en España. Fue una guerra doble de liberación e independencia, pues estaba en juego no solamente la soberanía de la Nación, sino la esencia de lo que España había representado en la defensa de la civilización occidental y cristiana.

De ahí la simbología de la fecha y el deseo permanente de los enemigos de esa civilización y de España de manipular y denigrar fecha, símbolos y personas que hicieron posible tan colosal gesta y legaron el progreso, la unidad y la justicia de la que disponíamos en 1975, dilapidada en estos cuarenta y cinco años por los mismos errores e ideas disgregadoras causantes de nuestra postración como Nación y pobreza como pueblo.

Cuando las mentes pervertidas por el odio, el resentimiento y la envidia igualitaria toman el control de los medios de comunicación, la enseñanza, las instituciones políticas y sindicales e inciden en la economía productiva, esa sociedad se auto condena a la molicie, la pobreza y finalmente al totalitarismo. La libertad que no se basa en el respeto al derecho ajeno y la opinión contraria; que no se acomoda en la ley justa, orientada al bien común, sino en la arbitrariedad de lo contingente, termina guillotinada en cada hogar, calle, plaza, foro o parlamento donde deba manifestarse.

Los síntomas del final del sistema son evidentes, corrupción institucionalizada, pobreza inasumible y desesperación creciente.  Y la solución no va a venir de fuera, nunca lo fue y tampoco lo será en estos momentos, por mucho que hayamos relegado nuestra soberanía a una entelequia europea de intereses creados. Europa no va a evitar la consumación del separatismo, ni la perdida de competitividad, ni la calidad de nuestra enseñanza, ni la atonía de la justicia, ni podrá incidir para que suprimamos el “reino de taifas” que representan las autonomías; si seguimos manteniendo el diseño perverso iniciado en 1978, la desintegración de España, será inevitable. Se han neutralizado todos los cortafuegos que podrían impedir tal deriva, comenzando por los señalados en la propia Constitución. Nos resistimos a creer que los distintos gobiernos de la Nación no fueran conscientes de los peligros y, sin embargo, nada hicieron para impedirlo.

Sabemos lo que nos ocurre, sus causas y los posibles remedios, por ello somos sistemáticamente vituperados, ignorados o perseguidos con idéntica obstinación y saña con que los totalitarios del siglo XX persiguieron en toda Europa y lo hacen en Cuba a los disidentes que proclaman la libertad y dignidad de la condición humana. Nuestra forma de entender la política, de organizar la sociedad, de estructurar el estado, de concebir los principios sobre los cuales debe vertebrarse España para ser respetada en el conjunto de las naciones y obtener el progreso económico del pueblo, no tenemos ninguna culpa de la situación en la que nos encontramos.

Es más, nos hemos opuesto de manera honesta, civilizada y firme a cuanto viene ocurriendo en España desde hace 40 años, señalando lo que iba a ocurrir de persistir en los errores diseñados en la transición, a la muerte de Franco. Nuestra culpa parece ser histórica o, mas bien, histérica. Una suerte de paranoia colectiva transmitida generacionalmente entre los derrotados en la guerra civil y en la paz, pues el progreso alcanzado por el anterior Régimen y la filosofía política empleada, deja en evidencia sus postulados.

Para sus propósitos y con la finalidad de deslegitimar también la herencia recibida, los derrotados de siempre, desde Zapatero, necesitan falsificar la historia, mitificar lo irrelevante, convertir en victimas a los verdugos, trasladar a la actividad política cuestiones ya resueltas hace muchos años como solución mágica de futuro. Y si la superchería histórica no puede obtenerse por la funesta manía de investigar y cotejar los hechos de algunos historiadores, pues se dicta una Ley que obligue a un relato único de la historia, según la conveniencia de quien gobierna, impuesta de manera absoluta. ¡Bienvenidos al absolutismo democrático!

Hoy, celebraremos nuestra fiesta nacional, el 18 de Julio, en idéntico panorama que veía Menéndez Pelayo en 1910, con renovada esperanza, y certera e intemporal actitud militante: “Hoy presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado mil veces por garrulos sofistas, empobrecido, mermado y desolado, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan y, corriendo tras vanos trampantojos de una falsa y postiza cultura, en vez de cultivar su propio espíritu, que es el único que redime a las razas y a las gentes, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece, a cada momento, las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la historia le hizo grande, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, de la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía”. ¡Reaccionemos!